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A los dieciséis años, por consejo de Julia Brandt de Márquez Cañizales, la madre de Federico Márquez, mi mejor amigo, leí, de cabo a rabo, “Los Thibault”, de Roger Martin du Gard, una auténtica novela río, pero que no es cualquier río, es el Amazonas, el Nilo, el Orinoco en letras, y que fue escrita para ser leída prácticamente en tiempo real, tal como el “Ulises”, de James Joyce (que fue publicada el mismo año que el primero de los ocho tomos de “Los Thibault”). Pocas veces me he sentido tan inmerso en un mundo de ficción como me sentí mientras leía aquellos ocho tomos publicados entre el 22 y el 40. Veía claramente los espacios, los rostros, los gestos de los personajes. Escuchaba sus voces y hasta sentía los olores y los sabores que ellos sentían. Martin du Gard, miembro de una familia adinerada, pudo dedicarse sin mayores problemas a la literatura, que le mereció el Premio Nobél de 1937, aunque la crítica nunca le fue muy favorable. Intentó estudiar letras, pero no logró terminar la carrera.
Su primera novela (“Devenir”) la publicó en 1908, a los veintisiete años. Había nacido en Neuilly-sur-Seine, que es parte del gran París, en marzo de 1881. Participó activamente en el Caso Dreyfus, por lo que trabó amistad con muchos de los más destacados intelectuales de su momento. A los cuarenta y un años publicó el primer libro de “Los Thibault”, que le dio un puesto importante en el medio intelectual de su país. Su vida fue más bien discreta, sin aspavientos, sin destacarse demasiado a pesar de haber obtenido el Nobél. El último libro de su saga apareció en 1940, cuando vivía en Niza, en donde pasó toda la II Guerra Mundial. Inició otra novela que no concluyó. Su muerte fue en agosto de 1958.