Sección: Arte y Cultura
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El Paraíso Burlado
(Venezuela desde 1498 hasta 2008)
Oil!
Eduardo CasanovaDomingo, 21 de marzo de 2010
El Paraíso Desperdiciado
(Venezuela después de la Independencia)
Desde los tiempos del viento se sabía que de la tierra salía un líquido negro que servía para muchos usos, y para los habitantes precolombinos el lago de asfalto de Guanoco y los “menes” de Falcón y Zulia eran sitios conocidos, pero a los invasores españoles les interesaba mucho más el oro y la plata que aquel producto maloliente. Durante los tres siglos y unos años de dominación española casi nadie se ocupó del tema.
Como contraste, pasada apenas una década desde que Venezuela se separó de Colombia, asomó en el horizonte republicano por vez primera la idea del petróleo. Eso sucedió cuando el doctor José María Vargas, el más importante científico de su momento, que había sido presidente de la República por un breve tiempo y prefirió retirarse a su gabinete de trabajo, respondió una consulta que le fue hecha por el secretario de estado de Hacienda y Relaciones Exteriores, Guillermo Smith, acerca de los posibles usos y posibilidades del “betún de Judea” que había sido recogido en Pedernales, en el bajo Orinoco, al Norte del actual estado Delta Amacuro. Luego de señalar varios usos del producto (Proteger la madera contra la putrefacción, ser materia prima de tintas y barnices, servir como material de construcción, ser materia prima para fuegos artificiales. Etcétera), recomendaba:
En cuanto a las medidas que por el Gobierno puedan adoptarse para beneficiar la mina por cuenta del Estado, me atrevo a opinar que convendría más arrendar su uso, que beneficiarla por cuenta del Fisco; porque un empresario particular sacaría, según mi parecer, muchísimas más ventajas que un administrador puesto por el Gobierno: Y estas ventajas particulares vendrían a ser públicas y aun directamente útiles al erario, dando al arrendamiento bastante duración para alentar al empresario a entrar en trabajos y en desarrollar su especulación; sin prolongarla tanto o hacerla tan indefinida que prive al Gobierno de participar de las ventajas acaso grandes de esta propiedad pública. (…)
Es mi única convicción que el hallazgo de las minas de carbón mineral y de asfalto en Venezuela, es, según sus circunstancias actuales, más precioso y digno de felicitación para los venezolanos y su liberal Gobierno que el de las de plata u oro (Guillermo J. Salas, Petróleo, Monte Ávila Editores, C. A., Caracas, Venezuela, 1982).
Este último párrafo es importantísimo: Implica que sin haberse iniciado el uso del petróleo como combustible de motores, ya el sabio Vargas intuía su importancia. Su recomendación de arrendar las minas es típica de un prudente conservador de ideas liberales.
Quince años después del informe de Vargas, en Estados Unidos empezaría a adivinarse el potencial de aquel aceite, y en 1859, veinte años después del informe, el norteamericano Edwin Drake perforó en Titusville, en el estado de Pennsylvania, el primer pozo de una industria que en muy pocos años se convertiría en la más importante del mundo.
En la década de 1860, se iniciaría en muy pequeña escala esa industria en Venezuela. En 1864 la legislatura del estado Nueva Andalucía (actualmente Monagas y Sucre) dio una concesión petrolera de quince años a Manuel Olavarría, en 1865 lo mismo se hacía en Zulia, pero por diez años, con el ingeniero Camilo Ferrand; y en 1866 la legislatura de Trujillo dio a Pascual Casanova Cedeño los derechos de explotación del petróleo de Escuque por un lapso de veinte años. Ninguno de ellos obtuvo resultado alguno en sus cortas aventuras.
