Caracas, Jueves, 24 de abril de 2014

Sección: Cultura

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LOS PUNTOS CARDINALES DE LA ENTREVISTA LITERARIA

Cecilia García Huidobro.

Martes, 5 de julio de 2005

Cuando empecé mis estudios literarios, en Chile imperaba una dictadura… pero no creo que sea la misma dictadura en la que el lector probablemente está pensando. Me refiero a la dictadura del estructuralismo que era practicado por nuestros profesores como EL METODO, el patrón único para aproximarse a la literatura: métale significante y significado y nada de distraerse por el camino. Distraerse por el camino era por cierto ocuparse da la vida de los escritores, sus historias, sueños o frustraciones… Había que leer su obra y no apartarse un centímetro de ella.

Y si bien esta consigna no era algo impuesto por la fuerza ni nadie sufría persecución o iba a parar a la cárcel por causa de esta dictadura, tales prácticas eran algo despreciado y despreciable, políticamente incorrectas se diría hoy. Quizás por eso mismo, debo confesar que desde entonces han ejercido sobre mí una completa fascinación las vidas de los escritores, conocer los detalles y circunstancias en que una obra fue creada o trabajada, cuales son las influencias y lecturas frecuentes o conocer como percibe los problemas de su tiempo. Como bien decía Foucault, siempre interesa al hombre que está detrás de una obra. Desde entonces, porfiadamente disfruto de las entrevistas que se les hacen a los autores y aplaudo los libros destinados a recoger voces de creadores y de intelectuales que –como dije- alguna vez leía como un pecado (poco menos que encerrada en el cuarto de baño) y que ahora ocupan un lugar principal de mi biblioteca.

Por todo ello, me siento más que honrada de participar hoy en la presentación de Diálogos Transatlánticos de María Ramírez Ribes.

Cuenta una anécdota que el excéntrico siquiatra inglés R. D. Laing –padre de lo que se ha dado en llamar antisiquiatría- en una ocasión no le permitió al periodista que lo entrevistaba usar grabadora diciéndole: “No deseo hacer una declaración pública, hablar a todo el mundo en todo momento. El mensaje que debo trasmitir es de persona a persona. Prefiero hablar a usted, de la misma forma que cuando usted escriba algo lo hará sobre su experiencia acerca de mí”.

En ello radica sin más, la complejidad y el atractivo de este género periodístico que cuenta ya con un siglo y medio de vida y que nació para transformarse en algo así como uno de las piedras angulares (y cuando es mal utilizado en pecado capital) de las comunicaciones.

Pues bien, el excelente libro de María Ramírez Ribes lo primero que pone de manifiesto es justamente eso: la lectura de las 31 entrevistas que aquí se incluyen subraya no sólo el hecho de que la entrevista es un género ágil y vivo que soporta múltiples esquemas y formas, sino que también pone de relieve el que si hemos podido comunicarnos con ellos ha sido gracias a que María ha recreado vividamente SU experiencia acerca de ellos, tal como pedía Laing.

Pero no nos engañemos. Esto es algo que se olvida pronto al avanzar la lectura. Porque la gran trampa de la entrevista es permitir que se despliegue el simulacro. A poco andar una buena entrevista como las que María ha reunido en este libro, terminan par hacer creer al lector que tiene el privilegio de asistir a ese encuentro, compartir ese diálogo.

Un sortilegio que hace olvidar que dicho encuentro es también un constructo de las palabras y de la estructura trabajada desde de un texto.

Ya lo decía Roland Barthes, la trascripción hace perder la inocencia del diálogo, es como un ‘aseo del muerto’, lo encapsula todo en parlamentos que sólo tienen una gestualidad teatral. Para colmo, después vendrá, si viene, el editting de parte de intermediarios varios y responsables últimos de la publicación.

Sin embargo, las entrevistas de este libro conservan la magia del encuentro contra viento o marea y llegamos a pensar quelas preguntas las hemos hecho nosotros mismos.

De allí que finalmente el acto de preguntar sea lo constituyente de un texto de este tipo. La famosa actriz Sarah Bernardt se quejaba, como muchos por lo demás los hacen que “Todo el que me entrevista me hace la misma pregunta. “Repito una y otra vez lo mismo”.

La cuestión estriba en no hay tantas preguntas, de hecho no puede haber infinitas preguntas. Lo importante, entonces, pasa a ser no solo lo QUÉ se pregunta, sino también CÓMO, CUANDO Y POR QUÉ se pregunta. Dicho de otra manera, la clave no está en las preguntas sino en el diálogo, que no es lo mismo porque en él se reproduce además de un cuestionario, una mirada, y la capacidad creativa para construir o tal vez habría que decir con más exactitud, reproducir, una atmósfera.

En este sentido, desde prólogo María confiesa su gusto por el dialogo, y en este libro se le nota.

Y es que con todo, es más precisamente el dialogo lo que definirá la esencia de la entrevista. Desde la inefable conferencia de prensa, donde el reportero hace apuestas en la ruleta de las declaraciones a la búsqueda de un pleno, el dialogo será el denominador común y la llave maestra para conseguir atisbar la interioridad de ese otro y por ende a una verdad no aprensible por otros medios.

