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El mercado cambiario y las ideologías en la historia Simón Saba Lunes, 16 de febrero de 2004
Uno de los grandes deseos de los seres humanos de todos los tiempos fueron la paz y la estabilidad. En la antigüedad, pasaban generaciones sin que se registrara cambio alguno en el nivel o modo de vida, o en la tecnología. Da igual haber vivido hace 7 mil que hace 6 mil años. La tecnología no varió mucho de la época de Julio César a la de Septimio Severo o Diocleciano. Y ejemplos podemos seguir mencionando.
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En economía sucede lo mismo. Uno de los ideales es que todos los precios, incluyendo el de las monedas extranjeras, se mantengan estables en el tiempo. Sin embargo, la sociedad moderna no es estable, siempre está variando, y más en países como el nuestro, donde la población todavía crece. La economía clásica se basó también en las ideas de la estabilidad y equilibrio. Así, poco a poco terminaron imponiendo el “patrón oro” desde la época de 1870 hasta 1914, que fueron las épocas más férreas del capitalismo más rancio, cuando llegó a sus extremos. No obstante, era una estabilidad nominal, porque los pánicos bursátiles y las crisis mundiales o nacionales se sucedían con frecuencia. Al iniciarse la Primera Guerra Mundial, el patrón oro quedó suspendido, en espera de su retorno triunfal. Al terminar la conflagración, hubo numerosos intentos de regresar a él, y también otros experimentos monetarios, y así el mundo vivió sus mayores crisis económicas conocidas en la historia, por razones ajenas a una catástrofe u otro motivo de fuerza mayor. Desde 1918 hasta 1939 el desempleo llegó a niveles récord todavía no superados en los grandes países capitalistas. Se llegó a hablar del final del capitalismo, y se pensó que las predicciones marxistas se estaban cumpliendo al pie de la letra. Como sucede, para anotarse a ganador, muchos también se pasaron al bando de la izquierda. En otros países, como en Alemania e Italia, hubo una fanatización que llevó al fascismo y al nazismo. Pero tuvo que ser la política económica de Hitler, formalizada y teorizada por John M. Keynes, la que cambiara el rumbo de la historia, y que salvó al capitalismo. Empero, así como el fanatismo del patrón oro había llevado al mundo a los extremos más bajos en lo que a economía se refiere, el keynesianismo también se fanatizó y se exageró. Si antes de 1936 todos eran clásicos (y la única alternativa era ser marxista), en la década de 1960 se decía “todos somos keynesianos”. Con la fanatización del keynesianismo vino la crisis, y a inicios de la década de 1970 fueron abolidos los remanentes del patrón oro, al mismo tiempo que surgió una nueva escuela económica: el monetarismo. El monetarismo era un retorno parcial a los principios de la economía clásica. Su fundador fue el norteamericano Milton Friedman. Sus principios eran: lograr la estabilidad monetaria; la liquidez monetaria no debe crecer más rápidamente que la producción; lo más perverso y el mayor mal que tiene la economía es la inflación, que es hasta peor que el mismo diablo (no estoy exagerando); no importa que haya desempleo, lo que hay que evitar es la inflación; lo que pasa en el mercado monetario es lo que más influye en lo que pasa en el resto de la economía; la economía siempre tiende al equilibrio; hay que lograr la independencia total y absoluta de los bancos centrales; el gobierno no debe intervenir en la economía; hay que reducir al mínimo necesario el gasto público; en lo político era de corte muy conservador, parecidos al actual gobierno de George W. Bush. Rápidamente, la escuela monetarista fue ganando adeptos, y surgieron otras escuelas de corte clásico, como los neoclásicos, los del lado de la oferta, los de las expectativas racionales, y hasta los ultramonetaristas (donde se anotó el hijo de Milton Friedman, Benjamin). Actualmente, es la escuela económica (junto a sus derivadas) que predomina en la banca central en la mayoría de los países del mundo, e “invadió” a todos los organismos financieros multilaterales, donde destacan el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, paradójicamente, creación de John M. Keynes. En otras partes del mundo
Si bien hablamos de la economía clásica, de la keynesiana, y de la monetarista, no en todo el mundo se dejaron llevar por esas escuelas. En un lote de países predominó el socialismo, y un grupo menos polémico, en América Latina, se afilió al “estructuralismo” o “cepalismo”. Por ser un híbrido de keynesianismo y marxismo, con algo propio, no se interesó tanto por la estabilidad de los precios ni por la estabilidad monetaria o cambiaria. Su objetivo era alcanzar el desarrollo económico y material de estos países. Por supuesto, hay una premisa fundamental: se le puede pedir a un país rico que busque la estabilidad económica general, pero ¿se le puede pedir lo mismo a un país pobre? Se le estaría pidiendo que la pobreza fuera permanentemente estable. Así, gracias al estructuralismo, con algunas premisas, como la sustitución de importaciones, el nacionalismo económico, el rechazo a las inversiones extranjeras (preferían endeudar a los países para desarrollar los proyectos industriales antes que permitir que se instalaran las empresas transnacionales en sus países), la indiferencia a la inflación y a la depreciación de las monedas nacionales, entre otras, llegaron