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Portafolio

Jean-Michel Basquiat o El anverso de la medalla
Carlos Yusti

 
Martes, 11 de diciembre de 2001

Va uno de exposición en exposición estos días notando que el mundo del Arte es un vodevil. 0 sea una fiesta ligera, llena de afectación y perfume caro, donde los artistas se quedan en emperifolladas vedettes, o glamorosas divas, cuyo trabajo plástico se paga a precios exagerados; al parecer lo que le brinda soporte estético a una obra de arte no son ya sus propuestas conceptuales, sino la bola de billetes que cuesta. Sin contar que algunos de estos jóvenes creadores son artistas de utilería, manufacturados como un bello decorado de cartón piedra por la publicidad de las galerías privadas, las cuales alargan sus tentáculos hasta salones y bienales comprando algún premio para los artistas que promueven.

Un artista sin premios en este país no seduce en el mercado y no pasa de ser "un suponer" con pantalones o escote, lleno de aspiraciones artísticas y fervor, y que algunas veces deviene en lamentable matatigre que pinta paisajes y bodegones para domesticar el hambre. Un premio entonces es una garantía para hacer ciertas las suposiciones, por eso los dueños de galerías se llegan hasta cualquier salón y les compran varios premios a sus protegidos como quien va al hiper y compra pastillas de jabón. Toda una rosca donde críticos, artistas y demás bicho de uña buscan sólo de hacerse de un dinero extra. Como la política es un sector tan desprestigiado muchos cuellosblancos incursionan en el mundo del arte; la corrupción y el tráfico de influencias es el mismo, pero en el ambiente artístico hay más garbo y cosa. A pesar de toda esta chapucería estética el Arte continúa siendo una actividad para asumir riesgos.

Jean Michel Basquiat lo supo. Muerto en plena juventud su vida acelerada entra en esa espesa categoría de la leyenda.

La lista de artistas devorados por su leyenda es bastante extensa. Muchos son apenas un recuerdo debido a sus biografías tejidas con el hilo del asombro. Artistas perdidos en el bosque de la mistificación cultural más aparatosa. Genios anulados por el mercado, convertidos en divos constante y sonante. Estetas de lo conceptual entrampados en el gran engranaje cultural, alimentando la mitología estética para que el arte, como patrimonio guardado en el museo, no muera de aburrimiento dominical.

A Jean-Michel Basquiat solo le falta su museo para completar la foto. Ya tiene su leyenda transcrita en algunas biografías, o llevada a la gran pantalla. Representó en su momento a ese artista lumpen que asciende a los cielos de galerías y museos. Fue el prototipo idóneo para quitarle un poco las telarañas y el oxido a ese concepto trasnochado del arte amurallado en el museo. En la actualidad es un mito sujeto a muchos subterfugios y patrañas. Su obra es muchas veces tonificante, pero a la postre resulta como algo repetitiva y enganchada a un cliché: dibujo como de baño público y una caligrafía callejera llena de pasión alucinógena. Además su trayectoria artística es como una valla preventiva: si tienes éxito en el arte puedes terminar en un mal rollo. Lo cierto es que el artista necesita ser reconocido, requiere que su obra sea evaluada, valorada y sometida a la crítica. El mercado del arte buscará sacar su tajada hasta que el artista se convierta en un estropajo, en un guiño desesperado de su propia sombra, o devenga en juguete publicitario (juguete rabioso y lleno de perversidad mediática recuérdese a Picasso, Dalí) de su propia fama, de su propia pompa y circunstancia.

Nace en Brooklyn, New York, un 22 de diciembre. Desde niño dio muestra de poseer habilidad para el dibujo. Jean-Michel Basquiat como buen hijo de inmigrantes norteamericanos (de madre puertorriqueña y de padre haitiano) tenía todas las características para convertirse en carne de prisión. Era un adolescente de piel oscura que había convertido la calle en su habitad natural. Vivía en alguna plaza como un mendigo. Quizás por las entrañas más inhóspitas de la urbe conoció las drogas blandas como la marihuana y el alcohol.

Con Al Díaz comienza a hacer graffitis en las paredes de Manhattan. Los escritos tienen mucha carga poética y filosófica. Otras veces son textos con una alta dosis de sátira. A veces la firma es una corona con la palabra SAMO (siglas de same old shit, la misma vieja mierda), que se convertiría en algo así como una marca registrada. La publicación "The Village Voice" edita un artículo sobre la escritura callejera de SAMO. La separación de Basquiat y Díaz se produce un año después(1979). En las paredes aparece la frase: "SAMO is dead". Basquiat forma un grupo musical al que llama "Gray". Por esos días conoce a Keith Haring y a Kenny Scharf.

Su primera participación artística, fuera de la calle, ocurre en el año 1980 en una colectiva denominada Times Square Show, realizada en el Bronx. Basquiat pinta un mural donde reúne algunos de los graffitis de SAMO. Deja de tocar en la banda y decide dedicarse de lleno en la pintura. Su carrera, apadrinado por Andy Warhol, artística fue meteórica. Exposiciones en Nueva York, Italia, Los Ángeles, Zurich y Rótterdam. Con 23 año participa en la Bienal del Whitney Museum of American Art, en Nueva York. Francesco Clemente y Andy Warhol trabajan algunas obras en conjunto con él. Los artículos en periódicos y revistas de arte se suceden con muy sospechosa frecuencia. Su carrera iba en ascenso. Mito, publicidad y mercadeo se sintonizan para convertirlo en una vedette de farándula que codea con Madonna y demás estrellas del espectáculo y la música. Esta carrera artística inflada a fuerza de estrategia mercantil llega a su fin un 12 de agosto de 1988. Basquiat es encontrado muerto a causa de una sobredosis de heroína.

El trabajo plástico de Basquiat entremezcla el graffiti y el dibujo como un juego infantil pletórico de un agresivo colorido. Con un dibujo nervioso y caótico rastrea sus raíces, deja al descubierto su mundo de pintor negro y callejero. No obstante, en algunas ocasiones sus cuadros parecen apelar a esa formula, quizá para cubrir la demanda, y entonces se tornan algo reiterativos y machacones.

Los críticos vieron en la pintura de Basquiat sólo arte "primitivo" en estado puro. Pero lo cierto es que Basquiast como buen autodidacto se alimentó de pintores como Cy Twombly y Jean Dubuffet. Deliberadamente jamás vieron que sus obras eran sólo pastiches trabajados con gran intuición y sensibilidad merodeadora de animal urbano. El gran aporte de Basquiat es que convierte ese arte espurio de la pintada (o el graffiti) en el muro, de la caligrafía de baño público, en hecho estético digno del museo.

Muchos pintores mueren en la miseria más lamentable y el anonimato más atroz. Basquiat estuvo en el anverso de esa situación, aunque su obra estuviera muy cerca del reverso al intentar ser el eco de gritos, voces y colores que suben desde los suburbios como una estampida; obra artística a la cual las galerías de arte supieron endosarles altas sumas de dólares mientras él se consumía en su desesperado pellejo negro, vistiendo eso sí como un blanco, y cambiando cuadros por droga hasta hacer colapsar su vida de una sobredosis a los 27 años de edad.

 

 

 
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