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Opinión y análisis

Politiquería, hipocresía y retórica en “la Cumbre de la Tierra”.
Roberto Palmitesta D.

 
Lunes, 16 de septiembre de 2002

La cumbre de Johannesburgo fue aprovechada por igual por políticos, luchadores sociales y conservacionistas para promover una variedad de causas. Fue una cumbre que debería haber corregido la inercia patente durante la última década, terminó sin pena ni gloria, con muchas nuevas promesas difíciles de cumplir.

Como en todas las reuniones cumbre, la de Johannesburgo fue aprovechada por igual por políticos, luchadores sociales y conservacionistas para promover una variedad de causas, a veces bastante apartadas del tema principal del foro, o sea el “desarrollo sustentable”. Asimismo, sirvió para poner en evidencia la hipocresía de algunos países frente a los serios problemas sociales y ambientales que aquejan al planeta, pues algunos de los ambiciosos objetivos de la cumbre, tales como una reducción sustancial de la pobreza y del calentamiento global, quedaron en meras declaraciones retóricas, además de vagas promesas que difícilmente se cumplirán al no acordarse sanciones o cronogramas, al igual que sucedió con la grandilocuente cumbre de Río hace una década.

En un ambiente tan confuso y caldeado, con la presencia de un centenar de mandatarios ansiosos de protagonismo, era de esperarse un resultado tan mediocre, que desdice los grandes recursos invertidos en la organización del foro. En particular, resultaba patético ver como las delegaciones de algunos países pobres –o “en desarrollo”, como prefieren que se los llame— denunciaban la pobreza del mundo y vociferaban consignas contra el neoliberalismo y la globalización comercial, mientras en sus respectivos países se practica formalmente esas mismas tendencias y los gobiernos sobreviven con presupuestos fuertemente apuntalados por créditos de entes multilaterales que –como de costumbre— sirvieron de chivos expiatorios para sus patentes fracasos socioeconómicos, siendo denunciados como causas principales de la pobreza en lugar de la indisciplina fiscal, la mala gerencia y la corrupción administrativa. Algunas posturas personales de líderes del tercer mundo, fueron diseñadas más bien para ganar votos entre los pobres en casa, en vista de que los discursos más radicales siempre aparecen destacados en los noticieros, mientras son aplaudidos por otros líderes en iguales condiciones, o alabados por las usuales organizaciones izquierdistas que se trasladan de cumbre en cumbre para criticar de todo, sólo por protestar, pero sin ofrecer alternativas viables.

Los países del “primer” mundo tampoco hicieron gala de mucha sinceridad y trataron de usar el foro para justificar medidas harto criticables. Por ejemplo, se sabe que para EE.UU. la reactivación de la economía es de vital importancia para la administración republicana --y especialmente para Bush, que no desea descuidar las finanzas, como lo hizo su padre hace diez años--, por lo que todo lo que atente contra la abundancia y uso de combustibles fósiles queda relegado a segundo plano, sin importar mucho cómo y dónde se obtengan o quemen estos productos energéticos. El álgido problema del calentamiento global puede aplazarse para mejores tiempos, parece ser el mensaje que dejó la cumbre en vista de la escasa preocupación de los países que más contaminan por sus hábitos consumistas y derrochadores. De este modo, dada la actual coyuntura económica, que afecta a casi todo el mundo, se ha perdido grandemente el impulso que se le había dado a las campañas ambientalistas en décadas pasadas.

