Hablemos de Economía Deuda repudiable y deuda ¡productiva! Golfredo Masini P.
Jueves, 14 de octubre de 2004
En 1931, nuestro benemérito y sanguinario dictador. Juan Vicente Gómez, se ufanaba al anunciarle al país que se había pagado hasta el último bolívar y dólar por concepto de las deudas contraídas por el Estado venezolano.
Este suceso nos ha hecho reflexionar permanentemente sobre la conveniencia o perjuicio de pagar deudas, o por el contrario, de mantenerlas, amortizándolas periódicamente, y además, contraer nuevas obligaciones. ¿Qué es lo procedente?
Existe una notable diferencia cuando quien contrae deuda es el Estado o es la persona natural. Nuestro petroestado no ha tenido límites para endeudarse ya que la producción petrolera convertida en dólares es suficiente para hacer los respectivos pagos, o bien, acude al refinanciamiento, consolidación o reestructuración, lo cual indica que se acordarán plazos, tasas y penalidades para amortizar deuda que ha sido reunida en un solo bloque para que resulte mas fácil su cancelación. Los gobiernos anteriores cuando el precio del barril era favorecedor pagaban deuda, pero cuando era al contrario, la diferían o reestructuraban. El actual gobierno que ha disfrutado de los mas altos precios del crudo en la historia petrolera nacional, según dicen las clasificadoras de deuda internacionales, ha honrado estos compromisos, es decir, se parece al estilo del oprobioso Gómez en lo que respecta a pagar la deuda. También guarda una deplorable semejanza, cual es la de apresar, perseguir y hostilizar a sus adversarios, sin fórmula de juicio. Gómez mantuvo en La Rotunda a su compadre Carlos Delgado Chalbaud durante 14 años. Los gobernantes de ahora lo imitan. Pero, volvamos a nuestro tema, la deuda, que es mas relevante ya que afecta a la población porque impide ajustes salariales y obliga a pagar nuevos impuestos.
Cuando contraemos deuda, esta puede ser repudiable o productiva. En el primer caso se trata de compromisos adquiridos para pagar imprudencias de familiares, amigos o socios. El deber moral nos obliga a descapitalizarnos en aras de la solidaridad. Recuérdeles que sean mesurados en sus gastos y no aparenten.
También ocurre cuando hemos de pagar los saldos deudores de nuestra tarjeta de crédito torpemente manejada por nosotros mismos, o por nuestra querida cónyuge o por los desaprensivos descendientes. En esta situación hemos demostrado que no es necesario ser gobernantes para incurrir en la torpeza de contraer obligaciones sin asegurarnos de poseer el adecuado flujo de caja para mantener nuestro nivel de vida y pagar deudas, muchas de ellas conspicuas e innecesarias.
Pero la deuda también es reproductiva. Cuando incurrimos en una hipoteca para adquirir vivienda, si bien no obtenemos reproducción del capital, gozamos de una mayor seguridad que es poseer techo propio. ¡Nadie nos va a sacar del apartamento!. Sin embargo, la deuda verdaderamente reproductiva es aquella que nos conduce a incrementar nuestro patrimonio mediante inversiones o negocios. Cuando adquirimos bienes inmuebles, o acciones de empresas solventes, o bonos del estado o papeles comerciales privados o realizamos negocios de corto plazo, estamos actuando inteligentemente porque la deuda es instrumento de superación.