a tener respaldo en su momento de los organismos multilaterales, antes de que fueran “colonizados” por el monetarismo. Como otras escuelas económicas, también llegó a la exageración y el fanatismo (y a la corrupción), y las elevadas deudas externas terminaron hundiendo a los países que eran abanderados de esos modelos económicos (Brasil, Argentina, Chile). Sin embargo, y es justo reconocerlo, dejaron algunas economías total o parcialmente diversificadas e industrializadas, aunque con tremendas diferencias sociales y económicas, como Brasil, Argentina, Chile, Venezuela y México. El paso de la economía agrícola a la semiindustrial se hizo gracias al estructuralismo, y los parques industriales que actualmente poseemos se iniciaron en esa época, específicamente en las décadas de 1950 a inicios de 1980. Después el monetarismo y sus derivados invadieron todo, tanto a los economistas locales, sus gobiernos, sus bancos centrales, el FMI, las universidades, y hasta la izquierda son monetaristas. Sin embargo, a pesar de todas las crisis producidas desde 1980 para acá, todavía ninguna se iguala a la Gran Depresión de la década de 1930. Tipo de cambio y reflexiones
Nuestro interés es comparar las preferencias por los sistemas cambiarios y las ideologías. En este aspecto, el cambio fijo (en todas sus variantes) es una de las bases fundamentales de la economía clásica, neoclásica, monetarista y afines. Es parcialmente importante para las escuelas marxistas, pero no fundamental. Para los keynesianos no es muy relevante, aunque si es preferible, pero no hacen de ello un punto de honor. Y para los estructuralistas (y cepalistas), el cambio, fijo o variable, es solamente un instrumento para alcanzar el desarrollo económico y material. Ahora, si alguien me preguntara sobre cuál escuela económica es la que ha dado los mejores y los peores resultados para los países pobres, yo diría que todas han tenido su parte buena y su parte mala. La parte mala casi siempre viene acompañada por las exageraciones y el fanatismo de unos ideales, igual como sucede en política, etnicismo, religión, y otras fuentes de división entre los humanos. Otra observación que uno hace es que las crisis frecuentes y las megacrisis económicas y sociales se produjeron cuando las autoridades estaban tratando de conseguir la estabilidad monetaria y, por ende, la cambiaria. Mientras tanto, después que los principales países adoptaran tipos de cambio flotantes en la década de 1970 no es que no ha habido más crisis, pero ya no son de la magnitud de las de antes. Países como el nuestro todavía no se resignan a la necesidad de adoptar cambios flotantes, y siguen experimentando, y por ello, cada vez que creen sus autoridades que están cerca de alcanzar las llaves del éxito con la estabilidad, les estalla en la cara, como ha sucedido en Argentina, en Brasil, en Venezuela, y otros muchos países varias veces. Intereses particulares e ideologías
¿A qué viene todo esto? A que en los últimos tiempos los partidarios de cada punto de vista acusan a sus oponentes de pertenecer al bando opuesto, como si ello fuera una ofensa. Por ejemplo, muchos “izquierdistas” acusan a los “devaluacionistas” de pertenecer o hacerle el juego a la derecha y al FMI, lo cual es totalmente contrario y opuesto a la realidad y a la esencia misma de las ideologías que están en juego. Asimismo, muchos opositores de derecha acusan al gobierno de Chávez de ser de tinte izquierdista y “castro-comunista”, pero cuando se contrasta con los hechos, tenemos que en su primera etapa, la política cambiaria buscó la estabilidad a toda costa, y luego, cuando por la fuerza se vio obligado a devaluar, impuso un control con tasa de cambio fija (lo más cercano posible a las escuelas monetaristas o neoliberales). Según eso, entonces ni Chávez es de corte izquierdista ni los “devaluacionistas” son derechistas. Esa es otra de las ficciones que hay en la política venezolana, y por eso tenemos tan malos resultados, porque los problemas están incorrectamente identificados, mal diagnosticados, y por lo tanto, las buenas soluciones, cuando se dan, son solamente obra de la más absoluta casualidad. Y al igual que en el resto del mundo en todas las épocas históricas, cuando se fanatizan los puntos de vista, pasamos a la irracionalidad. Pero veamos a quién le conviene la devaluación y a quién el cambio fijo, y hasta la revaluación. Dado que una devaluación frena las importaciones y estimula la producción nacional, los beneficiarios serían los desempleados, los que están en la economía informal en contra de su voluntad, los agricultores, los industriales nacionales y sus trabajadores, los obreros de la construcción, y afines (es decir, las grandes mayorías). Los perjudicados en una devaluación son los importadores, los que consumen bienes de lujo generalmente importados, los que aman y tienen con qué vacacionar en el exterior, los que tienen sus familiares en otros países (por ser inmigrantes, emigrantes, becarios, diplomáticos, ejecutivos, funcionarios especializados, etc.), ..., y también, los únicos que se merecerían una caridad social, los enfermos que necesitan medicamentos producidos en el exterior (o sea, una minoría de la población sería la perjudicada). Creo que la dependencia a esos factores de interés es más importante que las ideologías al momento de formular una opinión. (*) Economista, M.Sc. |
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