Hay otra bomba biológica, ya armada y haciendo tic-tac desde hace tiempo, de la cual se habla poco en los medios, y que esta causando muchas más bajas que las que provocaría alguna bomba con bacilos que estallaría en un centro poblado.
Desde el 11-S el mundo entero –y en especial el llamado mundo occidental-- esta’ preocupado por el terrorismo biológico y quizás mucha gente tendrá pesadillas de bombas bacteriológicas que explotan en el centro de una gran ciudad regando temibles enfermedades infecciosas. La posibilidad de que eso suceda ha sido potenciada en los últimos meses, en vista de los casos de ántrax experimentados recientemente en EEUU, y ahora se sabe que algunas organizaciones terroristas en Asia –incluyendo la nefasta Al Qaeda-- han estado contemplando un ataque con armas biológicas, (además de las nucleares y químicas). Sin embargo las probabilidades de que esa pesadilla se haga realidad es bastante remota, por distintas razones que no viene al caso analizar aquí.
Pero hay otra bomba biológica, ya armada y haciendo tic-tac desde hace tiempo, de la cual se habla poco en los medios, y que esta causando muchas más bajas que las que provocaría alguna bomba con bacilos que estallaría en un centro poblado. De hecho, diariamente mueren miles de personas a causa de esa nefasta bomba silenciosa, debido a la desnutrición y las enfermedades que son la consecuencia directa de la pobreza y la marginalidad. Esa nociva bomba no es otra que la asociada con la explosión demográfica que experimenta el planeta, al que le ha tomado –desde la aparición del homo sapiens- unos dos millones de años para llegar al millardo y medio de habitantes a principios del siglo XX, pero que en los últimos cien años esa cifra se ha cuadruplicado, superando los seis millardos cuando apenas se inicia el siglo XXI y que se espera que –a la tasa estimada de crecimiento- pueble al globo con unos 10 millardos de seres para mediados de este siglo.
Por más que a algunos orgullosos padres se alegren por la venida al mundo de nuevos hijos (otros maldicen veladamente su llegada, ya que no pueden mantenerlos) para la comunidad de naciones el aumento irracional debe constituir motivo de gran preocupación, pues los nuevos habitantes deben ser alimentados, vestidos y cobijados bajo un techo, además de recibir cuidados de salud y una educación apropiada, cuando en el seno de algunas sociedades depauperadas no se dispone de medios humanos y materiales para atender esas necesidades mínimas para todos. Actualmente el planeta todavía podría proveer – al menos por un tiempo prudencial-- los recursos minerales y vegetales necesarios para el mantenimiento de una población tan numerosa— pero por fallas en la planificación económica y la distribución de las riquezas, lamentablemente existen sociedades que están muy lejos de poder aprovecharlos. O sea que existe una notable diferencia en los ingresos y –más importante todavía- el nivel de desarrollo humano (educación, salubridad, servicios, seguridad) entre los países ricos y los pobres, con muy pocos en el rango intermedio, y por ende dicho contraste se ha ido intensificando en los últimos tiempos.
Según estadísticas recientes, que ilustran y dramatizan aún más este hecho, se sabe que cerca de la mitad de la población mundial sobrevive con ingresos inferiores a unos 1.000 dólares anuales (o sea menos de 3 dólares diarios), mientras que existen sociedades avanzadas que reciben un ingreso per capita superiores a los 30.000 dólares anuales, o sea una diferencia de 30 veces. Sin analizar otras estadísticas, a veces engañosas pero siempre indicativas, es obvio que esa mitad desfavorecida tiene pocas oportunidades de tener una calidad de vida aceptable. De ahí la alta mortalidad por desnutrición y enfermedad, aunque esa morbilidad no es suficiente –como suponía Malthus-- para moderar la natalidad, la cual aún siendo inferior a la de siglos pasados, todavía es excesiva dados los altos niveles de pobreza y contaminación existente. En otras palabras, esa mitad de la población en pobreza critica no puede darse el lujo de tener y criar muchos hijos simplemente por falta de recursos para atenderlos bien, tanto suyos como del estado. Pero, y aquí notamos la incongruencia, es esa mitad la que se reproduce a tasas más altas, que en ciertos países supera incluso el 3% anual, mientras que en las naciones avanzadas no pasan del 1% annual y en algunas se ha estabilizado, o sea que no crece o incluso disminuye ligeramente, mientras su producto interno bruto crece anualmente a niveles positivos. Esto ultimo permite que en los países avanzados se disfrute de una calidad de vida siempre mayor, a diferencia de los subdesarrollados donde sucede al revés, o sea que la pobreza crece aceleradamente y los servicios que disfrutan son cada vez peores.
Así que no se trata de una simple distribución de la riqueza, sino que estos países carecen de gobiernos que les permiten proveerse de servicios adecuados y proveen políticas que facilitan un empleo digno. Aún las naciones más pobres tienen recursos humanos y materiales que podrían darles un nivel de vida pasable a toda la población, pero simplemente no saben administrarlos eficientemente, con la consecuencia de que algunos tienen mucho y la gran mayoría se consume en la pobreza extrema. Asimismo, en casi todos esos gobiernos, los ingresos fiscales se utilizan mayormente para financiar los sueldos, gastos y prestaciones de la burocracia oficial (y en ocasiones, de sus lucros indebidos), mientras los pobres reciben apenas las sobras y no se materializa casi ninguna promesa de los políticos que les dieron esperanzas vanas para mejorar su condición. De modo que los culpables principales de la deplorable situación económica de muchos países no es la escasez de recursos sino su mala administración , que impide no sólo retribuir a la población con servicios apropiados, sino que niega un crecimiento sostenible de sus economías, acorde con su crecimiento poblacional.
