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El Bolívar de Pino Roldán Esteva-Grillet Martes, 30 de junio de 2009
El tan controvertido personaje fue elevado por Páez hacia mediados del siglo XIX a la dudosa categoría de Padre de la Patria, justo por quien se encargara –junto a Santander- de socavar su máxima creación: Colombia, otra “república aérea” como calificara el mismo Bolívar la primera que tuvo Venezuela en 1811. La única república que ha tenido continuidad ha sido la fundada por Páez, en 1830, a costa de Bolívar. Para esconder el parricidio, se ha querido presentar al caraqueño como el sumum de republicanismo y democracia, de institucionalidad e integración moral, cuando lo cierto es que la figura de El Libertador como algunas de sus ideas han apuntalado varios regímenes militaristas y autoritarios, obsesionados por la conservación del poder (Páez, Guzmán Blanco, Gómez, Pérez Jiménez, Chávez). Por su formación intelectual cerca del filósofo historicista español radicado en México, José Gaos –el mismo que orientara los pasos de Leopoldo Zea en la historia de las ideas-, Pino Iuturrieta se ha visto más cómodo en la interpretación de los papeles, revolucionarios o no, de los tiempos idos, de las ideas y prejuicios que motivaron a las elites, e incluso las cartillas del buen hacer y el buen pensar confeccionadas por las autoridades para garantizar el comportamiento sea de los súbditos sea de los ciudadanos dentro de los cartabones tradicionales. La preservación de la monarquía o los privilegios de los blancos criollos han tenido tanta importancia en sus estudios como la del honor o la castidad. Una de sus principales investigaciones ha sido precisamente, desmontar toda la superchería popular en torno al Divino Bolívar, siguiendo caminos diversos a los emprendidos pioneramente por Germán Carrera Damas. En tiempos mesiánicos y carismáticos como los que vivimos, aparece ahora un trabajo más modesto pero no menos enjundioso por su capacidad interpretativa que, más que biografía, el autor gusta llamar “esbozo”. Es un baño de agua fría para los fieles de un culto desmedido, exacerbado desde la Presidencia de la República hasta los Círculos Bolivarianos y otras instancias proselitistas constituidas en “poder censor”, al estilo del propuesto por el Libertador en Angostura en 1819 y retomado en su Constitución Boliviana de 1825. Habrá que esperar que el Consejo Nacional de la Historia –institución de reciente data y de corte oficialista, vale decir, la historia al servicio del régimen chavista- saque su respectiva contraparte, con la pluma de un Arístides Medina Rubio, o si se quiere algo con mayor ardor, de un Vladimir Acosta, atrevido como pocos. Si algo caracteriza esta biografía de Bolívar, del nada bolivariano Pino Iturrieta, es su énfasis en retratar más la circunstancia que al personaje, y el complementar las fuentes primarias patriotas con las realistas, a las que se suman los dimes y diretes de los enemigos republicanos de las pretensiones hegemónicas del héroe. Entre estas últimas fuentes destacan desde las cuartetas satíricas hasta los panfletos denigrantes. Priva el análisis del entorno y, por deformación profesional, el de los documentos reputados como fundamentales en el ideario del biografiado -como el Manifiesto de Cartagena, la Carta de Jamaica, el Discurso de Angostura, la Constitución Boliviana-, junto a ejemplares de su nutrida correspondencia. El autor muestra dilecta constancia en remachar aquellas ideas que pasarían por constantes u obsesivas en el Libertador y que son las que más se han prestado para su reducción ideológica por parte de la política: la afirmación de la propia clase mantuana o de blancos criollos como directora de la sociedad; la inconveniencia de la federación, recurso sólo valido y funcional para las excolonias de Norteamérica, pero signo de debilidad en el sur; la necesidad de un poder ejecutivo fuerte y unitario, según los modelos clásicos contra la disolución y la anarquía. Todo aderezado con referencias a Rousseau o Montesquieu. Dos constantes, sumamente espinosas, de esas que levantaron banderías, recelos y desafectos, fueron la opción haitiana de Alejandro Petion (Presidencia vitalicia con derecho a escoger sucesor), como alternativa monárquica, y un senado hereditario al estilo de la cámara de los Lores británica, integrada por supuesto por los “libertadores”, cuyos hijos se formarían en colegios especiales para destinarlos al gobierno futuro. Uno podría pensar que Bolívar, al no poder por entero complacer a Petion en lo relativo a la libertad de los esclavos –que siempre estuvo condicionada y manipulada-, aspiraba por lo menos a halagarlo con la presidencia vitalicia por él ejercida, como panacea para asegurar el orden y la tranquilidad pública. Esto, junto al carácter no electoral de una de las cámaras, significaba un solapado apego de Bolívar al régimen estamental de la colonia. En efecto, en varios documentos aducidos por el autor, Bolívar revela su principal temor, la pardocracia, esa que promovía el mulato curazoleño Piar y por la cual fue oportunamente fusilado a pesar de sus méritos militares (gracias a él se obtuvo la tierra más rica, Guayana); y, asimismo, el llanero Páez quien, a pesar de ser “catire”, se crió entre el pardonaje y de él recibió tanta veneración como la antes retribuida al asturiano Boves. El biografista es inmisirecorde en el señalamiento de los fracasos militares y políticos de