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Opinión y análisis

Capitalismo y globalización: ¿Responsables de los males del tercer mundo?
Roberto Palmitesta D.

 
Miércoles, 21 de noviembre de 2001

No se puede seguir aceptando alegremente las usuales tácticas politiqueras y escapistas, tendientes a culpar a otros países, o a sistemas económicos de comprobado éxito y fenómenos ineludibles como la globalización, por fallas que son mayormente atribuibles a las dirigencias estatales que nos han gobernado.

En las sesiones de la Asamblea General de la ONU, numerosos mandatarios de países subdesarrollados, incluyendo el de Venezuela, aprovecharon para criticar al capitalismo, culpándolo del alto índice de pobreza existente en el mundo. Simultáneamente, a raíz de la reunión de la Organización Mundial del Comercio que se celebraba en Qatar, algunos medios de comunicación se deleitaron en despotricar contra la globalización del comercio, también culpando a este fenómeno por las inequidades sociales que afloran en muchos países del tercer mundo.

En ambos casos, se nota un intento de desviar la atención de las verdaderas causas de la pobreza y las desigualdades, tratando de buscar chivos expiatorios por los fracasos de los gobiernos de los países afectados en cumplir sus funciones y sus promesas. Lo curioso es que los discursos y los artículos de opinión de esos días estaban llenos de las sólitas generalizaciones banales, reminiscentes de la retórica socialista de otros tiempos, algo extemporáneo y absurdo en vista del estrepitoso fracaso del comunismo en Rusia y Europa Oriental, y de la lenta adopción de sistemas mixtos en los restantes países que se dicen comunistas. Se sabe que tanto Cuba como Vietnam están atravesando dolorosas crisis económicas, mientras el país más comunista del planeta, Corea del Norte, está azotada por hambrunas y no puede sobrevivir sin la ayuda externa.

La misma China –la mayor potencia nominalmente comunista del mundo- ha logrado finalmente ser admitida en Doha como miembro de la OMC, después de tres lustros de esfuerzos, signo de que dicho país cree en el liberalismo económico y la apertura de mercados. En sí, este hecho trascendental debería representar el entierro de las economías centralizadas como instrumento de progreso económico en el mundo moderno, y sin embargo hay países que insisten en regresar a un creciente estatismo como medio para lograr una equitativa distribución de la riqueza. En este discurso manipulador, el capitalismo y la globalización quedan como los demonios responsables del triste estado de cosas en el mundo de hoy, basándose en que la mitad de la población mundial sobrevive en el límite de subsistencia, mientras un contado número de naciones avanzadas disfrutan inmerecidamente de un gran progreso material.

Pero lo que no se dice es que estas últimas lograron su envidiable situación precisamente por adoptar el liberalismo económico y respetar las leyes del mercado, alejándose de excesivos controles y subsidios estatales que no hacen sino entorpecer la iniciativa privada, principal generador de riqueza desde los inicios de la era industrial y responsable de la existencia de una nutrida clase media, consumidora por excelencia de bienes y servicios y por lo tanto el soporte de cualquier economía moderna. En cambio, en todos los países subdesarrollados la clase media es un sector minoritario y decreciente, vapuleada por impuestos y restricciones, y resentida por las clases marginadas por haber logrado salir de ella a fuerza de ahorro, trabajo, y estudios, algo que los sectores populares están poco dispuestos a emprender, afincándose en el paternalismo del estado y las dádivas que –en aras del clientelismo político- perpetúan su dependencia y atraso.

Otro aspecto curioso de los discursos contra el "capitalismo salvaje" (frase muy citada por haber sido pronunciada una vez por el Papa) es que se critica acerbamente al sistema capitalista mientras no se propone ninguna alternativa más práctica y equitativa para lograr el progreso material, todo mientras se practica en casa ese mismo sistema y las élites gobernantes se benefician abiertamente del mismo. En los países atrasados, difícilmente puede hablarse de una justa distribución de la riqueza cuando la mayor parte del fruto de la explotación de las recursos naturales y de las recaudaciones tributarias se destina a financiar una burocracia ineficiente y parasitaria. O sea que, en estos países, los estados existen para financiar casi exclusivamente su propio funcionamiento, entregando muy poco a cambio a la sufrida población contribuyente, pues es muy común la deficiencia de los servicios públicos y el fracaso de planes sociales, mientras escasean las inversiones productivas. Así, los estamentos político y militar, que disfrutan del poder, mantienen un gobierno ordenado sólo en apariencia, ya que la clase media sigue prácticamente desasistida, financiando sus propios planes médicos y educativos, siendo víctima consecuente de la inseguridad y del abuso de funcionarios estatales.