Esta indiferencia resulta aún más incongruente, cuando se esperaba que los recientes desastres naturales que azotaron el planeta en las últimas semanas, con inundaciones e incendios forestales por doquier, reavivaran el interés en la crisis ambiental, pues ya se ha establecido una relación directa entre las emisiones contaminantes y los nefastos cambios climáticos que se están produciendo gradualmente, alterando los equilibrios térmicos que se habían mantenido por varios milenios. El pronunciamiento final a favor de energías renovables tales como la solar y la eólica, sin fijar obligaciones y objetivos cuantificables, resultó también otro saludo a la bandera, considerando que estas fuentes son todavía más costosas que las energías provenientes del petróleo, el gas y el carbón, y cuya tecnología todavía no ha permeado a los países subdesarrollados. Y poco se dijo de los artefactos más contaminantes de todos, los vehículos automotores, que producen la mitad de los gases de invernadero lanzados a la atmósfera. Es absurdo que, a pesar de los avances sustanciales en el desarrollo de fuentes poco contaminantes --como los motores a base de hidrógeno o las celdas de combustible-- su puesta en práctica haya sido obstaculizada por las grandes empresas automotrices y petroleras, interesadas en conservar el status quo, aunque en persuasivos anuncios digan que están trabajando a favor de la ecología.

Así, en su perverso y velado egoísmo, tanto la política como los negocios conspiran contra el futuro del planeta, pues prevalecen posturas contradictorias que impiden un progreso real en la lucha para la preservación del ambiente. A este paso falta poco para que presenciemos grandes desastres ecológicos, aún mayores que los sufridos en décadas recientes, lo cual no parece importar mucho a un mundo empeñado en el terrorismo, el narcotráfico, las guerras estériles, o en mantener confortables estilos de vida mientras la mitad de población del planeta vive sumida en la pobreza y las enfermedades. Pareciera que no hemos aprendido nada de las amargas lecciones del pasado, y que la cacareada “solidaridad” sea un simple concepto teórico.

Con la perspectiva de ser abucheado y pitado por los asistentes al foro, o en las calles de Johannesburgo, el presidente Bush tuvo justificados escrúpulos en asistir personalmente, como correspondía al mandatario de una superpotencia que aspira al liderazgo mundial. Por esto, envió en su lugar a su flemático Secretario de Estado, para que absorbiera los reproches que seguramente le tocaban, pensando quizás que la ascendencia africana del diplomático serviría para atenuarlos en el escenario de un país africano. Después de que su país no ratificó el tratado de Kioto y se ha apartado de otros acuerdos mundiales, Powell se sintió incómodo tratando de defender lo indefendible, y apenas alcanzó a hacer -en medio de sonoros abucheos--- algunas promesas vagas de ayuda al tercer mundo y en pro de la conservación ambiental en el futuro, postura que no convenció a nadie, y especialmente a las naciones que esperaban un aporte más decisivo hacia la reducción de la pobreza. Los países de la Unión Europea se comprometieron a aumentar sus aportes en los continentes con mayores problemas socioeconómicos y ambientales –Africa y Latinoamérica-- quizás un poco para aliviar sus conciencias, recordando el lamentable estado en que los dejaron después de siglos de colonialismo europeo, cuando extrajeron materias primas a voluntad y no dejaron organizaciones capaces del mismo “desarrollo sustentable” al que se apunta ahora.

En retrospectiva, es fácil deducir cómo el progreso material que disfruta el próspero “Norte”, se debe no sólo a su mayor capacidad tecnológica y recursos humanos capaces, sino también a la constante disponibilidad de minerales y productos agrícolas baratos provenientes de los países considerados “en desarrollo”. Por esto, y al igual que en cada país se pecha con mayores impuestos a los que ganan más --en aras de una mayor justicia social-- los países ricos deberían asumir su cuota de responsabilidad y contribuir mucho más tanto al desarrollo económico como al saneamiento ambiental, sin considerar a las naciones pobres como simples proveedores de materias primas o mercados potenciales para sus productos procesados y tecnológicos. Así, la cuota razonable de contribuir con el 0.7 % del PIB para la lucha contra la pobreza, -sugerido en cumbres anteriores de la ONU-- debería ser una aporte voluntario a implementarse sin excusas ni demoras –e incluso aumentarlo al 1%--, por lo que sorprende ingratamente las frecuentes reticencias de los países avanzados, y especialmente de EE.UU. (que aporta menos del 0,2%), siempre rezagada o caprichosa frente a sus compromisos internacionales, como si fuera un vulgar evasor de “impuestos morales” y pudiera beneficiarse gratuitamente sin pagar el precio que exige su alto nivel de desarrollo. Después de todo, vivimos en un mismo planeta y tanto la pobreza como la contaminación nos afecta a todos, y los más pudientes –países, empresas o individuos-- deberían aportar una mayor cuota para sanear el ambiente, a menos que pretendan encerrarse en sitios agradablemente acondicionados y bien vigilados para aislarse de elementos indeseables. Esta desiderata representa el consenso de la mayor parte de la población del planeta, y si realmente se acepta los principios democráticos en el orden internacional, los países ricos deberían aceptar ese dictado, que no representaría grandes sacrificios para ellos si reducen un poco algunos lujos y, en especial, sus abultados presupuestos militares, incongruentes en mundo que ansía mayoritariamente vivir en paz.

