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Keynes, el visionario Pedro A. Palma Domingo, 19 de febrero de 2006
Durante los seis primeros meses de 1919 los vencedores de la I Guerra Mundial se reunieron en París para determinar los términos del tratado de paz que regiría los destinos de Europa después de la gran conflagración. Además del establecimiento de las nuevas fronteras de Alemania después de ceder buena parte de su territorio a Francia, Polonia y a otras naciones, una parte importante de las conversaciones se centraron en la determinación de las reparaciones de guerra que debería pagar aquel país. John Maynard Keynes, entonces un joven economista que había trabajando sobre ese tema desde 1916, presentó una propuesta de pagos que, aun cuando onerosa, era viable para la golpeada economía alemana. Sin embargo, la escasa influencia que para entonces él tenía, y la insensatez y ausencia de pragmatismo de quienes comandaron las deliberaciones, hicieron que la proposición final fuera descabelladamente elevada y carente de sentido.
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Keynes, quien de inmediato anticipó las nefastas consecuencias que unas imposiciones de ese tipo podrían acarrear, hizo una serie de contrapropuestas mucho más racionales y viables, incluyendo una especie de Plan Marshall, iniciativa por demás ingeniosa y revolucionaria para la época. Sin embargo, no tuvo éxito. El tratado final, que se firmó en Versalles el 28 de junio de 1919, además de incluir una irritante acusación de culpabilidad a Alemania, impuso a ese país unos pagos por reparaciones de guerra desproporcionados e inviables. John Maynard, desilusionado y frustrado volvió a Inglaterra, ocupando los últimos meses de ese año en la escritura de su libro Las consecuencias económicas de la paz, en el que, en forma brillante, hizo un análisis visionario de los efectos devastadores que aquel tratado de Versalles podría acarrear sobre el mundo entero, como de hecho sucedió. Sir Roy Harrod, el biógrafo de Keynes, fue quien mejor resumió aquella obra magistral al decir: “… la insensata locura que conduce a la tragedia; una visión de las dolientes víctimas, hambrientas, resignadas, no dispuestas a rebelarse, pero llenas de una rabia latente que puede desbordarse; sombríos augurios; una profecía de males por venir...”(*). El estallido 20 años más tarde de la II Guerra Mundial probó lo profético de aquellas previsiones del visionario, que luego se transformaría en el economista de mayor influencia del Siglo XX. |
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