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Sección: Economía y Petróleo
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La Cumbre de Puerto EspañaLuis Xavier GrisantiViernes, 24 de abril de 2009
La V Cumbre de los 34 jefes de Estado y de gobierno de América no pudo efectuarse en un lugar y en un momento más propicios. Es la primera que se celebra en un país del Caribe. Las cuatro anteriores tuvieron lugar en Miami (1994), Santiago de Chile (1998), Québec (2001) y Mar del Plata (2005). Las dos primeras bajo el mandato de Bill Clinton y las dos últimas bajo el de George W. Bush, cuya huella en las relaciones entre Estados Unidos y América Latina y el Caribe dejó mucho que desear en todos los ámbitos de la relación interamericana. El Caribe insular, esa región mítica, multicultural y multiétnica que es brisera entre el norte y el sur de América, y que en la historia se la han disputado como botín desde piratas hasta imperios europeos, es predominantemente afro-descendiente, y, aunque no se debe sobrevalorar la dimensión étnica del conclave de Puerto España, tampoco debe dejar de notarse como una singular coincidencia -o como una expresión simbólica de un cambio de época-, el que el primer presidente mestizo de Estados Unidos, Barack Obama, inicie su mandato alternando con el primer presidente obrero de Brasil, el primer obispo jefe de Estado del Paraguay, la primera mujer presidenta de Chile y el primer gobernante indígena de Bolivia (aunque con su evidente carga de mestizaje). Venezuela, por su parte, no tenia la primacía en ese mosaico multiétnico, pues desde los albores de la Republica, los venezolanos hemos sido campeones del mestizaje, para bien de nuestra cohesión social, todavía ausente en otras partes del continente americano. Y en este renglón no queda sino esperar que la cumbre sea un granito de arena para extender al resto de América, esa cohesión social que ha mostrado la tradición venezolana, por lo menos la del siglo XX. Y aunque lo étnico tenga un valor importante pero relativo, no hay tampoco que restarle importancia al hecho de que desde el punto de vista mediático –y todo es mediático en la globalización del siglo XXI-, la cumbre de Trinidad y Tobago –cuyo nombre fue dado por el propio Colon en su Tercer Viaje en 1498, cuando también bautizó a Venezuela como Isla de Gracia-, fue un éxito, pese a que el numero dos del Consejo de Seguridad Nacional de Estados Unidos, Denis McDonough, advirtiera que con algunos países hemos comenzado una nueva relación; pero, aunque los apretones de manos, las fotografías y las sonrisas son importantes, no son lo principal. Lo propicio de la cita caribeña radica en que es la primera que se realiza en medio de una crisis financiera y económica de históricas proporciones. A pocos días de la reunión del G 20 en la capital del Reino Unido, valdría la pena conocer con mayor especificidad si los acuerdos de Londres van a traducirse en compromisos concretos en el marco de las cumbres interamericanas. La reforma de las organizaciones financieras internacionales, la cooperación de los organismos multilaterales, la asistencia técnica para la recuperación económica, la flexibilización de los términos de los financiamientos del Fondo Monetario Internacional, del Banco Mundial y del Banco Interamericano de Desarrollo y la ampliación de las líneas de crédito para las infraestructuras, representan un conjunto de temas cuya resolución contribuirá al restablecimiento del diálogo interregional sobre bases concretas y no retóricas. Mención especial merece la propuesta del presidente Obama –aún difusa pero interesante-, sobre el establecimiento de una Alianza Energética para las Américas (Energy Partnership for the Americas). No es la primera vez que se propone algo similar. Recordemos que el presidente Bush (padre), en su Ley de Energía de 1992, incorporó entre su articulado el concepto de Cooperación Energética Hemisférica. Más tarde, en 1994, la primera Cumbre de las Américas también insertó un concepto de igual tenor. En ambos, jugó un papel relevante la diplomacia venezolana de entonces. La primera vez, durante el ejercicio de Simón Alberto Consalvi como Embajador de Venezuela ante la Casa Blanca, y la segunda, por iniciativa del entonces ministro de Hacienda del presidente Caldera, Julio Sosa Rodríguez, siendo Canciller de la República, Miguel Ángel Burelli Rivas. La cooperación energética hemisférica es un concepto relevante para los intereses vitales de Venezuela, que es el país con las mayores reservas de petróleo pesado del mundo y uno de los diez primeros en reservas de gas natural. Venezuela, a través de CITGO, es uno de los principales inversionistas extranjeros de Estados Unidos y empresas estadounidenses también poseen ingentes inversiones en la industria petrolera nacional, en sociedad con PDVSA. Una agenda energética bilateral (EE.UU.