La década de 1990 fue fabulosa para la economía
norteamericana. No solamente controlaron la
inflación, bajaron las tasas de interés, crecía
continuamente la economía, y además de eliminar el
déficit fiscal, generaron un superávit fiscal
creciente.
No todo era positivo, pero ante la avalancha de las
buenas noticias, las malas parecieron irrelevantes:
creciente déficit comercial (no en la balanza de
pagos), creciente magnitud de los papeles bursátiles
sin ningún tipo de respaldo (los "derivados
financieros"), la burbuja financiera (inflación
bursátil) y el alto endeudamiento del sector privado
(familias y empresas).
El entonces presidente, William Jefferson Clinton se
vanagloriaba diciendo que estaban "tomando las
decisiones adecuadas en el momento preciso" y así
había descubierto la piedra filosofal de la economía.
Era pragmático, porque no anunciaba una ideología ni
escuela de pensamiento en particular, sino que
adoptaba las medidas que consideraba correctas,
independientemente de que fueran catalogadas como de
izquierda o derecha.
Al mismo tiempo, en la política internacional Estados
Unidos se proyectaba como la única superpotencia
dominante, la única de alcance mundial, puesto que
puede ejercer presión política, militar y económica a
cualquier país en cualquier parte del mundo, siendo el
primero que lo hace en toda la historia de la
humanidad.
De todas formas, a pesar del poder del que disponían,
podemos decir que fueron relativamente prudentes en su
uso, puesto que podían intervenir en cualquier rincón
del mundo, y no lo hicieron (sabemos que la vía
militar no es la única manera de intervenir, y las
otras las utilizaron mucho).
La prudencia del rico
Al igual que una familia (ya se que no es correcto
comparar la economía familiar con la de un país
grande), si los recursos no se utilizan bien se pueden
agotar. Hubo una época en que Aristóteles Onassis
(QEPD) y Adnán Khashoggi eran los hombres más ricos
del mundo, y su opulento estilo de vida dio mucho de
qué hablar. Sin embargo, desde hace tiempo no se
habla mucho de su fortuna, sino de Bill Gates, entre
otros.
No hay ninguna duda de que Estados Unidos puede
emprender varias guerras en varias partes del mundo a
la vez, y ganarlas todas. Pero depende del costo al
cual lo logren, porque podrían quedar económicamente
golpeados, y las guerras norteamericanas son muy
caras, económicamente hablando, debido, entre otras
cosas, a que utilizan tecnología de punta, que todavía
no está popularizada ni de la que se aprovechan las
economías de escala. Y no pueden darse el lujo de
utilizar tecnologías baratas porque el costo en vidas
propias sería más alto, y la población de un país rico
no ve con buenos ojos que sus jóvenes estén muriendo
en una guerra en un país remoto.
Otra paradoja es que una guerra puede costarle a
Estados Unidos más que todo el Producto Interior Bruto
(PIB) de un año del país enemigo.
Futuro sombrío para la economía norteamericana
No vayan a pensar que un futuro sombrío para la
economía norteamericana significa que se repetirá la
Gran Depresión de 1930, o que veremos hambrunas como
las africanas, o que Washington será una nueva Buenos
Aires. No exageremos que no llegaremos a tanto,
puesto que todavía mantiene un gran potencial, un gran
capital acumulado, muchos primeros lugares que no se
pierden con facilidad, y si cambian de rumbo a tiempo
podrían evitar el anunciado desastre.
Con la llegada al poder de George W. Bush el panorama
político, económico, ideológico y militar cambió. El
mayor cambio se produjo después del 11 de Septiembre
de 2001, así que Osama Bin Laden si obtuvo su
objetivo, puesto que, económicamente hablando, las
siguientes medidas económicas y militares del gobierno
de Bush le han propinado un golpe a los EE.UU. más
fuerte que el de los aviones que se estrellaron en las
Torres Gemelas del World Trade Center.
El superávit fiscal (que con el gobierno de Clinton se
presentaba como círculo virtuoso) desapareció y dio
paso a un gran déficit. Pero eso es pasado, y todavía
no ha sucedido nada importante.
El caso que impulsó a escribir estas notas es que
ahora se planea convertir a los EE.UU. en la mayor
economía libre y de bajos impuestos del mundo. Está
bien que Mónaco, las Islas Caimán, Nauru o las Islas
Bahamas tengan sistemas impositivos muy flexibles,
pero que un país y una economía del tamaño de la
norteamericana, con sus 280 millones de habitantes se
convierta en un semiparaíso fiscal es algo inaudito,
desconocido en la historia, y todo por razones
ideológicas más que pragmáticas.
¿Y qué tiene eso de malo? Eso no debería ser malo si
no fuera porque generaría un déficit fiscal
equivalente a, aproximadamente, un tercio del
presupuesto norteamericano, hacia el año 2005. Una
crisis fiscal de esa magnitud no la conoce ni siquiera
Venezuela, con todos los problemas económicos que
tenemos.
El déficit fiscal se originará porque los gastos
subirán (especialmente los militares, las guerras en
las que se involucrarán, además del nuevo Súper
Departamento de Seguridad que podría convertir a la
seguridad en primera prioridad del gobierno
norteamericano, en vez de la economía, la política, la
computación, la farándula o las modas) y los ingresos
disminuirán (producto de la gran baja de impuestos que
se está planeando; además, EE.UU. no tiene un
"petróleo" que puede subsidiar al gobierno, como
sucede en Venezuela).
Economía y política exterior
Todos estos problemas económicos pudieran incidir en
la política exterior norteamericana. Estados Unidos
está abriendo demasiados frentes de guerra al mismo
tiempo en todo el mundo. Y dado que son ellos quienes
los están buscando, están asumiendo casi totalmente
los costos económicos de los mismos, porque son pocos
los países que los acompañan. Además de los frentes
de guerra, se están involucrando políticamente más en
más países del mundo, lo cual genera sentimientos de
rechazo. Y es peligroso si todos los resentidos
llegaran a unirse en un solo bloque.
Varios de esos frentes políticos que están abriendo
actualmente podrían transformarse después en frentes
militares, y el gasto aumentará más, acrecentándose el
déficit fiscal.
Por supuesto, la presión económica comenzará a hacerse
sentir, ya sea como tasas de interés altas, inflación,
salida de capitales hacia otros destinos más seguros,
más desempleo y pobreza, más problemas sociales, etc.
Como creo que prevalecerá la cordura, tanto de la
dirigencia como de la sociedad, en algún momento se
llegará al convencimiento de que tantos conflictos
externos los están perjudicando, y habría una retirada
(acelerada o gradual, pero retirada) de la mayoría de
los frentes de conflictos políticos, económicos y
militares en que están participando a lo largo y ancho
del mundo. Y la opinión de sus políticos y de su
pueblo cambiaría de rumbo y se enfocaría a lo interno,
volviendo al famoso aislacionismo que los caracterizó
por muchos años.
Si la cordura no prevalece, pues se involucrarán en
guerras en todo el mundo, y allí si vendrán las crisis
económicas fuertes que producirán imágenes
espeluznantes que pudieran obligar a una parte de sus
más de 280 millones de personas a salir al exilio, y
su destino más cercano es América Latina, así que
debemos prepararnos para eventualmente ver balseros
norteamericano (si las corrientes marítimas lo
permitieran) escapar hacia Cuba y Venezuela, o
escucharemos quejas en Méjico sobre la inmigración
ilegal de norteamericanos.