1829 fue el último año de la existencia de Colombia, el país inventado por Miranda y convertido en realidad por Bolívar en 1819. Apenas diez a?os pudo vivir aquella otra ni?a que, por su belleza, por su riqueza potencial, podría haberse convertido en una mujer maravillosa.
1829 fue un a?o funesto para los pueblos de Colombia, y en especial para el venezolano. Los laureles que recogían algunos militares en el guerra con el Perú y el lujo con que volvían de aquel país, excitaba los celos y la animosidad de los veteranos que se habían quedado en Colombia y a quienes aún no se habían pagado sus servicios, pero que eran sobrado pretenciosos en sus exigencias. Así describe Páez en su Autobiografía un aspecto muy importante de la situación que atravesaba Venezuela, que al fin y al cabo era el país que más se había sacrificado por la Independencia de los pueblos de la antigua América espa?ola.
Y el 7 de febrero de 1829, Páez dio a conocer un manifiesto dirigido a los venezolanos en los siguientes términos: Antes que la Convención, reunida en Oca?a se declarase a sí misma incapaz de hacer el bien y la felicidad de la república, ya el voto general y uniforme de todos los pueblos había llamado al Libertador Presidente para organizar la nación y conducirla al goce de las esperanzas que hasta entonces habían sido ficticias. El decreto orgánico de 27 de agosto del a?o próximo pasado, fue el primer paso que dio el Libertador para asegurar las garantías públicas, poniéndolas a cubierto del omnímodo poder que se depositaba en sus manos. Acogieron los pueblos este acto constitutivo con júbilo y admiración, mucho más al ver que el propio decreto anunciaba la convocación de la representación nacional para el a?o de 1830. Meditando el Libertador otras medidas de no menor importancia para arreglar todos los ramos de la administración pública, los buenos colombianos y los elementos del bien parecerían reunirse para llevar a cabo la grande obra de nuestra regeneración política.
En momentos tan críticos, el más horrible y escandaloso atentado de cuantos puede hacer mención la historia de los siglos, puso la república al borde de su ruina: un pu?ado de alevosos iba a anular para siempre los sacrificios sin límites que el heroico pueblo de Colombia ha hecho para obtener su Independencia, manchando su nombre con el crimen más horrendo y su memoria con la execración de la libertad. La Providencia salvó los preciosos días del Libertador, arrancándole de las impías manos que intentaron dar muerte a la patria la noche del 25 de septiembre del a?o anterior. Desde luego que se conoció que esta insurrección, fraguada en Oca?a, había extendido su mortífero veneno a otros puntos del territorio, y que la vigilancia de los jefes sofocaría sus estragos y disiparía el contagio.
(…)
Desde que en 1826 nueve departamentos de la república levantaron a ejemplo de Venezuela el grito de las reformas contra el abusivo poder del vicepresidente de ella: desde que todos los afectos a la administración de Santander vieron que los pueblos no querían ser por más tiempo la víctima de su insaciable avaricia, se levantó alrededor del dosel del vicepresidente el ronco susurro de la desaprobación y de la venganza, que reventó por fin con gran estrépito, declarando rebeldes y fuera de la ley a los que pedían las reformas. Se intentó ganar a los pueblos y al ejército bajo la brillante y seductora apariencia de defender las leyes y la constitución de Cúcuta: Santander se tituló atleta de los principios y el amigo del pueblo: se pusieron en juego todos los resortes de la seducción y de la perfidia para provocar la guerra civil: se olvidaron las heroicas haza?as de los ilustres libertadores de Venezuela, y se les proscribió como una horda de bandidos: se levantaron tropas para emprender una lid antisocial y fratricida: se premió con descaro a los más calificados traidores; pero sobre todo cuando los nueve departamentos disidentes de la administración de Bogotá clamaban por el Libertador como el árbitro supremo de sus diferencias políticas, se quiso hacer creer por diferentes medios que ellos detestaban al general Bolívar y que la revolución se dirigía a desconocer su suprema libertad.
Afortunadamente desde la capital del Perú voló el Padre de la patria a salvar a la república, su primogénita, de la completa anarquía a que se intentaba precipitarla. El apareció en Colombia como el sol radiante que disipa las nubes tormentosas: fue el iris de paz que se dejó ver en nuestro horizonte, y que inspiraba a los colombianos seguridad y consuelo. Su decreto de 1? de enero de 1827 en Puerto Cabello hizo conocer al mundo que una sola expresión del Héroe de la América era más poderosa que los ejércitos de Jerjes y Napoleón. Este acto sublime del genio privilegiado del Libertador ha ratificado el augusto dogma político, que a la filosofía y al saber rendirán perenne homenaje aun las pasiones más furiosas, por exaltadas que aparezcan. Etcétera, etcétera, etcétera. No hay duda: la suerte estaba echada. Y la muerte de Colombia, decretada.
Páez, en su Autobiografía, llega a enredarse en explicaciones que no explican nada. Habla de su candidez, de su creencia en la buena fe frente a lo que califica de maquiavelismo. De lo que tendría que enfrentar si Bolívar dejaba Colombia y otras cosas que no parecen nada claras.