-Venezuela) también constituye un factor de significación para profundizar las relaciones ahora que se asoma la posibilidad de una nueva etapa en los tradicionales lazos de amistad y cooperación entre ambas naciones. Puede ser que los temas políticos hayan desplazado a los económicos de la agenda de la cumbre, amén de los percances logísticos y otras peculiaridades que se presentaron. Y en ello hay que reconocer los esfuerzos del Primer Ministro de Trinidad y Tobago, Patrick Manning (ex ministro de Energía y uno de los artífices del gran desarrollo gasífero de esa nación), en limar asperazas y lograr que todos los jefes de Estado y de gobierno salieran satisfechos y bastante contentos. La consecución de una zona de libre comercio de las Américas, que dominó la discusión de las cuatro cumbres precedentes, ni siquiera figuró en la Declaración final. Es un hecho político y señala el ánimo de los gobernantes continentales. El llamado Consenso de Washington pasó a mejor vida y una nueva visión bajo las nuevas realidades demanda un diálogo creativo e innovador que Estados Unidos parece entender con Barack Obama y Hillary Clinton. No obstante, cabe preguntarse: ¿si la Ronda Doha del Desarrollo está estancada desde hace ocho años y el tratado de libre comercio de las Américas medio sobrevive por respiración artificial, a quien beneficia? ¿A quienes perjudica? ¿A los países del Norte o a las naciones del Sur de América? ¿A las naciones grandes o a las pequeñas? ¿A los países con recursos excedentes de energía o a los carentes de energía? Los procesos de integración latinoamericanos están en crisis, la Organización Mundial de Comercio no avanza y la liberalización del comercio interamericano no progresa. ¿Es esto conveniente ahora, precisamente cuando se hace imperativo sacar a la economía estadounidense de la recensión y evitar o minimizar el efecto contagio de la crisis sistémica de la banca norteamericana y europea? Hemos sostenido en el pasado que los acuerdos de libre comercio no son malos per se, y que, por el contrario, si son negociados bien, bajo condiciones de autentica asimetría, con mecanismos de acceso a mercado verdaderos e instrumentos de facilitación del comercio, pueden constituirse en reales coadyuvantes al crecimiento y al desarrollo, sobre todo de las economías mas pequeñas y vulnerables de Latinoamérica y el Caribe. No se necesita tener un doctorado en Economía para saber que los más beneficiados de una paralización de las negociaciones comerciales bilaterales o multilaterales son las grandes potencias industriales y post-industriales, y en segundo término, las grandes economías emergentes. Tarde o temprano debe reconstruirse una agenda comercial con claras muestras de liberalización del comercio para las naciones emergentes. Pensar que sólo con mayores facilidades crediticias de los organismos multilaterales o con paquetes de estimulo fiscal la economía global se va a recuperar saludablemente, es una utopía por las dimensiones de la actual catástrofe financiera mundial. Y ni hablar de la restitución de los flujos de inversión extranjera directa, achicopalados por la contracción económica internacional, que, como sabemos, no ha tocado fondo tampoco. De manera que lo que hizo aguas no fue el tratado de libre comercio de las Américas, sino la forma y contenido del que se estaba negociando bajo un contexto social, económico y político completamente distinto del actual. Es posible que allí le ha faltado iniciativa tanto a Estados Unidos como a Latinoamérica. Claro está, los países que ya cuentan con dichos acuerdos, como México y Chile, o los países con grandes excedentes de energía como Venezuela, no tienen particular interés en que el tema se reabra; pero la alternativa es que se continué en la ruta de los acuerdos bilaterales. De ahí que Colombia no perdió ocasión para darle un carácter estrictamente bilateral a la cita de Puerto España. Lo suyo era lograr el intercambio de visitas entre los presidentes Obama y Uribe para retomar las negociaciones de libre comercio con el señuelo de la lucha contra la guerrilla y el narcotráfico. Si a todo lo anterior agregamos los temas políticos, como la reincorporación de Cuba al sistema interamericano, la eliminación del anacrónico embargo a la isla, el perfeccionamiento de las democracias, la transparencia de las instituciones, el recrudecimiento del presidencialismo, las violaciones de los derechos humanos (del Norte y del Sur de América), debemos concluir que no la tenia fácil el novel mandatario estadounidense, que debió sobrellevar el pesado fardo de la sombría era de Bush. Pero el antiguo profesor de Derecho de la Universidad de Chicago salió airoso del desafío. Con su carácter afable y su inteligente frase: vengo a aprender y a estudiar…no quiero una política para América Latina sino una política con América Latina, desechó la actitud de cowboy del Lejano Oeste. No en balde uno de los movimientos inteligentes del antiguo activista comunitario de Chicago fue nombrar como Asesor Especial para la Cumbre de las Américas al veterano diplomático, Jeffrey Davidow, ex embajador en Venezuela y México y ex subsecretario de Estado para Asuntos Interamericanos durante la presidencia de Bill Clinton. Y es aquí donde el presidente Obama y su secretaria de Estado Hillary Clinton tienen el mayor reto. O mantienen un status quo de benign neglect, tan tradicional en su país, o encausan el dialogo político sobre la base de una agenda constructiva, realizable y centrada en los retos del desarrollo democrático, social y económico interamericano. |
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