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Sección: Arte y Cultura

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El Paraiso Burlado:Venezuela desde 1498 hasta 2008

El Paraíso Desperdiciado:El camino del infierno

Eduardo Casanova

Domingo, 22 de noviembre de 2009

Monagas trató de asegurarse la permanencia eterna en el poder sin siquiera apelar a testaferros que pudieran pensar en volar solos. Nombró a su yerno y primo segundo doble, el coronel Francisco José Oriach Matute, Vicepresidente de la república, como para que nadie le velara la silla. Aumentó a diez mil efectivos las fuerzas armadas. Elevó a veintiuna las provincias y eliminó las atribuciones de las diputaciones provinciales, con lo cual se aseguró la facultad de nombrar gobernadores afectos. Pero el 5 de marzo de 1858 se alzó en Valencia el general Julián Castro, gobernador de Carabobo, y en cosa de diez días estaba el hermano mayor asilado en la legación de Francia y el gobernador alzado asumía el poder, el 18 de marzo, como “Comandante del Ejército Libertador”. Bolívar debe haberse revuelto en su tumba, si es que no se había escapado horrorizado.

El golpe llevaba tiempo gestándose. Cuenta Lisandro Alvarado que los conservadores Manuel Felipe de Tovar, Miguel Herrera, Mauricio Berrizbeitia y Ramón Yépez formaron en 1856 un “comité” para “el futuro movimiento.” Hablaron con Juan José Flores, el porteño (de Puerto Cabello) que fue el hombre fuerte en Ecuador cuando se disolvió Colombia, pero Flores estaba “preocupado (…) antes que todo por sus propios negocios.” Páez también prefirió reservarse para otra ocasión, y los conjurados, luego de asegurarse el concurso de varios liberales antimonagueros, le ofrecieron la jefatura de la revolución a Juan Crisóstomo Falcón (que no la aceptó pero, convenientemente, tampoco los denunció) y a Julián Castro, que terminó siendo el jefe a pesar de sus muchas limitaciones de todo tipo, especialmente las de intelecto.

Monagas, por complacer a la opinión pública, había hecho algunos cambios en su equipo, y ante la evidencia de que había una conspiración ordenó algunos arrestos que resultaron inútiles. La noche del 4 al 5 de marzo se alzaron en Las Adjuntas varios oficiales que estaban al frente de un batallón de zapadores (construían la carretera de Occidente), y el 5 se alzó el general Julián Castro en Valencia, en tanto que el coronel Pedro Etanislao Ramos, hombre fuerte de Turmero, alzaba Puerto Cabello, el “corazón de la patria”, según Francisco de Miranda. Monagas envió al general Carlos Luis Castelli a combatir a Castro, pero Castelli no quiso derramar sangre y pronto se dio cuenta Monagas de que civiles y militares lo habían abandonado, por lo que el 15 envió una carta a Castro anunciándole su renuncia y la de su yerno y doble primo.

Todo aquello era un ballet de hipopótamos reumáticos.

Un incidente internacional se generó entonces, cuando los representantes de países extranjeros, todos a una, izaron sus banderas en la legación de Francia para obligar al nuevo gobierno a garantizar la seguridad del presidente depuesto y los suyos, y el nuevo gobierno se sometió a la voluntad de unos pocos diplomáticos extranjeros, casi ninguno de alto nivel, y mediante el llamado Protocolo Urrutia (por el liberal Wenceslao Urrutia) se humilló y ofreció las “garantías” que los extranjeros querían para que no se molestara a Monagas. En abierta contradicción, el nuevo gobierno, que había proclamado la “unión de los partidos y olvido de lo pasado”, decretaba que se juzgaría por peculado al presidente depuesto y sus colaboradores, y que al presidente depuesto y sus colaboradores, gracias a la protección de los diplomáticos, no se les tocaría ni con el pétalo de un clavel, con lo cual se molestaron abiertamente muchos de los que habían apoyado el movimiento insurreccional. Seguía el ballet, ahora con música de contrabajos, contrafagotes y un timbal que no llevaba ritmo alguno.

Julián Castro, caudillete de cuarta categoría, era petareño y nació, posiblemente, en 1810. Era de origen muy humilde y sólo recibió una educación muy rudimentaria. Fue el primer gobernante venezolano que no tuvo ninguna forma de participación en la Independencia, ni a favor ni en contra ni como neutral. Fue, en cambio, uno de los secuaces de Carujo en el arresto del doctor José María Vargas. En 1836 asesinó en Cumaná a Francisco Sucre y fue hecho preso, pero apenas un año después consiguió que lo dejaran en libertad. En 1843 legalizó su concubinato con una hija natural de José Laurencio Silva y se reincorporó al ejército, como paecista. Participó en la campaña de Páez contra Ezequiel Zamora en 1846 y fue enviado a Curazao en 1848 para espiar a Antonio Leocadio Guzmán. Luego le dio la espalda a Páez y peleó en su contra en agosto del 49. En 1857 fue designado por Monagas gobernador de Carabobo, y terminó traicionando también a Monagas para convertirse, como vimos, en cabeza visible de aquella insurrección que, sobre una base endeble, se apoderó del gobierno en marzo de 1858. Bien se le puede definir con dos palabras: mediocridad total.

