Caracas, Jueves, 17 de abril de 2014

Sección: Cultura

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Sobre el alma

Armando Rojas Guardia

Domingo, 15 de julio de 2012







   Foto: talcualdigital.com

Algunos, dentro del marco contemporáneo de nuestra civilización, siguiendo a los místicos nos hemos propuesto a reivindicar la antigua noción de alma. Porque ella, desprendida de todo dualismo y de cualquier tipo de menosprecio o desvalorización de la corporalidad humana y de la materialidad del universo, rescata para nosotros el "adentro" de la subjetividad, ese polo interior irreductible, ese espacio de carnalidad subjetiva que, en medio de las relaciones sociales y de la mayor comunión con nuestros semejantes, no se pierde, ni se enajena, ni se disuelve y que, resultando tan intransferible como nuestro mismo cuerpo, constituye un lugar de nuestra responsabilidad. ¿No viene a ser necesario dentro de un contexto civilizatorio donde sobreabundan tantas solicitaciones del entorno que compulsivamente nos extrovierten, tanta contaminación visual y auditiva que nos distrae, desorienta y divierte ­en el sentido pascaliano­, donde tanto aparataje tecnológico nos pone en el peligro de descentrarnos y alienarnos, no viene a ser necesario, digo, afirmar la necesidad del reconocimiento, el cultivo y disfrute de aquello que he llamado "carnalidad subjetiva" (y que guarda afinidad con lo que en la antigüedad se denominó, y se llama todavía así en la escuela jungiana, psique), de nuestra insondable dimensión interior? Reconocimiento, cultivo y disfrute que requieren, como sus condiciones de posibilidad, silencio, cierto margen de soledad y capacidad de disciplina. 

En nuestra cultura, los místicos han representado siempre el mejor testimonio de la existencia ­y de los gozos y padecimientos que acompañan a su reconocimiento­ de la interioridad humana. Por eso mismo, ellos nos hablan del alma. Si somos lectores modernos ­o posmodernos­ de los místicos podremos desnudar a esa palabra ­alma­ de la cáscara dualista que en muchos casos la reviste dentro de sus textos, cáscara explicable por razones de historia cultural, y quedarnos con la pulpa conceptual y simbólica de lo que desean transmitir, a saber: que existe un fondo último del sujeto, una enorme densidad interna en el ser humano, tan dotados de insólita y abismal dignidad que su centro está habitado por la divinidad misma. Teresa lo dice explícitamente en uno de los capítulos dedicados a las cuartas moradas: "(...) hay un mundo interior acá adentro" y "(...) veo secretos en nosotros mismos que me traen espantada muchas veces". No sobra afirmar que esa dignidad de nuestra alma, así entendida, es rigurosamente simultánea de la dignidad de nuestro cuerpo: nuestra gigantesca densidad interior no sería posible sin el altísimo grado de formalización biológica que nos constituye como humanos.

Pero quiero decirte algo más sobre la relación del alma con la experiencia mística y la oración y la meditación. Para Rafael López Pedraza, el alma es también "el registro interno y emocional del acontecer vivido". Durante años, los primeros minutos que ocupaban mi media hora diaria de oración consistían en procesar y calibrar emocionalmente los diversos acontecimientos de la jornada (mi oración ha sido y es preferiblemente nocturna): los encuentros interpersonales, los libros leídos, las piezas de música escuchadas, la película vista, los paisajes naturales o urbanos contemplados, las páginas escritas, la sinfonía de detalles sensoriales que nutrió la vida de mis sentidos, los dolores padecidos y las alegrías experimentadas...