Por lo demás, la cumbre se aprovechó políticamente, como de costumbre, para vociferar las usuales consignas contra la arrogante actitud colonialista en Palestina –especialmente ante la presencia de Shimon Peres--, así como contra las amenazas de una invasión a Iraq, hechas en los meses recientes por EE.UU. en su intento por neutralizar el riesgo del terrorismo global, que lo ha afectado más que otras naciones. Los países europeos, aparentemente incólumes hasta ahora, no se han solidarizado abiertamente con su tradicional aliado ( ya han olvidado la ayuda norteamericana durante las amenazas nazi y soviética) y han tomado la vía fácil –y ciertamente oportunista-- de oponerse a ultranza a un ataque militar, tratando de congraciarse con naciones con las que piensan comerciar más intensamente, desplazando así al coloso norteamericano. Como era de esperarse, Rusia, China y Francia aprovecharon el ámbito del foro para erigirse como nuevos campeones del tercer mundo –como antes lo hacía la URSS--, tratando de reconquistar espacios perdidos en el pasado reciente y tomar ventaja sobre EE.UU, en la constante lucha por la hegemonía económica y geopolítica, que sigue campante aún después del aparente final de la guerra fría, si bien con ciertas variantes.

En síntesis, una cumbre que debería haber corregido la inercia patente durante la última década, terminó sin pena ni gloria, con muchas nuevas promesas difíciles de cumplir. Esto se anticipaba fácilmente antes de la misma, pues es imposible dirimir diferencias abismales y conciliar tantos intereses en pugna. Quizás el mayor beneficio fue la aceptación universal del moderno concepto de “desarrollo sustentable”, frase bonita pero que ciertos críticos todavía consideran contradictoria ya que es difícil divorciar el desarrollo del consumo energético y la explotación de recursos naturales, y por ende de algún daño ambiental. Igualmente, se puso en evidencia que se acerca una crisis peor que la energética a causa de la decreciente disponibilidad del agua potable, lo cual provocaría grandes fricciones entre países vecinos, aunque la tecnología podría resolver parte del problema al desarrollar métodos más económicos de desalinización, riego y tratamiento de efluentes, así como de control de pérdidas. Sin embargo, quedó claro que el fomento de una mayor conciencia conservacionista es la mejor herramienta a corto plazo, dado el derroche que se hace del escaso líquido en los países y sectores más pudientes de cada sociedad.

En la cumbre se ha evidenciado nuevamente un cuestionamiento siempre más amplio de los actuales esquemas de desarrollo y comercio, que no parecen estar dando los beneficios propuestos, al menos para los países subdesarrollados, por estar basado en factores negativos como el consumismo, la reducción del empleo y la destrucción ambiental. Pero nadie se aventuró a proponer alternativas mejores a la del libre intercambio comercial y la competencia abierta, sistemas que se sabe han propiciado el visible progreso material de los países avanzados, aunque siguen evidenciándose fallas como la especulación tanto de capitales como de precios, la competencia desleal (monopolios, subsidios) y la inflación importada de otros ámbitos. Así, mientras aparezcan sistemas más idóneos para generar riqueza y bienestar, compatibles con cierto grado de justicia social, parece que tenemos que tolerar, perfeccionar y aprovechar el sistema actual.

