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“La Esgrima” de Edmundo Font
Me rehuso ver a Benedetti muerto
Edmundo Font

Viernes, 22 de mayo de 2009

“Yo no sé nada de literatura, / ni de vocales átonas o tónicas, / ni de ritmos, / medidas o cesura/ ni de escuelas...” Amado Nervo

Fui a un entierro por primera vez, siendo niño aún, de la mano de mi madre; quería que no sufriera después, me dijo, el choque de la muerte ajena, la gravedad del momento, el drama y la tristeza familiar. Era un dicho contradictorio, pero ahora entiendo que quería afirmar la necesidad de que me fuera habituando a los afligidos rituales fúnebres. También me habló de su negativa a escudriñar la cara del cadáver, a través de la ventanita del cajón. Habló de la importancia de preservar la imagen en vida. Concuerdo con ella y desde entonces procuro guardar esa opinión como precepto, con excepción hecha al rostro de mi padre, fallecido en un accidente, a quien solo supe realmente desaparecido hasta que me detuve en sus facciones, ya dentro del féretro. En ese instante experimenté una extraña sensación. Era como si mi padre hubiera efectuado un “salto”, desentendiéndose de mi afecto y se proyectara, desdoblándose, hacia el infinito. Sentí que ese despojo ya no era él y otro sentimiento doloroso, su cuerpo accidentado ya no tenía remedio. Nunca me perdonaré no haber seguido las vagas instrucciones con que solía jugar cuando se refería a su fin. Quería convertirse en cenizas. La única justificación que encuentro para no haber seguido las indicaciones fue la “presión social”, por motivos religiosos, (“…con la iglesia hemos topado, sancho”) y algunas razones “prácticas”. En aquellos tiempos no se habían instalado en nuestra ciudad los modernos hornos crematorios de hoy y el proceso era penoso, por la tardanza.

Puntualizo todo esto y revivo el dolor de entonces (parece que fue ayer lo acontecido hace 22 años), por haberme despertado con una imagen atroz en el noticiero de televisión: la cabeza yaciente de un poeta muy querido en América Latina, envuelto su cuerpo en una ridícula mortaja blanca con puntos de cruz, expuesto al “público” que aparentemente le rendía homenaje nacional en su país natal, el Uruguay. Hablo de don Mario Benedetti, emparentado con nuestro maravilloso Jaime Sabines en el arte de expresar, de manera directa, la complejidad del discurso poético. Fue además un novelista que nos abrió los ojos a millones de jóvenes en edad iniciática amorosa. Leí con avidez tres libros que considero fundamentales en mi formación sentimental. “La Tregua”, “El cumpleaños de Juan Ángel” y “Gracias por el Fuego”. De la primera novela se hizo una película a la que asistí en San Salvador, acompañado por mi jefe de entonces, uno de los grandes embajadores mexicanos, don Antonio de Icaza. A la salida me dijo, en un tono no ausente de sarcasmo:salí deprimido.Es cierto que la película era también una lección de la suprema dificultad generacional y trataba el tema de la afirmación de un hijo frente a su padre, pero no era para tanto. El embajador abundó: ¿notó usted de qué se conformaba la maleta del muchacho, qué iba metiendo en ella antes de partir? Entre su ropa guardó varios libros, le dije-. Por eso me siento más triste; en el sur del continente los jóvenes leen más que en México; la escena aquí sería impensable y eso me duele, me lastima.

El embajador De Icaza tenía razón. La lectura no se nos da en la justa proporción de nuestro sustrato cultural y menos la poesía, que incluso desprecian aquellos que se ven atraídos por la prosa y eso que tenemos una pléyade de autores de calidad universal que atraviesan varios siglos, entre ellos un precursor, en cierto sentido, del tratamiento de los sentimientos amorosos, en la obra del propio Benedetti y de Sabines, el portentoso vate nayarita Amado Nervo, que por coincidencia también moriría en Montevideo (Siendo Enviado Extraordinario y Ministro Plenipotenciario en Argentina, Uruguay y Paraguay) y quien fue objeto de un “paseíllo” fúnebre excepcional. Se le trasladó en un ataúd-mausoleo de mármol en el buque de guerra “Uruguay”, insignia de la flota que lo conduciría custodiado por cadetes de la Escuela Naval hasta Veracruz. Además, se le rindió homenaje de cuerpo presente en cada capital de los países que tocaba la flota oficial que lo acompañaba desde el Cono Sur hasta su destino final, en la “Rotonda de los Hombres Ilustres”, en el Panteón Civil Dolores. Ya la muerte de Mario Benedetti ha tenido también una enorme repercusión en Hispanoamérica, lo que es justo y necesario; lo que considero un despropósito es la exposición pública de sus restos, colocado fuera de un féretro, sin el menor pudor y con circunspectos curiosos con cara de ¿Qué?, sin pena ni gloria. Nadie puede pensar por otra persona, pero intuyo que un poeta como él, contrario a toda solemnidad y de sano sustrato anarquista, estaría en contra de semejante exhibicionismo. Yo deseo recordarlo a través del primer poema que leí de él y que aprendí de memoria para recitarlo a mis incautas pretensas. Está incluido en la novela “Gracias por el fuego” que debería conocer todo adolescente para reafirmar que la

CORAZON CORAZA

Porque te tengo y no
porque te pienso
porque la noche está de ojos abiertos
porque la noche pasa y digo amor
porque has venido a recoger tu imagen
y eres mejor que todas tus imágenes
porque eres linda desde el pie hasta el alma
porque eres buena desde el alma a mí
porque te escondes dulce en el orgullo
pequeña y dulce
corazón coraza

porque eres mía
porque no eres mía
porque te miro y muero
y peor que muero
si no te miro amor
si no te miro

porque tú siempre existes dondequiera
pero existes mejor donde te quiero
porque tu boca es sangre
y tienes frío
tengo que amarte amor
tengo que amarte
aunque esta herida duela como dos
aunque te busque y no te encuentre
y aunque
la noche pase y yo te tenga
y no.

POEMA DE MARIO BENEDETTI INCLUIDO EN SU NOVELA “GRACIAS POR EL FUEGO”sensualidad nunca es pecaminosa y que la confusión entre erotismo y pornografía es un crimen de leso prejuicio que nadie, en su sano propósito amoroso, debería cometer.

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