Bolívar, y cómo el “hombre de las dificultades” supo sacar provecho de las debilidades ajenas por cuanto no sólo –quizá- era quien tenía un personalísimo plan de poder aunado a una osadía ilimitada que le llevaba a saltarse normas cuando así se lo dictaba su genio, sino que al final sus éxitos los presenta como obra de la casualidad, de la providencia o del valor de sus soldados, con fingida modestia. Queda más que evidenciado en esta biografía cómo Bolívar supo manipular a su favor –es decir, su gloria y exaltación heroica-, su indudable dominio del lenguaje escrito y su sabia acomodación a los distintos fines o destinatarios, con plena conciencia de una superioridad intelectual única en su tiempo. De las innumerables fuentes primarias citadas, “brilla por su ausencia” el manido Diario de Bucaramanga, de Perú de Lacroix, al que Monseñor Navarro le hiciera tantos reparos por las innumerables interpolaciones atribuibles al memorialista, y en particular aquellas notas que no encajaran en la visión cristiana que el clérigo buscó dar por su cuenta al personaje. El historiador Pino tendrá sus buenas razones para reservarse la “credibilidad” en dicha fuente. En todo caso, se le agradece la somera descripción, a base de apuntes bien enhebrados, de los diversos contextos en que se desenvuelve la vida de Bolívar, en particular cuando se traslada hacia y actúa desde nueva Granada, Ecuador o Perú. Pinta muy bien las disensiones internas y su resolución final en detrimento de las conquistas bolivarianas. Destaca específicamente el tratamiento que el sigue a las relaciones entre Bolívar y Santander, tan llena de suspicacias hasta la rotura final en 1828, a raíz del atentado del 25 de septiembre. Cuando Bolívar se desahoga por su fracaso en la captación de los negros o de los indígenas, el historiador se cuida de contextualizar el documento y relativizarlo; pero cuando trae a colación expresiones terribles sobre Páez, uno como lector teme que sean usadas por el gobierno actual para sacar a patadas al “Centauro de los llanos” del Panteón Nacional. El historiador recala en contados casos en el avatar íntimo de biografiado, sea su condición enfermiza o su talante enamoradizo; también en la puntual atención que presta a los asuntos familiares de índole económica a fin de recuperar la estragada fortuna. Rinde tributo a unos historiadores (Lynch, Quintero) y se desmarca de otros (Mijares). El texto viene ilustrado con una iconografía básica de Bolívar y el autor dedica breves comentarios a algunas de ellas; pero sólo en una ocasión se detiene en una de las imágenes pictóricas de Bolívar más famosas, la debida al pincel del mulato peruano José Gil de Castro, realizada en 1825, y con la que ilustra la portada del libro. Es el retrato a sus 42 y ya sin bigotes que obsequiara a su hermana María Antonia, según Bolívar “hecho en Lima con la más grande exactitud y semejanza”. El micro estudio de Pino resulta ejemplar por su agudeza y soltura, pues sin apelar al término al uso de los historiadores de arte, retrato de corte o áulico, capta lo falso de la imagen en cuanto al personaje físico, no en cuando a lo que deseara proyectar, justo cuando todo empieza a derrumbársele y debe convertirse en apaga fuegos. Otras imágenes acompañan esta biografía, pero sospecho que no fueron escogidas por el autor sino por la editorial, pues no se explica que se incluya el anónimo de Haití, cuando ya el Boletín de la Academia Nacional de la Historia (334, 2001), su colega Carlos F. Duarte ha dejado establecido, irrefutablemente, su carácter de apócrifo de 1958, junto a otro pastel de igual mano con la efigie de Miranda. Incluso, ambas imágenes pertenecientes al museo de la Fundación John Boulton han dejado de exhibirse. La oferta inicial de biografiar a todos los presidentes de Venezuela ha sido cumplida por el editor Simón Alberto Consalvi, al hacer entrega del libro número 100 de esta colección popular patrocinada por el Banco del Caribe y El Nacional. Todas alcanzaron una extensión estándar de 200 páginas, salvo la primera dedicada a Joaquín Crespo, cuyo autor, R. J. Velásquez, juzgó necesario que fueran dos volúmenes, o habrá sido simple gancho editorial para atrapar lectores iniciales. Podría uno esperar que por la importancia de Bolívar, el personaje recibiera igual trato, pero no, aunque lo ameritara. Su autor se atuvo al formato general, con una apretada síntesis de una vida llena de peripecias, entre equívocos y aciertos. Por el manejo del lenguaje, de prosa culta y cincelada pero nada preciosista, y por los aspectos escabrosos y los numerosos cabos sueltos que deja a propósito como buen historiador que no pretende sabérselas todas, no creo que esta biografía resulte de fácil digestión para mentes escolares, todavía en formación, pero tampoco para lectores instruidos pero afectos al personaje hasta el delirio. Su lectura exige atención a los detalles, para no perder la ilación y estar bien dispuesto a desentrañar acertijos históricos y remover creencias. En fin, el lector ansioso de encontrarse con una narración entretenida de una vida azarosa se tropezará con la sesuda interpretación de medio siglo de historia de una sociedad marcada por las diferencias de clases, trastornada por las aspiraciones de libertad e igualdad, y la dificultad de amoldar los medios para alcanzar lo primero sin sacrificar lo segundo blog comments powered by Disqus |
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