Y aunque se criticó acerbamente la validez universal de “la mano invisible del mercado” para atender las recurrentes crisis del tercer mundo –y hasta del primero-- nadie se atrevió a sugerir un regreso al centralismo exagerado que propone el fracasado sistema comunista, a raíz de los estragos causados por el elitismo, la corrupción y los monopolios estatales. Todo apunta a un camino intermedio de practicar el liberalismo en las actividades productivas o comerciales, junto con gobiernos eficientes que hagan cumplir las leyes y atiendan cabalmente sus funciones esenciales, parece ser la mejor combinación para los países emergentes, pues se ha visto funcionar discretamente el sistema mixto en muchos países avanzados. Por algo los que puntean en la lista de desarrollo humano son precisamente esos países, los cuales -con todas sus fallas-- han logrado aumentar considerablemente la calidad de vida de sus residentes, aunque se les condene por su excesivo consumismo y ventajismo. De aquí que se espere el fracaso de cualquier intento de imponer sistemas ya superados, con políticas de aislamiento, proteccionismo e improductividad, algo impensable en un mundo siempre más globalizado en todos los sentidos.

Una iniciativa interesante que se mencionó en la cumbre --y que coincide con los que proponemos frecuentemente en esta columna-- es el de reducir voluntariamente los presupuestos militares para liberar fondos que se puedan destinar al desarrollo sustentable. Pero, como era de esperarse, la idea cayó en oídos sordos y ni siquiera apareció en el documento final, al igual que otras propuestas con aire de filantropismo, como la del “fondo humanitario internacional”, o la que proponía un cártel tipo Opep para asegurar una especie de “monopolio de biodiversidad” al tercer mundo. Es hora de darse cuenta de que –nos guste o no- son los países más poderosos los que imponen las agendas mundiales, y por ende es difícil obligarles a ser generosos o tomar caminos que reduzcan su alto nivel de vida. Estas parecen ser las tristes realidades derivadas de la imperfecta naturaleza humana --así ha sido a lo largo de la historia--, ratificando invariablemente la lapidaria máxima de que “el poder otorga la razón”, en lugar de ser a la inversa.

La otra lección gratuita que sobresale, es que --si se quiere aliviar a largo plazo la pobreza y los destrozos ecológicos-- los gobiernos del tercer mundo deben terminar de comprender que tienen que ser más eficaces y autosuficientes, y no pueden seguir dependiendo constantemente de dádivas y empréstitos. Así que no hay otro camino que el de incentivar la productividad del agro y la industria, junto con políticas sociales bien implementadas, apartando por un tiempo las estériles pugnas internas por el poder. Ya debe parecer obvio que si los gobiernos se ocuparan realmente de hacer funcionar los servicios básicos como educación, salud, seguridad y saneamiento ambiental, y lograran poner en marcha planes de vivienda para las clases populares, --todo dentro de presupuestos realistas, austeros y transparentes--, mientras estimulan nuevas inversiones en la industria y el turismo, se lograría dar pasos concretos en la erradicación de la pobreza y la destrucción ambiental. En otras palabras, ningún “acuerdo en la cumbre” va a hacer el trabajo de los gobiernos, siendo ésta es una verdad tan grande como una catedral que no se puede ignorar gratuitamente. Así, el mayor resultado positivo de la cumbre surafricana ha sido la percepción generalizada de que para erradicar –o al menos mitigar— el subdesarrollo, es necesario que los mandatarios se ocupen eficazmente de sus propios problemas internos, sin practicar un populismo distorsionante o diseñar planes grandilocuentes, y que se necesita mucha cooperación internacional –en teoría y en la práctica-- para atacar problemas tan complejos y tercos como la pobreza o la contaminación ambiental, y aproximarse así gradualmente al elusivo “desarrollo sustentable”. De otro modo la próxima Cumbre de la Tierra podría ser tan frustrante y fútil como las de Johannesburgo y Río de Janeiro.

E-mail: rpalmi@yahoo.com

 

 

 
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