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Sección: Arte y Cultura

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El fantasma de" Billo"

Roldán Esteva-Grillet

Sábado, 23 de mayo de 2009

Por motivos que no vienen al caso, no me divertí la noche de la fiesta de mi grado de bachiller en 1965. Y eso que era en el Club Alianza de Maracaibo, del que mi papá había sido Presidente en los cincuenta. Ni una sola vez me animé a bailar a pesar de estar tocando, nada menos que la orquesta de “Billo” Frómeta. Semanas después, los más íntimos de la promoción nos reunimos en una casa y montamos nuestra propia fiesta con la música de los Corraleros de Majagual, a quienes las autoridades regionales declararán persona non grata por tocar el himno nacional en ritmo de cumbia. Un año antes yo había visitado Bogotá junto a un amigo mayor y, para mi vergüenza u orgullo, en casa de una familia nos descubrieron la colección completa de la Billo’s Caracas Boys. Dos décadas después, en Caracas, mi exalumna Mariana Figarella en su fiesta de grado universitario me reveló que a sus quince años, reunida con sus amiguitas, bastó que una lanzara al aire la pregunta: “¿Y si Billo se muere?” para que un llanto colectivo se desatara. Lo irónico era que “Billo” no sabía bailar.

La música de “Billo” es como la Harina Pan, los Diablitos Underwood, los jugos Yukery, la Maizina Americana, el Toddy, el Corn Flakes y tantas otras delicias de nuestra infancia, adolescencia y juventud, una marca de fábrica del venezolano que se identifica por lo que come, pero también por lo que baila.

Al cabo de cincuenta años de trabajo musical se quiso homenajear al maestro “Billo” con la orquesta sinfónica en el Teresa Carreño, y en pleno ensayo su corazón lo venció. El sepelio equivalió al de Benny Moré en la Habana por la multitud de gente que acompañó al féretro. No era venezolano, pero se hizo y al hacerlo nos hizo más caribeños. Un homenaje más reciente fue montado con el espectáculo bailable “A gozar muchachos”, eco de uno de sus programas radiales.

La historia de este singular músico de origen dominicano ha sido abordada desde un documental por Marciano Tinoco, con la participación de testimonios de directores de orquestas como Renato Capriles y Porfi Jiménez, y cantantes como Rafa Galindo, Héctor Monteverde y Estelita del Llano, junto a otros. El documental, algo largo para mi gusto y resistencia, se apoya por la parte musical en el trabajo previo de Alberto Naranjo y su álbum “Swing con son” (1996), con la banda Latin Jazz; cuenta también con la actriz y cantante Caridad Canelón, como conductora, y un abundante repertorio de imágenes de época y actuales con que recrear la vida y la música de “Billo”.

Apenas estrenada, algún “mujiquita” de los que ahora abundan en la burocracia cultural, pretendió llamar a capítulo al director pues registró la interrupción de una entrevista en Radio Nacional por una de las sólitas cadenas presidenciales. El incidente le sirvió al cineasta para ubicar al espectador en nuestro día a día chavista y por lo mismo se negó a dar cualquier explicación, con todo derecho. En realidad, esa secuencia no era el verdadero motivo del malestar burocrático sino el tufillo antimilitarista, que mezclaba al aborrecible dictador dominicano Trujillo (“Chapita”) con el más cercano pero no menos despreciable Pérez Jiménez, y el infaltable “Por ahora” del tcnel.; todo aderezado con la guaracha que hiciera popular a Emilita Dago, con Los Melódicos: La Marina tiene un barco / la Aviación tiene un avión / vamos a ver a los cadetes / que ya están en formación…, más el testimonio de un hermano de “Billo” sobre cómo los militares menosprecian a los “civiles”.

Aunque mi sospecha más fuerte va hacia uno de los entrevistados, Teodoro Petkof, a propósito de una composición de “Billo” (“El son se fue de Cuba”, en la voz de Felipe Pirela, pero también cantada por Olga Guillot), a través de la cual el maestro revelaba su desencanto con la Revolución cubana; o la referencia a su participación en la fracasada expedición de Cayo Confite (1947), contra la dictadura de Trujillo, la misma en la que estuvo Fidel Castro, salvo que el “Caballo” se lanzó al mar antes de llegar el barco al muelle.

Tinoco debió entrevistar al tocayo, el “marziano” preferido de Vea, el mismo José Vicente Rangel, para que todo resultara correctísimo. Por esta indelicadeza el film no podrá ser proyectado en Miraflores, mucho menos en el Nuevo Circo, aun cuando a Chávez con toda seguridad también le guste la música de “Billo” pero mucho más el son y para nada el swing.

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