Es un juego de miradas mutuas donde las preguntas no solo tienen valor en sí mismas. El tipo de cuestionamiento refleja, además, la visión de su tiempo, lo que Leonor Arfuch denomina “el murmullo del discurso social..." Quizás estimada Sarah Bernardt usted debió haberse detenido a analizar, cuales eran esas preguntas que su tiempo le reiteraba majaderamente y sacar sus propias conclusiones al respecto.

Por ello el entrevistador es tan importante como el entrevistado. Será su registro el que finalmente nos llevará a hacernos de una imagen del otro. Y nada se agradece más que un entrevistador que trabaja con sus cinco sentidos.

Como enfatizaba Pulitzer, uno de los grandes impulsores de éste genero: “hay que insistir a los hombres que redactan nuestras entrevistas con destacadas personalidades que es extremadamente importante ofrecer un retrato llamativo y vívido del sujeto, así como de su entorno doméstico, de su esposa, sus hijos, sus mascotas, etc. Ésas son las cosas que más claramente crearán una imagen de él ante el lector medio, mucho más que sus más importantes pensamientos, objetivos o declaraciones”.

Como si hubiera escuchado estas recomendaciones, Ramirez Ribes se detiene a describir cuando y en qué circunstancias conoció a Julio Ortega, las impresiones que le dejaron el tono de voz y el entusiasmo expresivo de Carlos Fuentes o cómo se había imaginado a Isabel Allende mucho más alta de estatura y que en cambio se sorprendió con la seguridad de sus pasos al caminar.

La propuesta de este libro, sin embargo, no es conseguir cualquier diálogo, sino que, como una suerte de poker, su apuesta va más allá tras la búsqueda de diálogos transatlánticos. El dialogo no se cierra al entrevistador y el entrevistado exclusivamente, amplia el arco de tiempo y de espacio para incorporarlos a todos, creando así un parloteo continuo, ágil, abierto… Muy acertadamente a mi juicio, ya desde el Prologo, María Ramírez plantea el tema de la frontera. Y es que probablemente pocos temas se presten mejor para hablar de la entrevista literaria como el concepto de frontera. Claro que mientras para los europeos éste era un concepto más bien fijo, que la mayoría de las veces actúa como muralla divisoria, en América frontera se convirtió en algo abierto. Por algo los norteamericanos llaman ‘border’ al límite fijo y denominan ‘frontier’ a un espacio, no una línea, que es discontinuo, movedizo. Frontera está asociada con la idea de movimiento por una parte así como con un sentido fundacional surgido del hecho que algo nace en esos bordes. Ella proporciona -como sostenía Jackson en La frontera en la historia americana- “un nuevo campo de oportunidad (…) una confianza y un desprecio por la vieja sociedad”.

La riqueza de las zonas fronterizas entonces es enorme, pues permiten mayor libertad y creatividad que en zonas plenamente consolidadas.

Desde ese punto de vista, y luego de leer Diálogos transatlánticos me gusta pensar que la entrevista literaria es también una zona fronteriza, una fructífera zona fronteriza donde se dan cita la historia, la crítica, la literatura, y los géneros del yo. Con todos ellos se invadiéndose mutuamente e influyéndose de manera involuntaria.

Veamos pues cuáles serían los puntos cardinales de la entrevista literaria.

La entrevista limita al norte con la historia.

Como fuente histórica es inmejorable. Rosa Montero sostiene que “la entrevista, además de su valor puramente literario, que implica una recreación de los límites y los modos del ser a través de la palabra, ofrece también un elemento notarial, la riqueza de una visión próxima y contemporánea al entrevistado. Quiero decir que las entrevistas antiguas nos acercan al pasado como ningún libro de la historia puede hacerlo: nos reconstruyen al personaje contemplado desde su época, con total ignorancia y, por tanto, total inocencia de lo que vendría después. (…) En las entrevistas, en las preguntas de los periodistas, en sus comentarios, en sus añadidos, late el contexto histórico y social. Son la voz y la mirada del testigo.

En el caso de Diálogos trasatlánticos sin ir mas lejos, seis de los autores están ahora muertos como Arturo Uslar Pietri, Leopoldo Zea, Severo Sarduy, Salvador Garmendia, entre otros. No hay otro modo de entrar en contacto con ellos que no sea este tipo de diálogo. Estas entrevistas son hoy, además de todo, un documento.

La entrevista literaria limita al sur con la ficción misma.

Claramente la entrevista juega con la ficción de crear un personaje. Como una paradoja, para construir un retrato lo más verdadero posible, hay que construirlo desde la personal experiencia frente al otro o, si se prefiere, hay que recurrir a la invención del personaje valiéndose en alguna medida de la imaginación, tal como lo exigía Laing.

Como toda una paradoja, las entrevistas literarias son ficciones de la vida que intenta disolver la idea misma de la ficción. El escritor argentino Rodrigo Fresán escribió en una oportunidad que “las entrevistas del The Paris Review configuran, probablemente, la más grande novela publicada en el último siglo. La entrevista, -subraya Fresán- también, como forma apenas involuntaria de la ficción.

