nternet puede ser una estupenda fuente de alegrías. Varias veces me ha servido para reencontrarme con viejos amigos a los que les había perdido la pista, en buena parte por culpa de mi vida trashumante. Hoy sé de varios, unos están en Caracas, otros en los Estados Unidos, o en Valencia. Y cada reencuentro ha sido una fiesta para el alma. Pero también puede ser una fuente de tristeza. Me acaba de pasar con dos de las personas que más he querido en mi vida. Mis amigos y vecinos de Buenos Aires, Tota y Cacho Seggiaro. En la década de 1960 Natalia y yo, con nuestros tres hijos mayores, nos mudamos a Lomas de San Isidro, en el Norte de Buenos Aires, y pronto nuestros hijos se hicieron amigos de los vecinitos de la misma edad, y por ello, los padres se conocieron y nació una amistad profunda y duradera. Cacho era Arquitecto, y solía manejar a velocidades de Fangio por las grandes avenidas de Buenos Aires. Yo era el encargado del Consulado General de Venezuela, y por un período de seis meses estuve sin automóvil, por lo que padecí la dura posición de copiloto en aquellas carreras imaginarias del Arquitecto Seggiaro. Tota y Natalia asistieron juntas a clases de repostería de una tía de Tota. Y las dos familias crearon una auténtica red de afecto que duró, que dura, hasta ahora. Varias veces nos volvimos a ver en visitas rápidas a Buenos Aires. Un par de ellas nos alojamos Natalia y yo en la casa de Tota y Cacho, y Natalia también lo hizo con Carlos Alberto, nuestro cuarto hijo, que nació en Buenos Aires pero sólo vivió allá un par de semanas (los últimos días en el “quincho” de la casa de los Seggiaro). Muchas veces hablamos por teléfono. La última a comienzos de 2003. Luego entré en un complicado proceso de lucha contra un cáncer de colon, que aún no ha terminado, y, sin saber por qué, siempre fuimos posponiendo las llamadas por teléfono. Hasta que hace un par de días, también sin saber por qué, puse en el buscador “google” el nombre completo de Cacho, Washington Emilio Seggiaro, con la esperanza de hacer contacto con él por esta vía. El resultado me llenó de tristeza: descubrí que Cacho había muerto el 19 de julio de 2007. Le escribí a una persona que podía conseguirme la dirección de Anita, o la de Pablo o la de Martín, sus hijos, sólo para enterarme de que Tota, Carlota Di Leandro de Seggiaro, también murió, pero hace unos tres años. Sin saberlo, Natalia y yo volvimos a los tiempos de la Colonia, cuando la gente, si se enteraba de la muerte de sus amigos y parientes, tardaba meses y hasta años en enterarse. Internet, en este caso, nos llenó de tristeza. Aunque también nos permitió saber que Pablo, Anita y Martín han formado familias que deben haber llenado de orgullo y alegría a Tota y Cacho, y la alegría de mis amigos es mi alegría. De donde infiero, finalmente, que a pesar de un momento de tristeza, Internet es una inagotable fuente de alegría.