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Cronicas de un encuentro con Víctor Salazar Alicia Sánchez Lunes, 7 de abril de 2008
Hoy quiero hablarles de un poeta muy especial. Aunque eso no es una novedad, sólo me provoca hablar –o escribir, en este caso- de poetas, escritores o de cualquier mortal que me resulte muy especial. Este es uno de esos casos. Era especial porque escribía de una forma muy diferente a la de otros poetas venezolanos de su generación; con ternura, con sencillez, a ratos coloquial, a ratos metafórico, pero siempre poeta. Era especial porque era un hombre muy humilde, humildad que se reflejaba en su aspecto físico, en su conducta y en su poesía, humildad que le hizo dedicar uno de sus libros con estas palabras: “A ti, que habitas mi pobreza y que me salvas”.
Se trata de Víctor Salazar. Lo conocí en Ciudad Bolívar, a finales de los setenta, en un foro sobre poesía, al que había sido invitado. Víctor tendría unos treinta y cinco años, pero ya caminaba como dijera García Lorca “con toda su muerte a cuestas”. Alcohólico, sobrevivía con un sueldito que le pagaba el poeta Carlos Gotberg en la Radio Nacional, que apenas le alcanzaba para la infaltable botella que le permitía soportar la angustia existencial que, en los pocos ratos de lucidez, se transformaba en poesía. El foro comenzó como a las ocho de la noche, demasiado tarde para que el poeta estuviera lúcido. Intervine y el ripostó, con su voz aguardentosa, manifestando que yo debía estar ocupándome de que en las calles de Ciudad Bolívar no corrieran las aguas negras (era mi oficio de aquellos días desempeñarme como Ingeniero Sanitario en una ciudad sin cloacas), en vez de pretender pontificar sobre poesía. Me sentí un poco turbada y molesta con aquel borracho impertinente; pero toda mi molestia desapareció, cuando -elevándose sobre su intoxicación etílica- empezó a decir aquellos hermosos versos de Ese tropel de luces, aquel libro que le mereciera el primer premio en el Concurso Latinoamericano de Poesía promovido por el INCIBA, en 1.971: “por la fuerza existencial de la voz que ilumina los registros poemáticos, por la frescura del tropel de luces con que el poeta pretende estallar y enciende su soledad”. Toda la audiencia, que hasta ese momento lo había mirado con desdén –y yo con ellos- guardó silencio para oírle decir: 1 Yo aprendí a estar en ti cuando me regalaste [la muñeca Y te llegaste a la pensión y me dijiste que venías [de la noche y de los barcos de la más honda soledad dijiste que venías. 2 Estás ahí cerquita de la casa cerquita de mis manos Y no puedo alcanzarte no puedo repetirme te amo [y en la noche recorreré tu cuerpo y dormiré contigo y te diré [ternura manantial y ternura te diré y nos amaremos desde tu y yo y los hijos y nosotros desde la misma piel nos amaremos. 3 No te vayas, ay no te vayas, y empiezas a dolerme A pronunciar distancias y a dolerme. También leyó estos otros: 1 No estás en ese instante en que te llamo, y vuelvo sobre [ mí sobre mi sangre y apenas hace ya no sé cuantas noches que te busco y tú no llegas no rescatas el nombre y se hace tarde. Sobre los días y sobre las palabras se hace tarde. 2 Fue hacia el atardecer, hacia la noche, y la tristeza Se metía por los puentes, por las ventanas y las puertas [se metía la tristeza y recogías lloviznas, eso es, tú recogías lloviznas y te ibas y en el pueblo se supo que te llamabas pájaro llovizna y soledad se supo que te llamabas en el pueblo. 3 Yo amo de ti lo absurdo lo imposible lo que está más allá de todo lo borrable 4 Era tu nombre La cercanía distante de tus manos Y yo no estaba en ti para decirte del amor y de las [sombras que a diario se repiten. Desde ese momento me enamoré de su poesía, busqué sus libros y le he hablado de él a mucha gente, porque creo que vale la pena que todos los que entienden de amor y de poesía lo conozcan. Víctor murió hace unos cuantos años (ya no recuerdo cuantos), pobre y solo –como vivió- en un hospital de Cabimas, de cirrosis hepática. Ya nadie habla de él, casi nadie lo recuerda, las nuevas generaciones no lo conocen. Pero aquí hay alguien que se empeña en que esta voz se siga oyendo. La emoción que me producen estos versos, quiero compartirla con Uds, amigos. |
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