Los verdaderos iniciadores de la industria petrolera venezolana estaban más al Sur que mi pariente don Pascual, en el estado Táchira (cuyo primer gobernador fue, coincidencialmente, mi pariente Pascual), muy cerca de la población de Rubio. Manuel Antonio Pulido, José Antonio Baldó, Ramón Maldonado, Carlos González Bona, José G. Villafañe, h., y Pedro Rafael Rincones, el 12 de octubre de 1878, cuando Cipriano Castro cumplía veinte años de nacido, constituyeron la primera empresa venezolana dedicada a la explotación de petróleo, denominada “Compañía Nacional Minera Petrolia del Táchira”, con un capital de cien mil bolívares. Poco después iniciaron su trabajo en la hacienda La Alquitrana, que era de Pulido. Pedro Rafael Rincones viajó a Pennsylvania a comprar equipos e investigar sobre el trabajo del ramo en Estados Unidos, y en abril de 1883 ya estaba en plena producción un primer pozo, llamado “Eureka”. Poco después instalaron un sistema de refinación para servir el petróleo que obtenían de siete de los catorce pozos que iniciaron. En 1912, como resultado de una política gubernamental que favorecía a los extranjeros, Petrolia del Táchira cerró definitivamente sus operaciones.
En 1883 el gobierno de Guzmán Blanco otorgó a los norteamericanos Horatio R. Hamilton y George A, Phillips la concesión del asfalto del estado Bermúdez (Monagas y Sucre) por veinticinco años. Allí estaban el lago de asfalto de Guanoco y una de las zonas petroleras importantes del país. En 1885 la concesión le fue traspasada a la empresa norteamericana New York and Bermudez Co., creada a tal efecto y que de inmediato empezó a llevar asfalto hacia la costa Oeste de Estados Unidos. Pronto entró en problemas financieros y el 85% de sus acciones fue adquirido por lo que se llamaba el Trust del asfalto. En 1888 la concesión fue ampliada para llevarla a noventa y nueve años. En 1893, como parte de la reacción contra Guzmán Blanco, el gobierno venezolano tomó una serie de iniciativas en contra de aquella concesión, entre ellas la de reclamar formalmente que la empresa norteamericana no había cumplido buena parte de sus obligaciones contractuales. En 1897 un grupo venezolano recibió una concesión en parte de los terrenos que correspondían a la de 1888 y el presidente Crespo anuló el contrato de la New York and Bermudez, que recurrió ante la corte suprema y consiguió anular la decisión de Crespo y reponer el contrato original. Allí empezó una verdadera batalla tribunalicia en la cual intervinieron otros grupos, tanto venezolanos como norteamericanos (New York and Bermudez por una parte y Patrick Quinlan y Charles Warner, que representaban a una corporación rival del Trust del Asfalto y habían conseguido otra concesión sobre parte del Lago Guanoco, por la otra). En esa batalla, desde luego, una de las armas más usadas fue el soborno, y en 1900 el grupo de Quinlan y Warner, que había formado la Venezuela Mine, consiguió un importante triunfo, y allí empezó la actuación de Cipriano Castro, que pidió, a cambio de apoyar a la New York and Bermudez, la suma de cuatrocientos mil dólares (no para él, sino para el gobierno). La reacción del Trust fue la de apoyar a Manuel Antonio Matos y la “Revolución Libertadora” en todo aquello que ya recorrimos. Gracias a eso muchas empresas del ramo descubrieron la existencia de Venezuela como posible país petrolero, en pleno auge de la industria en los Estados Unidos. Y no sólo las norteamericanas, sino europeas como la Dutch Shell.
Muchos son los protagonistas de esas épocas en las que los gobiernos de Castro y de Gómez preferían que los extranjeros que les ofrecían apoyo, especialmente los norteamericanos, se ocuparan del asunto, aunque se daban concesiones a los venezolanos amigos y parientes de los altos jerarcas para que ganaran algún dinerillo pasándoselas a los musiúes, que eran los que sabían de eso. Pero no vale la pena llenarse de nombres y de datos, sino saltar directamente al hecho más realmente importante de todo ese proceso: El Reventón de 1922, con el cual se puso definitivamente a Venezuela en el mapa petrolero del mundo.
