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“La Esgrima” de Edmundo Font Pozo negro en el Atlantico Edmundo Font Viernes, 5 de junio de 2009 “Recuerde el alma dormida, / avive el seso e despierte / contemplando / cómo se passa la vida, / cómo se viene la muerte / tan callando; / cuán presto se va el plazer, / cómo, después de acordado, / da dolor; / cómo, a nuestro parescer, / cualquiere tiempo passado fue mejor…” Coplas de Jorge Manrique. ![]() Provoca estremecimiento esa lista, cuando nos enteramos de detalles que incluyen algunas fotografías; en ellas no hay, prácticamente, ninguna persona que no aparezca posando con sonrisas abiertas y francas. Ya sé que se ha vuelto costumbre tratar de expresar alegría frente a cualquier lente; tal vez queremos manifestar al mundo entero que la vida nos sonríe. Sin embargo, los bellos y naturales gestos cobran en este momento una dimensión inoportuna de profunda tristeza y nos dejan marcados para siempre, aunque nunca hubiéramos visto a quienes nos despiertan ya un extraño sentimiento de pérdida. En mi caso, agravado por la cercanía afectiva que ya mencioné. En la lista en cuestión, se puede ver, por ejemplo, al miembro de una dinastía cuya casa familiar tuve a tiro de pájaro desde lo que podía considerarse mi “palomar”, en un piso 36 del “Morro da Viuva”, en Río de Janeiro. Si hubiera monarquía, estaríamos hablando del cuarto heredero en la teórica línea sucesoria al trono del Brasil, el príncipe Pedro Luis de Orleans e Bragança, de 26 años de edad, pariente de don Pedro, el hijo del rey Don Juan VI que se deslindó de su noble progenitor con la afirmación del “Eu Fico”: un “yo me quedó aquí” confirmado con el Grito de Ipiranga. Esa manifestación dio paso a un imperio constitucional que marcó el nacimiento de un gran país independiente, el Brasil multicultural que admiro y que tanto ha significado en mi formación intelectual. Los seis años que pasé en ese paraíso tropical, no exento de purgatorios de violencia como los que se sufre en toda Latinoamérica, me dieron mucho más que el dominio de una de las lenguas con mayor encanto y musicalidad y el ejemplo de un talante abierto y tolerante, recobrado de manera plena una vez concluida la pesadilla de la dictadura militar. Pero no me aparto más. Lo anterior lo subrayo para explicarme mejor. Suelo acusar en carne propia las desgracias que ocurren a tantos siglos luz de mis actuales circunstancias y sin haber vuelto a Río desde hace más de doce años. Como suele suceder, el elemento de suspenso es criminal; durante estos primeros días de lo que suponemos ya la desaparición definitiva de 228 personas, no hemos sabido con certeza lo que ha ocurrido y eso da paso a las más extremas elucubraciones. El hecho es que el vuelo no llegó nunca a su destino y los restos que hayan quedado del probable desplome sobre el atlántico apenas acaban de aflorar. La tripulación de un avión brasileño que hacía la misma ruta del extraviado, pero de regreso de Europa, informó que habría detectado “puntos naranja”, una especie de esferas encendidas en un sitio donde podría haber tenido lugar el desastre. Con los días la tragedia irá perfilándose en sus justas proporciones. También nos iremos enterando de historias dramáticas, cargadas de símbolos, paradojas, corazonadas y una serie de elementos que pasan de la superstición, a la premonición o a la planeación pragmática. La madre de uno de los desaparecidos aseguró haber soñado con aguas y con un funeral. Otra persona recordó el último abrazo de un hermano, sin hábito de estrecharlo entre sus brazos, como lo había hecho antes de abordar el vuelo fatal. Eso lo he vivido yo, en sentido contrario, mi querido amigo de la infancia Gonzalo Rodríguez, me alcanzó inopinadamente en la manga de un aeropuerto para darme un abrazo que sería el último. Murió en tierra unos pocos días después del impulso de expresar ese adiós definitivo. Una familia de Suecia tenía por costumbre dividir sus traslados y embarcarse en diferentes vuelos para evitar que los hijos se quedaran sin padres, en el caso de un accidente o de que al menos sobreviviera una parte de la familia, como acabó verificándose. El padre y su hijo abordaron un vuelo anterior al fatídico, donde viajó su esposa y su otra hija, y ellos se quedaron aguardándolos en Paris, para trasladarse juntos hasta Estocolmo. Un miembro de la tripulación regresaba a Francia después de haber viajado para sepultar a su padre, y una pareja recién casada en una fiesta, con 500 invitados en Niteroi, nunca llegaría a su luna de miel en Paris. También se han dado esas felices e inexplicables coincidencias que transforman el destino de la gente de manera absoluta, decisiva, radical. El propio día del malhadado viaje un joven percibió la caducidad de su pasaporte; un amigo suyo que lo acompañaría se solidarizó con él, salvando también la vida. Nada de esto es nuevo, la reflexión inexorable es la misma. Ninguno de nosotros partiremos la víspera. |
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