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Sección: Economía y Petróleo
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Un penúltimo round monetarioDomingo FontiverosViernes, 19 de octubre de 2007
Evidentemente, este planteamiento es un exabrupto para cualquier economía moderna, donde la autonomía del ente emisor frente al gobierno es una garantía ciudadana contra políticas fiscales deficitarias, que generan inflación, arruinan a las mayorías, y descalabran el objetivo mayor de todo banco central que se respete. Pero el gobierno hace tiempo ha dejado ver con claridad que no quiere una economía con instituciones modernas. Más prefiere el manejo arcaico del sistema económico, entre otras razones porque seguramente lo entiende mejor desde su óptica de manejo político y directo de todas las variables que juegan en la vida social, y no solamente las económicas. La consecuencia inevitable de estos excesos monetarios, más los nuevos que vendrán, será inflación en ascenso y ruinosa. Aún así, dentro de la visión del gobierno este efecto será un asunto transitorio, en su escala de valores, y hasta menor en la perspectiva del cambio socialista autoritario que se planea imponer. El combate a la inflación, desde su punto de vista, seguirá siendo el uso de los controles de precios y las importaciones masivas de bienes de consumo por parte del estado, esquema en el cual el comercio privado cumple un papel de distribuidor a cambio de un margen impuesto por las burocracias correspondientes, y los sectores productivos quedan condenados a la quiebra. Este planteamiento forma parte de la transición, porque tal como se ha venido diciendo desde hace años, la visión socialista no tiene en sus planes el mantenimiento de los niveles de consumo alcanzados, porque lógicamente anticipa que no habrá suficiente dinero para ello en el futuro. Al contrario, esta visión excluye de la canasta de consumo permitida desde las barbies hasta los automóviles, desde el trigo importado hasta la televisión de enlatados extranjeros, y cualquier otro rubro de consumo que desde las alturas del poder se considere superfluo para "el colectivo". En un ambiente como ese, la inflación que escondida como consecuencia de la desaparición del mercado y de los bienes, así como de los precios libres. En socialismo, como se ha visto en otras partes, no hay inflación sino escasez crónica de bienes y servicios de todo tipo, lujosos o esenciales, para las inmensas mayorías que no queden dentro de la jerarquía autocrática. En un entorno como este, será absolutamente irrelevante que exista exceso de oferta monetaria. La gente guarda en gavetas los billetes que no puede usar porque no encuentra qué comprar, y los precios no suben porque la policía no lo permite. Hace años, para dar un ejemplo, en la antigua URSS, a los turistas europeos se les ofrecía, por ciudadanos rusos atrevidos, comprar por 400 rublos un blue-jean usado, porque para ellos era imposible encontrar de otra forma algo parecido en su país, cuando la tasa oficial de cambio era una unidad de rublo por 1,5 dólar americano. Es decir, $600 por un blue-jean que costaba en la época menos de $35. La inflación, en esos espacios ajenos a uno, se registra en los mercados negros, que como son prohibidos no existen oficialmente, así como tampoco la escasez, de la cual ni se hace mención en las noticias y menos en las estadísticas. Por supuesto, esto es solo una parte del panorama, porque en otros ámbitos las experencias son tan amargas. La vivienda que se consiga es donde el gobierno diga, lo mismo que el trabajo, o la vacación. Ni qué hablar de protestar o mucho menos quejarse de un mal servicio. Lo que aumenta en estos regímenes es el tamaño de los organismos de represión y espionaje, única forma de mantener a la población "callada", y del aparato militar, para prevenir la siempre alegada e imaginaria invasión externa, cuyo utilidad real es reforzar a la represión policial en calles y hogares. Así que en esta perspectiva, hay cuestiones más importantes de qué preocuparse, dentro de las cuales una deplorable política monetaria ni siquiera puede llegar a adquirir dimensión más que de problema menor. |
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