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Socialismo Americano Domingo Fontiveros Domingo, 29 de marzo de 2009
El gobierno federal de los EE.UU. se echó encima la responsabilidad de
la crisis que recibió de la administración Bush. Con mayoría en el
Congreso y una ventaja en la opinión pública, las iniciativas de
Barack Obama están acentuando la capacidad de control del Estado sobre
segmentos medulares de la economía de esa nación, incluyendo banca,
seguros e industria automotriz, con argumentos que políticamente
pesan.
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Las consecuencias futuras superan, no obstante, lo visible en el presente. El déficit fiscal proyectado está por encima del 12% del PIB, que implica un crecimiento acelerado del sector público en la economía. Aunque en el papel los planes apuntan hacia una corrección abrupta en esta materia antes del final del cuatrienio presidencial, las probabilidades de que ello ocurra son remotas. El potencial de crecimiento de este país ha quedado, por el momento, severamente dañado por malas políticas. Antes de Obama, por una dirección financiera nociva a la enarbolada bandera pro-mercado del gobierno Bush, que disfrazó con trucos monetarios las tendencias subyacentes al estancamiento. Ahora, con Obama, por una reversión perversa en el sistema de incentivos que ofrece premiar errores personales, gerenciales y empresariales con subsidios presupuestarios. Lo primero se justificó sobre la base de evitar la recesión. Lo segundo, se justifica ahora para evitar una depresión mayor. Como dicen los críticos de allá, para curar el mal de hoy se aplican como remedio más de las mismas medidas que provocaron el mal en un principio. Por este camino, la mayor economía mundial puede llegar a un punto de inflexión. Con incentivos invertidos en cruciales aspectos de la organización social y económica, y con necesidades financieras del gobierno que superan la capacidad de atender los requerimientos del sector privado, el desplazamiento del mercado crediticio hacia afuera de estos claves motores del crecimiento y la innovación amenaza debilitar las opciones intrínsecas del capitalismo para superarse a sí mismo. Signos de la circunstancia comienzan a verse en las noticias. Entre otros, el gobierno chino, insólitamente, expresa preocupación por la seguridad de sus inversiones en un billón de dólares de deuda americana y plantea, aparte, que los consumidores de este país paguen por la contaminación de las industrias chinas. En otro plano, varios gobiernos estadales y municipales de EE.UU. asombrosamente debaten imponer controles de precios y rentas en sus territorios. ¿Locura antieconómica o economía de la locura? No es improbable que estemos en presencia del inicio de un cambio dramático de paradigma en el sistema económico de los EE.UU., que tendría repercusiones planetarias. Porque la crisis ha jerarquizado, esperemos que temporalmente, a la política por encima de la economía en esta nación, alterando el balance entre ambas con que se ha construido su pujanza. Si no se recupera la posición de lo económico, este país corre el riesgo de europeizarse o, peor aún, latinoamericanizarse. En todo caso, hay que decir que EE.UU. ha hecho mucho más por la solidaridad, la reducción de la pobreza y el avance científico que cualquiera de los países socialistas. Si estos logros le quitan banderas al estatal-socialismo, bienvenido sea otra vez al demo-capitalismo.
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