En los discursos pronunciados en la ONU abundaron las críticas a los países desarrollados, a los que se acusa de explotar a las riquezas de los países pobres, y de no compartir su bienestar con el tercer mundo. En el fondo se nota no sólo una velada envidia por el progreso logrado por el "norte" sino la frustración del "sur" por no haber logrado salir de su estado de subdesarrollo, mediante una administración más eficiente de sus recursos humanos, financieros y materiales. Es un complejo de inferioridad muy notable desde hace más de medio siglo, que ha creado un mito muy nocivo, el de la potencia rica y explotadora y los países pobres y explotados, cuando lo que ocurre es la simple competencia comercial que busca el mayor provecho posible. Cualquier otro país haría lo mismo si estuviera en condiciones de superioridad financiera y tecnológica, acorde con el darwinismo social y económico que prevalece desde tiempos inmemoriales. Es el mismo provecho que financia las invenciones y los avances científicos que mueven a la humanidad hacia el progreso y el bienestar. A nadie se puede obligar a que sea enteramente altruista y que regale sus haberes a otros, habiendo fracasado los intentos de cooperativismo y nivelación social en los países comunistas. Y si vamos al caso, la mayor ayuda humanitaria que se destina al tercer mundo procede de los países avanzados, gracias a sus excedentes materiales.

Al mismo tiempo, se nota en los discursos un deseo implícito de recibir más subsidios y facilidades de parte del mundo desarrollado, sea en la forma de condonación de la deuda externa (que aprovecharon sobretodo los sectores dominantes en los países receptores) como de nuevos préstamos de organismos multilaterales, para seguir hipotecando así a las nuevas generaciones con gastos alegres de los actuales estamentos gubernamentales (el ejemplo de Argentina debería bastar).Los conceptos de austeridad y eficiencia siguen siendo extraños en el ámbito de los países en desarrollo, que prefieren seguir con sus tradicionales esquemas de dependencia y corrupción, en aras del facilismo a que han sido habituados por los mismos organismos internacionales que se critican en los discursos contra imperialismos y hegemonías inexistentes. Sin embargo, en estas naciones casi todas las iniciativas gubernamentales para generar riqueza son improductivas y deficitarias por el mismo hecho de que son proyectos sin dolientes -al tratarse de fondos públicos- por lo que son aprovechados por funcionarios inescrupulosos para enriquecerse a la sombra del poder o para financiar burocracias ineficientes en aras del clientelismo político.

Es hora de reconocer la validez de las leyes ineludibles de la economía, que propugnan la propiedad privada junto con la libre oferta y la demanda como base de la economía y el comercio, así como el provecho personal razonable como agente motor del desarrollo. Negar estas obvias realidades, que se basan en tendencias evidentes, es ir contra la historia y la naturaleza humana, como bien lo comprobaron los países comunistas que fracasaron. Ciertamente, hay que combatir ciertas distorsiones del capitalismo y algunas fallas de la globalización, para humanizar un poco más estos procesos, pero sin caer en un paternalismo excesivo ni descartarlos a priori si no se tienen mejores alternativas. En fin, se requiere un capitalismo con sensibilidad social, que ayude a los débiles a superarse pero sin caer en los errores del socialismo, mientras se impone un funcionamiento más controlado de la globalización comercial para evitar ciertos excesos como la especulación financiera y los monopolios, y graves problemas como el creciente desempleo.

Tanto en las reuniones de la ONU como en la OMC se vociferó de nuevo la usual retórica populista, destinada mayormente para el consumo interno y mentalidades poco críticas, mientras no se habla de implementar planes coherentes para salir del subdesarrollo mediante el trabajo constructivo, el ahorro, la previsión, la honestidad y una buena gerencia, valores que escasean visiblemente en todo país subdesarrollado y que se no se estimulan porque atentan contra intereses creados o privilegios inmerecidos. No se puede seguir aceptando alegremente las usuales tácticas politiqueras y escapistas, tendientes a culpar a otros países, o a sistemas económicos de comprobado éxito y fenómenos ineludibles como la globalización, por fallas que son mayormente atribuibles a las dirigencias estatales que nos han gobernado. Ha llegado el momento de aceptar responsablemente nuestras fallas y actuar constructivamente para remediarlas, sin acudir al populismo y sus argumentos simplistas, propios de ideologías fracasadas y de todo gobierno que no ha sabido cumplir eficientemente con su cometido.

E-mail:rpalmi@yahoo.com

 

 

 
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