Pero no solo la creación de un personaje le brinda carácter de género literario. El uso de figuras literarias, por lo general imágenes y metáforas o el proceso de destilación, reorganización del lenguaje, hacen de ella un trabajo de escritura creativa acentuado por el hecho de tener que “traducir” de un lenguaje –el oral con sus códigos y reglas- a otro.

Finalmente, la entrevista es un relato con el mejor de los finales, el mejor y el más literario: el final abierto… Nada puede concluir del todo en una entrevista porque carece de un final conocido.

La entrevista limita al oeste con la autobiografía.

La entrevista puede actuar como revelación. Se supone que siempre debería ser una revelación para el lector de ella. Pero hablamos de que lo sea para el propio escritor entrevistado, como sostiene Leonor Arfuch a propósito de una declaración de un autor de tan compleja vida como lo fue Tenneesse Williams: ‘El ser entrevistado lleva aparejada la ventaja de la autorevelación –plantea Williams-. Me veo obligado a articular mis sentimientos y puede que aprenda algo sobre sí mismo. Me hace conocerme mejor, ser más consciente de mi propia desdicha.’ Este hecho, las más de las veces, le cuesta reconocerlo al propio entrevistado. Éstos suelen quejarse de que o bien de que se han citado mal sus palabras o de que han sido malinterpretadas: la versión pública de la entrevista ofrece una impresión muy diferente a la que ellos recuerdan. Truman Capote explicó esto como sigue: ‘A nadie le gusta descubrirse como es, ni le agrada ver exactamente lo que ha dicho o hecho por escrito. Yo mismo no me gusto cuando soy el modelo y no el pintor. Cuanto más precisas son las pinceladas, mayor es el resentimiento.

Y es que una buena entrevista, como comentamos, somete de alguna manera al entrevistado a una verdadera introspección.

De allí que la entrevista pueda ser considerada también como una autobiografía. Una autobiografía probablemente involuntaria en la mayoría de los casos, pero autobiografía al fin.

Como sostiene Sylvia Molloy, la autobiografía no es un género sino una estructura nómade. De hecho, ella prefiere pensar la autobiografía como una manera de leer, donde hay un importante juego con la ilusión de lo que se cuenta esa cierto. Por eso los silencios, omisiones también cuentan.

Las entrevistas pueden ser leídas como autobiografías.

La entrevista limita al este con el mercado.

La entrevista –como todo- no tiene porqué ser monedita de oro. Tiene, desde siempre- detractores y críticos. Kipling habla de la vileza y agresión de la entrevista o Mark Twain se negaba terminantemente a dejar entrevistar. Pero en nuestros días, la crítica mas reiterada es que el uso y abuso de ella ha terminado por restar importancia a la crítica literaria y, lo que es peor, ha sucumbido a los requerimientos del mercado siendo más un instrumento de venta.

Es un hecho que su historia está estrachemente relacionada con el la masificación de la prensa, la progresiva aparición de la cultura de masas. A partir de ese momento, la entrevista creció y se hizo poderosa justamente por sus hábitos democráticos. Hoy la realidad es que efectivamente los mercados son protagónicos y muchas veces la entrevista literaria termina convertida en un arma del marketing propiciado por las grandes casas editoriales frecuentemente empresas transnacionales. Pero también puede ser utilizada como un antídoto del mercado. Desde luego porque puede introducir al ruedo del panorama literario nuevas voces o autores no comerciales que las grandes editoriales no les interesa promover. De hecho uno de las tareas significativas que debe atribuirse a los medios literarios ya sea de periódicos como revistas especializadas es de abrir el ruedo. Detectar a los nuevos, “Esperando a los bárbaros” al decir de Kavafis, bárbaros en el sentido de los necesarios renovadores de la lengua y la literatura.

Es el caso de las celebérrimas entrevistas del The Paris Review, nacidas, al menos como lo cuenta la leyenda de una motivación comercial. “Necesitamos nombres importantes, se dijeron los fundadores de la revista pero, como suele ocurrir en esos casos no disponían de presupuesto para ello. “Hablemos con los nombres importantes. Y hablemos mucho y hablemos largo. Hablemos sobre todas las cosas que nunca les preguntan a los escritores porque no hay sitio suficiente para publicarlas. Mejor todavía: que hablen ellos. De su oficio, de sus secretos. Que digan la verdad y que mientan. La idea de que una entrevista también puede ser una buena historia. Hagámoslos sentirse felices y cómodos y comprendidos. Y después pongamos sus nombres en la tapa de nuestra revista”.

Estos 4 puntos cardinales prepuestos como puntos de partida para un debate solo subrayan que la entrevista literaria es un género de gran potencial que hay que abordar con imaginación y humor.

Así también estos cuatro puntos cardinales dejan de manifiesto que Dialogos Transatlanticos de María Ramírez Ribes ha utilizado con gran maestría estas coordenadas y se constituye así en un referente en este campo.


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