A partir de 1917, Gumersindo Torres, uno de los grandes venezolanos del siglo XX (Tomás Polanco Alcántara), médico coriano nacido en 1875 y muerto en Caracas en 1947, había tratado de regular en favor de Venezuela el negocio petrolero. Bien puede considerársele el fundador del nacionalismo sano en el país, pues se dedicó en cuerpo y alma a impedir que se siguieran dando concesiones al voleo y sin ninguna programación, sobre la base de que el petróleo no es eterno y el país debía tratar de obtener de él todo lo que pudiese. Nombrado por Gómez ministro de Fomento en 1917, su principal objetivo fue la promulgación de una Ley de Minas que salvaguardara los intereses del país. En octubre del 19 emitió un decreto sobre el carbón, el petróleo y otras sustancias, en el que establecía el principio de reversión de las concesiones. Y el 19 de junio de 1920 consiguió la primera Ley de Hidrocarburos, abiertamente favorable al país, pero la presión de las petroleras ante Gómez logró que se anulara y se sustituyera por otra, del 2 de junio de 1921, más favorable a las transnacionales, lo cual significó la salida violenta del doctor Torres del gabinete. Torres actuó entonces con habilidad y fuerza, mostrando una extraña combinación de fuego y agua, acero y seda, que difícilmente se encuentra en el mundo. Una vez logrados sus objetivos se separó de la política y se convirtió por algún tiempo en diplomático. Desde luego que los extranjeros, al luchar contra el nacionalismo de Torres no lo hacían por principios, sino porque ya sabían que estaban en el lugar apropiado y en el momento apropiado, lo cual quedó plenamente comprobado el 14 de diciembre de 1922, cuando el pozo Los Barrosos Nº 2, cercano a Cabimas, en el Zulia (costa oriental del Lago de Maracaibo) “reventó” de manera sensacional. Desde ese día, mientras del pozo reventado fluían unos 16.000 m3 diarios, se vio el potencial del petróleo venezolano y empezó una verdadera rebatiña para ubicarse en la geografía de aquel país semisalvaje, que de repente se convirtió en El Dorado. Otra vez.
En una excelente narración, cuyo autor se desconoce, editada por la empresa venezolana Lagoven (Los Antecesores / Orígenes y Consolidación de una Empresa Petrolera, Cuadernos Lagoven, Caracas, Venezuela, 1989) se puede apreciar el tono de esa época, que llegó a tener connotaciones heroicas y pasó por muchísimos fracasos hasta consolidarse y echar a volar por los aires del mundo. El “reventón” aparece narrado así: El 31 de agosto de 1818, la VOC (Venezuelan Oil Company) abandonó un pozo somero en las afueras del pueblo de La Rosa. La Rosa era una zona primitiva del pueblo de Cabimas que se extendía por la costa oriental del lago, exactamente en donde el cuello de éste comienza a ensancharse hasta convertirse en el lago propiamente dicho. Atravesando el lago hacia el noroeste, se erigía la ciudad de Maracaibo igual que un centinela.
El pozo había sido perforado en una concesión llamada Barroso, aproximadamente a kilómetro y medio de la costa del lago. La VOC decidió perforar a mayor profundidad en el antiguo pozo e inició los trabajos el 31 de agosto de 1922. El pozo era el Barroso Nº 2, ahora el R-4. El 18 de agosto los perforadores llegaron al fondo de la perforación original –a 103 metros. Encontraron arenas bituminosas entre los 337 y 384 metros, y a principios de diciembre, cuando el pozo sobrepasaba los 441 metros, encontraron arena petrolífera con una cantidad considerable de gas. La cuadrilla extranjera de perforación de la VOC, seis perforadores y un superintendente, fijaron su centro de operaciones en La Rosa. Los habitantes se familiarizaron con ellos y estaban acostumbrados a su presencia. Los llamaban por su nombre –señores Marchant, Oilcrearse, Colo Grimes, Cox, Cochran y el superintendente, señor L. E. Deganais. Mas los pobladores no sabían nada de la aparición del petróleo. Si el hallazgo había emocionado a los miembros de la cuadrilla, sus nuevos amigos no lo supieron. A las seis de la mañana del 14 de diciembre la pequeña comunidad de La Rosa dormía tranquilamente, interesada sólo ocasionalmente en el ruidoso taladro de perforación que estaba en las afueras del pueblo. Una hora más tarde despertó asustada. A las 6 a.m. –a una profundidad de 457 metros el pozo empezó a surgir. Reventó tranquilamente, produciendo un estimado de 20.000 barriles diarios. Parecía ser un buen pozo, no uno digno de titulares, simplemente un pozo bueno, rentable. Dado que había llegado inesperadamente, no tenía válvula de compuerta y el petróleo fluyó suavemente por la tubería de 10 pulgadas. En ese momento parecía fácil colocar una válvula de compuerta para controlar el fluido. A medida que pasaban los minutos, mientras se alistaba la válvula, el flujo del pozo se hizo más fuerte. Sin embargo eso era algo por lo que había que estar agradecido y no alarmado. Pero a las 7 a.m., de las entrañas de la tierra surgió un potente ruido sordo, como miles de trenes en marcha. Repentinamente, con un rugido que helaba la sangre, el petróleo saltó del pozo en un chorro de 60 metros que se abrió en el aire como el paraguas de un titán.
