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La Esgrima de Edmundo Font Gracias a la vida de Mercedes Sosa Edmundo Font Jueves, 8 de octubre de 2009 “Volveré en la primavera, y era lo que yo quería, llevo tierra, nueva, de aquí. Quiero ver los pajarillos por los muelles de Lisboa, vuela, vuela, que llego ya. ¡Ah! si alguien lleva el rumbo de ese buque incandescente que la vida me ilumina y era viajante lenta, tan hambrienta de alegría, hoy es puerto de alegría. Ah! Vira, Viró, mi corazón navegador. Ah! Vira Viró, mi carabela… Kleiton Ramil - Edmundo Font”
Mercedes Sosa se paró a bailar su propia música, a la manera de una cueca argentina, con un pañuelo en la mano y enfundada en el mítico poncho que la caracterizaba. Solo estaban ella, Alberto Cortez y mi familia. Los habíamos invitado a cenar en la casa, después de un espectáculo de ambos artistas en Bogotá en 1991, celebrado en un inmenso y ya para entonces anacrónico cine, repleto de fanáticos de esas dos figuras emblemáticas del canto latinoamericano; a los dos grandes artistas les había ofrecido organizar una reunión mayor, con amigos de la farándula y escritores colombianos, pero optaron por una convivencia en petit comité, y lo que son las cosas, en otro contexto tan reducido había conocido yo a la portentosa cantante argentina, dos décadas atrás, en la casa de unos de mis ángeles de la guarda, si se le puede llamar así a las amistades que le prodigan a uno su generosidad y sin proponérselo, nos cambian la vida. Otro día pergeñaré detalles, ahora basta con decir que Teresa Weisser y Rodolfo Rojas Zea, ambos periodistas agudos y brillantes, me abrieron más que las puertas de su casa, para asistir a una reunión regada por cubas libres, con Mercedes Sosa y muy contadas personas, entre las que se encontraban algunos miembros de los “Folcloristas” y una prometedora joven, delgada y de talante muy dulce, llamada Amparo Ochoa. No olvidemos que estábamos al inicio de los 70 y que nuestra cantante solo había grabado dos o tres discos, por lo que Mercedes se convirtio en una suerte de madrina generosa después de haberle pedido cantar a esa bella mujer oriunda de Sinaloa y haberse quedado fascinada con ella. El pequeño departamento de mis amigos periodistas estaba decorado con enormes telas “matéricas” de un alumno aventajado de Siqueiros; quedaba en los fondos de un bello edificio “Liberty” que ya no existe, en el Paseo de la Reforma, frente a un Excélsior todavía bajo la batuta de don Julio Scherer. Allí, en “Diorama de la Cultura” trabajaba Rodolfo, de quien se afirmaba que había sido herido, en salva sea la parte, al igual que Ornella Fallaci. Ambos se habían tirado al piso del edificio frontal a la plaza de las “Tres Culturas”, durante nuestra trágica “Noche Triste” de Tlatelolco. Pero esa otra noche, la memorable, en que escuché religiosamente cantar A Capella a Mercedes Sosa, allá por 1972, sentado como todos en el suelo, no podría haber imaginado que la vida me llevaría a compartir con ella un fragmento simbólico de su alta labor creativa. Se que abuso mezclando los tiempos, pero la realidad no es lineal en la memoria y no deja de ser seductor el salto que nos permite vernos en escenarios tan distantes, gracias a la magia de las palabras. Estoy hablando solamente de dos ocasiones significativas, las únicas en que tuve el privilegio de estar cerca de la gran cantante argentina. La primera, como un adolescente que guardaba reverencia a uno de los talentos más destacados de la música popular de América Latina y la otra, celebrando una labor conjunta, las versiones mías de canciones que ella cantaba. El hecho es que Kleiton y Kledir, los célebres cantantes gauchos de Río Grande del Sur intervinieron en un disco emblemático de Mercedes Sosa, que marcó en Argentina, si no me equivoco, su regreso del exilio. “Será Posible el Sur” incluye dos composiciones de más de una docena de canciones de los exitosos hermanos brasileños que adapté al español durante mis años de Río de Janeiro. Ambas melodías, “Siembra” y “Vira Viró” se apartan del repertorio tradicional de Mercedes Sosa y representan una muestra de la curiosidad que la cantante siempre tuvo por los nuevos valores musicales y de su generosa actitud al incorporarlos en su propio trabajo. Así que ese salto en el tiempo, del azoro de encontrarme en una noche bohemia de los años setenta, a la celebración de nuestra “colaboración” distante en la residencia de nuestra embajada en Bogotá, cobra en estos momentos de su triste partida definitiva un significado precioso. Hace varios días que la escucho sin parar. Desde que supe del agravamiento de su estado de salud sintonicé en mi I Pod su discografía y me mantuve al tanto de su evolución, con los auriculares pegados al oído, el mejor homenaje posible a una artista de ese calibre y alcance. Ahora asisto a la noticia de su muerte compartiendo el pesar de cientos de miles de personas para quienes significó tanto su voz prodigiosa, su enorme sensibilidad, y su férreo valor civil en épocas aciagas de nuestro continente. “SIEMBRA/ Tenemos que seguir compañero, miedo no hay; por el camino cierto, unidos para crecer y andar. Vamos a repartir, compañero, el campo y el mar, el pan, la vida, mi brazo, mi pecho hecho para amar Refrán: Americana Patria morena quiero tener, guitarra y canto libre en tu amanecer. En la Pampa, mi poncho a volar, estrella de viento y luna, viento y luna. Y vamos a sembrar compañero, con la verdad, mañanas, frutos y sueños y un día acabar con esa oscuridad. Vamos a preparar, compañero, sin ilusión, un nuevo tiempo de paz y abundancia en el corazón. Mi guitarra, compañero, habla el idioma de las aguas, de las piedras, de las cárceles, del miedo del fuego y de la sal. Mi guitarra lleva el demonio de la ternura y de la tempestad, es como un caballo que rasga el vientre de la noche, besa al relámpago y desafía a los señores de la vida y de la muerte. Mi guitarra es mi tierra compañero, es el arado que siembra la oscuridad. Mi guitarra es mi pueblo compañero. Vitor Ramil – Fogaza – Edmundo Font.”
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