No vale la pena llenarse de bostezos con el (des)gobierno de Julián Castro, uno de los menos felices de la historia del país. Basta con entender que, en el fondo, fue el detonante de la llamada Guerra Federal o Guerra Larga, pero no por sus acciones, sino por su torpeza.

La pretendida fusión entre conservadores y liberales no llegó a durar tres meses, y el 7 de julio de 1858 fueron expulsados del país los caudillos liberales Antonio Leocadio Guzmán, Ezequiel Zamora y Juan Crisóstomo Falcón, que se fueron a Saint Thomas a preparar las acciones militares que llevarían al pobre país de Bolívar al mismísimo infierno.

Hubo unos pretendidos “juicios de responsabilidad civil” con ánimos de condenar a los hombres del régimen depuesto (tal como se haría en 1892 contra los “continuistas”, y en 1945, los de la “revolución de octubre”, contra los “tachiristas” y la gente de Medina y López Contreras), que no terminaron en nada (tal como los otros). Hubo también, en julio del 58, unas “elecciones” con pretendido sufragio universal para una “Convención Constituyente”, en donde fueron elegidos quién sabe cómo, representantes mayoritariamente “oligarcas” o “godos”. Como afirma Arturo Uslar Pietri en su ensayo “Godos, insurgentes y visionarios” (Seix Barral, Biblioteca Breve, Barcelona, España, 1986), la palabra “godo”, que inicialmente calificaba a los partidarios del régimen español y, por lo tanto, contrarios a la Independencia, pasó a ser “una designación del ‘establishment’ de cada momento.” Y casi todos los que entonces creyeron tomar el timón de aquel barco que, casi literalmente, se estaba yendo a pique, eran, sin duda, godos en el sentido que ya se le daba a la palabra.

De nuevo Valencia fue el escenario de una Convención nada favorable al porvenir de los pueblos. La contienda se planteaba en términos de federalismo contra centralismo, aun cuando nadie sabía con propiedad de qué se trataba.

Mientras en el Occidente se armaba la guerra, en el centro se armaba el desorden. Julián Castro renunció a la presidencia alegando estar enfermo (julio del 59) y asumió el poder Manuel Felipe Tovar, un auténtico mantuano de la vieja escuela, civilista, honestísimo y muy bien intencionado, pero que en el fondo de su alma no logró pasar nunca de las ideas de la primera generación independentista, la anterior a Bolívar y Ribas, que veía con malos ojos toda revolución social, aún la más tímida, y hubiese preferido quedarse en la simple seguridad de que podían comerciar con quien quisieran y no recibirían Reales Cédulas ni mandatos obligantes de una lejana capital europea. El mantuanísimo Tovar llamó al gobierno nada menos que a José Antonio Páez, a Carlos Soublette, a Pedro José Rojas (el hombre de confianza de Páez) y a tres liberales connotados, pero entonces, sorpresa, Julián Castro se sintió curado y reasumió el mando, aunque no el poder. Organizó un gabinete exclusivamente liberal, en donde la figura principal era el licenciado Francisco Aranda, abogado y hacendista nacido en Caracas en 1798 y que conoció la acción hacia el final de la Guerra de Independencia, cuando bajo el mando de Bermúdez participó en la toma de Caracas en los días de la batalla de Carabobo. En 1830 acompañó a Antonio José de Sucre en el último intento de convencer a los venezolanos de no separarse de Colombia. Desde entonces hasta 1834 se alejó de la cosa pública. Luego fue diputado y redactor del llamado “Código Aranda”. En los gobiernos de Páez y Soublette (entre 1842 y 1844) fue secretario de Relaciones Exteriores, y con José Tadeo Monagas fue secretario de Interior y Justicia en dos oportunidades. Julián Castro, con Aranda como personaje central de gobierno, trató de llevar adelante una política conciliadora, liberó a los federalistas presos y, en una alocución, declaró que el gobierno se haría federalista, por lo cual fue depuesto y arrestado, enjuiciado por traición (abril a julio de 1860) y declarado culpable. Sin embargo, no cumplió pena alguna, sino que se fue al exilio por once años. Mantuvo el triste “record” de ser el peor presidente de Venezuela hasta 1999, cuando por fin apareció uno peor.

Nadie sabía qué estaba ocurriendo en realidad en el país. Sólo era seguro que el 20 de febrero de 1859 el comandante Tirso Salaverría había proclamado la guerra en nombre de la Federación, en Coro, y que dos días después el general Ezequiel Zamora desembarcó en La Vela. La misma ciudad que inició la guerra contra la primera república y el mismo puerto por donde entró y fracasó Francisco de Miranda. Era como si la historia se mirara en un espejo deformante, que la hacía más pequeña. Casi inexistente.

El público, desconcertado, empezaba a temer que los hipopótamos cayeran aparatosamente sobre la platea.

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Eduardo Casanova


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