Federico Márquez fue mi mejor amigo. Era nieto de Federico Brandt Casanova, primo hermano de mi abuelo Carlos Eduardo Casanova Tovar. Nos conocimos cuando teníamos nueve años, y de inmediato nos hicimos inseparables. A los trece o catorce años empezamos a escribir clandestinamente. Cada uno autorizaba al otro, únicamente al otro, a leer lo que producía. Ambos escribíamos a mano en los cuadernos más gruesos que pudimos conseguir. Un día, por recomendación de Julia Brandt de Márquez, su mamá, leímos “La Metamorfosis” y “La construcción de la Muralla China”, que venían en un mismo tomo. Inevitablemente empezamos a escribir a lo Kafka, yo una historia en la que un hombre amanecía en China sin saber cómo llegó, y era condenado a muerte por espía, y Federico un cuento sobre un hombre que se quedaba dormido recostado a un árbol y unas hormigas empezaban a comérselo. Cenábamos en su casa cuando Julia, con la mejor de las intenciones, lo felicitó por su cuento, y Federico, sin hacer el más mínimo comentario, remató el cuento con una frase lapidaria: “Y entonces Fulano (no recuerdo el nombre del personaje) se tiró un peo…” Julia había traspasado la barrera que él mismo había colocado, y eso no lo podía permitir. No volvió a escribir más nunca en su vida, que duró muy poco, apenas hasta 1977, cuando un infarto masivo de lo llevó para siempre. Yo no fui tan radical en la defensa de mi intimidad y he seguido escribiendo (y, desde 1972, publicando) hasta hoy. Me costó un buen esfuerzo, eso sí, liberarme de la influencia fascinante de Franz Kafka, que nació en Praga, en julio de 1883, y murió en Austria en junio de 1924, poco antes de cumplir los cuarenta y un años. En vida publicó muy poco, y casi toda su obra, a pesar de que había pedido que se quemara, fue editada después de su muerte por su mejor amigo, Max Brod. Más que vida de escritor, las circunstancias lo obligaron a llevar la de un simple abogado, empleado de compañías de seguros, que también escribía. Sería después de su muerte cuando su mundo se abrió al mundo entero y se convirtió en uno de los escritores más apasionantes del siglo XX. En vida sólo publicó “Consideración”, “La metamorfosis” y “Un médico rural”. Es sabido, hasta por sus escritos, que sufrió mucho su relación con su padre autoritario, lo que quedó demostrado en su famosa “Carta”, publicada post-mortem. También sus relaciones con mujeres fueron extraordinarias. Primero fue con Milena Jesenka, Luego con Dora Diamant y después con Felice Bauer. El insomnio y la cefalagia lo martirizaron durante mucho tiempo, antes de que la tuberculosis se lo llevara. Entonces aparecería el resto de su obra monumental, que en buena parte se salvó de la quema por parte de la Gestapo, obras como “América”, “El proceso”, “El castillo” y “La construcción de la muralla china”. Algunos críticos marxistas han tratado de hacer ver que la obra kafkiana tiene que ver con el socialismo, pero en realidad la obra kafkiana no tiene nada que ver con la política, y si se quisiera relacionarla con alguna tendencia, tendría que ser con el anarquismo, que es profundamente contrario al marxismo. En todo caso, su influencia ha llegado hasta los escritores del mal llamado “boom de la literatura latinoamericana”, después de pasar por varios de los grandes autores de la literatura occidental contemporánea, tanto en la narrativa como en el teatro.