 Yo me dedicaba a sopesar las resonancias afectivas que me había dejado espiritual, psíquica y corporalmente todo ello, aplicando la memoria, la imaginación y el balance de la inteligencia. Hablo en copretérito ­"consistía", "me dedicaba"­ porque ya mi meditación se ha propulsados hacia 

otros horizontes y se nutre de métodos diferentes. Ese calibramiento afectivo del día era quizá un eco de lo aprendido en la escuela espiritual ignaciana: el "examen de conciencia" que a mediodía y por la noche jalonaba mi jornada como novicio jesuita. Pero se trataba ahora de un examen no restrictivo ni punitivo, ni siquiera verticalmente moralizante, sino ante todo emocional, una manera de asir el hilo afectivo y sensitivo que teje mi historia personal, de traer a la conciencia el argumento cotidiano de la narratividad psíquica que me permea por dentro y la sombra arrojada por ésta sobre mi existencia volitiva, pero también intelectiva y aun física.

Creo que éste puede ser un método apropiado de meditación y, si se lo realiza en la presencia de Dios, igualmente de oración.

Un método accesible, en su manifestación más laica, incluso al no-creyente. Si el alma es, entre otras cosas, "registro interno y emocional del acontecer vivido", se trataría de un modo específico de contribuir a la tarea que el mismo López Pedraza, siguiendo a James Hillman, llama "hacer alma". Lo afirma muy bien este gran teórico y terapeuta jungiano, Hillman: se "hace alma" cuando somos capaces "de apreciar la inteligibilidad inherente a los modelos cualitativos de los sucesos"; y también: "en el momento en que cada cosa, cada suceso, se presenta de nuevo como una realidad psíquica (...) entonces estoy atrapado en una duradera e íntima conversación con la materia".

El desafío permanente inscrito en esta órbita existencial consiste en no des-almarse, no ser un des-almado. Cada vez que renunciamos a la soledad y el silencio para no estar-con-nosotros-mismos y desatendemos el desenvolvimiento de nuestra interioridad, automáticamente nos des-almamos.

La segunda gran lección que se desprende de la obra y, globalmente, de la experiencia de los místicos, radica en el carácter fruitivo de esa misma experiencia.

Cada vez que se presenta en un ser humano, el fenómeno místico lo hace como una forma superior de placer, como una inopinada alegría, como la irrupción de un momento inolvidable de felicidad. A este respecto, se ha podido hablar de los textos de Santa Teresa, como de una verdadera "taxonomía del goce": lo que decide el paso de una morada a otra, de un estadio existencial a otro en la vida de oración, es la calidad particular del goce que experimenta el sujeto en cada uno de esos estadios o moradas; le corresponde a él discernir, a través del examen inteligente del goce que está experimentando, en cuál etapa del trayecto místico se encuentra. Lo que me interesa señalarte es que si el fenómeno místico viene a constituir uno de los más densos y plenos instantes de encuentro personal con el Dios vivo, y forma parte esencial de su naturaleza manifestarse siempre de manera fruitiva, como un gozo a menudo inenarrable, podemos deducir de ello que los seres humanos hemos sido creados para el júbilo, que la alegría es ontológicamente anterior al dolor, y superior a él, que el universo es en última instancia danza y juego a los que hemos sido convocados, que el gozo es la consonancia, la armonía entre el ritmo interno y el externo, entre el ritmo de abajo y el de arriba, entre el ritmo de la criatura y el de Dios. Recuerda al Nietzsche de Así hablaba Zaratustra: "La alegría es más profunda que la pena.

/ El dolor dice: ¡pasa y acaba! / Pero toda alegría quiere eternidad, / ¡quiere la profunda eternidad!" Solo añadiría que, de acuerdo con Spinoza, toda alegría supone y brota de una intensificación de nuestro contacto con la realidad (la tristeza desvanece ese contacto, en ese sentido nos des-realiza). El gozo del místico significa todo lo contrario de una ensoñación o de una alucinación: remite a una intensa relación con el corazón de lo real. Si constituye una apertura espiritual, psíquica y corpórea a la gran coreografía cósmica de la que formamos parte, ese gozo también enviscera la realidad misma del mundo.

(Del libro inédito La cena que recrea y enamora)

fuente:talcualdigital.com

 


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