La Rosa cobró vida. Los pobladores salieron de las humildes viviendas y se echaban a la calle. El petróleo los bañó como un torrente de gotas de lluvia. El gran abanico sobre el pozo brilló en el claro cielo y la gente elevó los ojos con espanto. El miedo recorrió las calles y muchos cayeron al suelo cubriendo sus cabezas con los brazos. Los más valientes caminaron indecisos hacia el pozo. Llevaban sus manos en alto y el pegajoso y negro líquido salpicó sus palmas.
–¡Petróleo!, –gritó un hombre–, y el grito atravesó el pueblo como una chispa en un polvorín. –Petróleo, –gritaron todos, y se pudo sentir el mismo júbilo del grito de ¡tierra! Dado por el centinela.
Es interesante el hecho de que el autor compare aquel grito de ¡petróleo! (Oil! en el original en inglés) con el del centinela de Colón. Implica que en ambos casos se estaba descubriendo un mundo nuevo que modificaría para siempre el destino de la humanidad. Y su riqueza.
A renglón seguido, el autor anónimo describe cómo se armó un verdadero infierno en torno al “reventón”. La VOC tuvo que pedir auxilio para controlar aquel monstruo que había salido de la tierra. Hay un toque mágico cuando cuenta que los habitantes nativos, con sus tambores “marcharon estoicamente hasta un lugar cerca del pozo. Allí colocaron una imagen de San Benito. Mientras el pozo rugía y los bañaba, ellos golpeaban los tambores e imploraban al santo para que detuviera el líquido.” Lamentablemente, el santo no los complació. Pronto empezó el pleito a cuchillo por las concesiones en la zona, y entre otros, un yerno de Gómez consiguió su pedazo en la costa oriental. El diario norteamericano New York Times calificó el “reventón” como acontecimiento del siglo y al pozo como el más productivo del mundo, y así empezó la carrera petrolera de Venezuela, que aún sigue con sus altibajos y sus satánicos efectos.
Y también se hizo más sólido el poder de Juan Vicente Gómez, no sólo por su intrincada red policial y su inmensa capacidad represiva, sino por la competencia de las compañías petroleras por ganar su favor y asegurarse un pedazo del pastel. Ahora si podían decir los norteamericanos que tenían en Venezuela our son of a bitch.
Poco tiempo después, el 30 de junio de 1923 murió apuñalado en Miraflores Juancho Gómez, primer Vicepresidente de la República, gobernador del Distrito Federal y hermano del Presidente. Lo mató el capitán Isidro Barrientos, en complicidad con su primo Encarnación Mujica, empleado del jerarca asesinado. Desde el principio se dijo que detrás de los implicados estaba Vicentico Gómez Bello, sobrino del muerto e hijo del jefe, segundo Vicepresidente de la República e intendente general del ejército, y que la causa era la sucesión. El propio general Gómez asistió a los interrogatorios de los acusados, que pronto fueron condenados a veinte años de prisión, pero no cumplieron su condena: fueron sacados de noche de la cárcel por la policía y aparecieron muertos al día siguiente. Todo el proceso desató una de las más feroces persecuciones de enemigos reales y supuestos del régimen, especialmente entre periodistas e intelectuales.
El país se había internado en la negrura, apenas cortada por un breve resplandor, gracias a la luz de otro tachirense: el doctor Francisco Baptista Galindo, que cuando el “reventón” tenía unos meses como ministro de Relaciones Interiores y debió dirigir la represión causada por la muerte de Juancho Gómez, pero que sabría llevar la acción política hacia otros derroteros, hasta que el suyo cambió demasiado bruscamente. Como el del país.







