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El gallo Carlos Maldonado-Bourgoin Lunes, 29 de junio de 2009
Muchos, muchísimos se recostaron en la figura mediática del Rafa, y se sirvieron de su inmerecida fama y del dinero fácil de su entorno, eran tiempos de faramalla y de palos encebaos. Había tenido centrimetraje en la prensa escrita y minutaje en los medios calientes de comunicación, despertando la avidez de oportunistas y “nalgas prontas”, de los que abundan y se reproducen como acures. En todo este circo, ser rafista era estar “en la pomada”, sin discurrir en consideraciones, valores y principios; era estar en una carpa donde cohabitan la desconfianza mutua, la complicidad, la desfachatez en tormentosa alquimia de la mano con una gregaria, ruidosa y escandalosa gozadera, entendida así como justicia social.
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Pero no adelantemos nada y vayamos al pasado, a los orígenes mismos del ser que es objeto de este relato breve, que por breve no deja de tener un cierto encantamiento y alguna sustancia. Desde niño “el muchacho” se fue haciendo un mundo de héroes a los que imitó, mas fue incapaz de emular. Quería parecerse a Vicente Paúl Rondón, recordarán a aquel rudo y torpe tirador de puños, todas sus peleas las terminaba: −¡Que me traigan a Foster! −. Ayuno de los pormenores y vericuetos intrincados de las cosas de la vida, estaba en contra de cuanto oliera o pareciera yanqui, practicando el deporte favorito de tantos incautos sin fronteras. Con ese músculo tan ejercitado en la culpa del otro −llamémoslo imperio−, el Rafa comenzó a hacer sus calentamientos, sus boxeos de espejo y de sombra, sus bicicletas y saltos de cuerda, que dieron como resultado aquellos espectaculares juegos de pies con huidas hacia adelante y de avances salto atrás. El Rafa no podía estarse quieto, mucho menos en silencio, lo mandaron a callar más de una vez. Tenía un parecido circunstancial con “Ramonet”, el creador de la Feria de Charlatanes de San Antón en Orihuela, Alicante (España), si hubiera estado allí “el muchacho” habría vuelto premiado. No se andaba por atajos, desconocía la regla de oro de todo buen discurso o conversación, el principio de las cuatro “ces”, el de corto, concreto, claro y conciso. Muchos dicen y repiten que el Rafa es un “gran comunicador”, confundiendo cantidad con calidad de palabras. Su exhibicionismo y narcisismo traspasó los umbrales de la ficción misma, en el Rafa se fundían y confundían José Arcadio Buendía de la saga macondiana y Juan de Dios Piñango del cuento “Alias el rey” de Guillermo Meneses. Buscaba por doquier reconocimiento y legitimación. Además, tenía una total ignorancia del prójimo, cuando no ganaba, empataba o le habían hecho trampa. Dice un dicho popular, que como gato y holandés ingrato y malagradecido es. La ingratitud es propia de alguien al borde del caos emocional. El Rafa a todos los Rafitos Cedeños y Don Kings que lo descubrieron, a todos los zares del boxeo que lo promocionaron y lanzaron al estrellato, absolutamente a todos mal pagó y retribuyó. Es ley de evolución. Como la nuestra es una ficción breve, lo hacemos a granel sin poder detallar los papeles que él representó hasta que le vino la desproporcionada y absurda fama que una fotografía y una bravuconada le facilitaron un día. Los cierto que el camaleón cambia de color según las circunstancias –decir su nombre– es hablar de ambigüedad. A un coro de augures, de psíquicos y de videntes tocará descifrar las claves de tan extraña criatura para así comprender lo que nos ocupa y compete. Rafa desconcierta cual genuino “león de tierra”, en África hay cientos de especies de ellos. Con el eco del sonar de tambores y el silbido de flechas, “el muchacho” se recrea en el ayer, en el hoy y en el mañana, de vuelta a lo arcaico, lo simple y lo básico. Más fastidioso que aquel zagaletón del cuento, que por el vecindario vendía su gallo en alcobas, confesionarios y sitios más insólitos, mucho más reiterativo que predicador en plaza de pueblo, el Rafa se fue haciendo una boca y un carey de enfermiza fascinación, pues desconocía el efecto demoledor de la palabra ¡no! –Señor, cómpreme este gallo, que este gallo está barato y mire que es fino. Señora o señor, adolescente, niña o niño, el gallo es bueno, no lo engaño y me lo va a agradecer. Cómprenmelo en promoción única... Así el Rafa continuó en su empeño de ofrecer y de atolondrar a sus acólitos con panaceas que siempre la historia concluirá tildándolas de fiasco. Con artes de ilusionista en el exterior e interior del orbe. Obstinadamente, vendía su aldea comunal del siglo XXI como el muchacho del gallo de marras. Transmitimos en vivo y en directo. ¡Uno, dos, tres, cuatro…! el Rafa el campeón de los pesos ligeros y del prestigio apresurado está en la lona. Intenta el no count, pero el mentón de paja y los pocos arrestos lo han delatado. Cronos le acaba de propinar tremendo uppercut al mito, tremendo derechazo al más recursivo y astuto boxeador. Yace sobre la destartalada lona y escucha la cuenta regresiva, parece que sólo alcanza a ver las borroneadas manos, la camisa blanca y el corbatín del árbitro. No logra despojarse del protector bucal, pende un cable somnífero del belfo, está aturdido, mareado y encandilado por las luces del ring. Nadie tira la toalla por él y la campana no puede salvarlo, ya no habrá rolos de hielo entre las verijas que lo revivan entre round y round. Fue un gran bocazas que sembró la más estéril pugna en desperdicio de la energía creadora de todos. Él sólo se quería a sí mismo y, lo peor, creyéndose el maruto del mundo porque era: show, empresa, dueño de los servicios y los medios; era amo y señor hasta de los mingitorios del Cesar Palace. En tanto delirio, “el muchacho” no tuvo tiempo de enterarse de que los suyos se habían canibaleado todo, incluidos el cuadrilátero, la lona y las provocativas cheerleaders. Del Rafa nos queda sólo un cansancio desolador y un fastidio que más pronto que tarde accionará el músculo de nuestro olvido. La arqueología documental y los periódicos de ayer comienzan ya a catalogarlo como el Excreminator. Muchos, muchísimos se recostaron en su figura mediática y muchos más lo arrinconan contra las cuerdas de la memoria no deseada. blog comments powered by Disqus |
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