Este punto es importante comprenderlo en toda su dramática realidad: si la población de un país crece a una determinada tasa y su economía crece a una tasa inferior o se estanca, o incluso decrece, lógicamente habrá cada vez más pobreza, mientras todo lo contrario sucede en los países avanzados, que han aprendido desde hace tiempo la relación estrecha que existe entre la economía y la demografía. A esto hay que sumarle el efecto negativo de la inflación, que siempre contribuye a disminuir la calidad de vida. Un simple ejemplo ilustra estos principios: si en un año hubo un crecimiento económico del 2% (factor positivo) pero la población creció en un 3% y la inflación se ubico en un 9%, estos dos últimos factores negativos suman 12%, por lo que teóricamente la calidad de vida disminuyo en un 10% durante ese periodo. Claro que la realidad social es más compleja, pero al menos esta simple aritmética es un buen indicativo de lo que sucede.
Por consiguiente, además del problema de escasa capacidad administrativa y de corrupción que enfrentan las sociedades subdesarrollados, esta el grave y silencioso problema –a menudo ignorado-- del alto crecimiento demográfico, que imposibilita toda mejoría futura. Así que dichos países ya no pueden clasificarse con el eufemismo " en vais de desarrollo", sino "en vais de pobreza" pues están marchando en dirección opuesta y no sólo más lentamente, aumentando con velocidad exponencial la marginalidad, en un nefasto circulo vicioso del cual difícilmente podrán salirse en el futuro previsible. O sea que, a los patrones actuales de crecimiento y natalidad, esta descartado de antemano que algún día integren la lista de países del primer mundo, o incluso del segundo mundo (o sea, países con PIB per capita entre 5 y 10 mil $ por año).
No se trata de regresar a las temibles advertencias de Malthus, pues la tecnología ha desvirtuado su teoría al permitir una aumento considerable de los recursos alimenticios mediante fertilizantes, técnicas genéticas, mejor riego y planificación de cultivos, cría científica de ganados, etc. , y una adecuada disponibilidad de materiales de construcción o energéticos que pueden ser generados mediante avanzados procesos industriales. El problema mayor esta en la incompetencia, ineficiencia y corrupción en las instituciones estatales, que frenan todo desarrollo armónico de los servicios públicos esenciales y, que junto con un sindicalismo irresponsable (casi siempre estimulado por la politiquería), disminuyen la productividad del sector privado, generando bajo crecimiento, inflación, desinversión y desempleo. Junto con un aumento demográfico inadecuado de estos países, se arma así una terrible bomba de tiempo que va minando silenciosamente --pero a paso seguro-- la calidad de vida de las mayorías.
Sin embargo, estos mismos sectores marginales, --siempre los más afectados por estas crisis-- podrían mejorar su situacion en poco tiempo, aún sin mejorar su preparación, con apenas limitar su descendencia a dos o menos seres. En principio todo estado debería apuntar a una estabilización de la población a los niveles actuales, de modo que el crecimiento demográfico se ubique alrededor de cero (o sea, apenas un reemplazo eventual de los progenitores), y así todo crecimiento económico servirá para mejorar la calidad de vida, siempre que se controle la inflación a niveles razonables. Y si quieren ir más allá, deberían incluso motivar a tener un descendiente por familia, como se insiste en China y la India, actualmente con poblaciones que superan el millardo de habitantes y que –por ello- disfrutan de bajisimos niveles promedio de vida.
Obviamente, por ahora las condiciones no están dadas para lograr un adecuado control de natalidad, pues los sectores más prolíficos tienen poco acceso -por su misma pobreza- a los modernos anticonceptivos, e incluso al más económico y sencillo de ellos, el preservativo plástico. Pero estos podrían distribuirse gratuitamente a través de entes estatales, con financiamiento de bajo costo de organismos internacionales. Al mismo tiempo, estos mismos sectores podrían tener acceso, mediante educación y campañas apropiadas en los medios, a la información sobre métodos naturales para evitar los hijos indeseados, junto con la motivación a mejorar concretamente sus niveles de vida mediante la limitación voluntaria de la descendencia. Los sectores populares se deben dar cuenta que ya han pasado los tiempos en que los hijos eran una bendición divina, pues antes se les necesitaba para labores agrícolas o como ayudantes en sus tiendas. Y, en caso de "errores" en la planificación familiar (en el fondo, somos humanos), el estado debería proveer gratuitamente la forma de terminar oportunamente los embarazos indeseados, para evitar el nacimiento de niños que no puedan criarse en forma digna. Esto debería poder lograrse sin la interferencia de extemporáneos prejuicios morales o religiosos, pues cualquier persona sensata concluirá que es mucho más cruel traer al mundo a una criatura desvalida, que pasara toda su vida en la pobreza y el abandono afectivo. No es por casualidad que los países católicos han progresado menos que los protestantes, más liberales en cuestiones de control de natalidad, y toda Latinoamérica es un ejemplo fehaciente de este hecho.
Las estadísticas alarmantes y la estrecha relación entre economía y demografía nos obligan a hondas reflexiones en esta materia, que realmente representa la clave para el mejoramiento de la calidad de vida de vastos contingentes de personas, sin esperar que mejore la eficiencia de los lentos aparatos estatales (aunque estos seria deseable, por supuesto). Esta iniciativa debería implementarse conjuntamente con programas permanentes para mejorar la educación para un control de la natalidad, junto con la disponibilidad general y gratuita de dispositivos económicos para el mismo propósito. Los lideres políticos, empresariales, laborales, comunitarios, intelectuales y religiosos, en todos los países afectados, deben cooperar todos en esta impostergable tarea de apuntar a un futuro mejor mediante la desactivación de la "bomba biológica", que –en vista de los anteriores argumentos-- luce un factor realmente explosivo y siempre opuesto a un mejoramiento de la calidad de vida.