Hasta que narra, en la página 503, que el 26 de noviembre se reunió en Caracas “una junta de lo más granado en el convento de San Francisco,” otra vez los famosos y perniciosos “notables,” que decidieron separarse de Bogotá y desconocer la autoridad de Bolívar, que en agosto había pedido a los pueblos que se manifestaran acerca de qué forma de gobierno preferían. ?Era esa en realidad la respuesta de los pueblos? En verdad nadie los consultó. La asamblea de “notables” de San Francisco no representaba sino la opinión de un grupo que obedecía a Páez. Se había planteado de nuevo la dicotomía centralismo versus federalismo. Curiosamente, vemos que en Venezuela se impondría la idea del federalismo, apoyado, por ejemplo, por Martín Tovar. Y que unos a?os después esos que se habían dicho federalistas serían los acérrimos defensores del centralismo, contra el federalismo. Bochinche, bochinche, esta gente no sabe hacer sino bochinche.
Augusto Mijares, en su biografía del Libertador, cita una carta de “instrucciones” que repartieron Páez y los suyos para lograr que “los pueblos” se decidieran a desconocer a Bolívar y a desguazar a Colombia, la Colombia de Miranda y de Bolívar: no hay tiempo ?decían las “instrucciones”? ni para rascarnos la cabeza, trabajando en esta Secretaría día y noche y hasta la madrugada para despachar la correspondencia y los comi?sionados que van a Oriente, a Apure, al Occidente, Maracaibo y al quinto infierno; y todos, quiere el general (Páez) y quiere don Carlos (Soublette) que lleven instrucciones detalladas para obrar cortando todo nudo que encuentren; y han de llevar escritos de aquí los pronunciamientos que deben hacer las Municipalidades, las juntas de caserío y todo Dios; porque conviene que vengan todas, todas, todas las actas, sin quedar un rincón que no pida tres cosas, a saber: nada de unión con los reinosos; Jefe de Venezuela, el general; y abajo don Simón. Todo el mundo debe pedir esto, o es un enemigo; y entonces… Esa amenaza del “y entonces” con puntos suspensivos no necesita explicación. Poco han cambiado las cosas (y las Cosiatas) desde aquellos negros días.
En la reunión de “notables” de San Francisco se había actuado abiertamente contra Bolívar, a quien se acusaba de todo lo que se podía acusársele. Aparentemente, Venezuela había dado un giro de ciento ochenta grados y detestaba al Libertador que apenas a?o y medio antes había recibido los más cálidos homenajes. Páez, desde Valencia, incitaba a todos contra Bolívar, pero prohibía que se insultara a Bolívar. Si de alguien podía decirse que era maquiavélico, pues, era del jefe llanero, del heredero de Boves, del que siempre había so?ado con lograr lo que logró en enero de 1830, cuando finalmente se repudió a Bolívar y se le entregó a Páez el poder absoluto en una nueva república que se llamaba Venezuela.
Bolívar aún se hacía ilusiones cuando se reunió el Congreso Admirable en Cúcuta en enero de 1830. Antonio José de Sucre, a quien consideraba su sucesor, su heredero, fue designado Presidente del Congreso, que apenas actuó, pues cuando empezaba sus sesiones se supo que Páez había convocado otro Congreso, estrictamente venezolano, y que la secesión de Venezuela era un hecho.
Los congresantes de Cúcuta decidieron enviar a Venezuela una comisión formada por Sucre, el Obispo de Santa Marta, llamado José María Esteves, y Francisco Aranda, para que “en misión de paz” informaran a Venezuela que Colombia tendría una nueva Constitución republicana y democrática, e implicaba una amnistía plena, para lograr que no se disolviera Colombia. Pero no pudieron pasar de Táriba, en donde fueron detenidos por orden de Páez. Desde allí, el 14 de marzo de 1830, Sucre le hizo saber a Bolívar que Páez temía la presencia de los comisionados en Valencia, especialmente la de Sucre, porque temía que le darían votos. Poco después (22/3/1830) informaba al Libertador que Páez había enviado a tres comisionados, Santiago Mari?o, Martín Tovar y Ponte, y Andrés Narvarte. Un enemigo jurado de Bolívar, un enemigo del centralismo que propugnaba Bolívar y un incondicional de Páez que entre 1833 y 1837 será Vicepresidente de Ve?nezuela, y en 1835 y 1842 Presidente interino, en sustitución de Páez. Como era inevitable, las conversaciones no llegaron a nada. Sucre le informó a Bolívar que Bermúdez había hecho pública una proclama muy dura contra él, aunque no hablaba de separación. Y en realidad Bermúdez se había manifestado en favor de una Federación.
Una Federación que, en aquellas circunstancias, era imposible. Por todos lados brotaban los celos y la antipatía mutua entre venezolanos y granadinos. Todos rechazaban a Bolívar, y en Venezuela se llegó a pedir que, si pisaba tierra venezolana, se le pasara por las armas sin juicio previo. Había demasiadas pasiones, demasiado bochinche.
En Berruecos, en junio, asesinaron a Sucre. En San Pedro Alejandrino, en diciembre, murió, moralmente asesinado, Bolívar. Mientras Páez se solazaba en el poder, bailando con su querida y dejándose adular por un mundo de cortesanos en Valencia, Nueva Valencia del Rey.
Se apagaban las llamas que habían consumido al Paraíso. Se abría, aparentemente, un camino de esperanzas, que a la larga resultó desperdiciado.