El comisario europeo de Asuntos Monetarios, Pedro Solbes, tiene la sana intención de que la zona euro tenga su propio y específico indicador de confianza. Pero los primeros pasos de ese euroindicador no han sido exactamente un gran éxito. Publicado por primera vez en noviembre, entre la indiferencia general, dar con él en la sopa de cifras de los bancos de datos de la Comisión Europea o de las agencias de prensa no es tarea fácil.
El nuevo indicador del euro se pierde en un marasmo de indicadores oficiales y oficiosos, se confunde con el proyecto de crear una lista de indicadores estructurales y coincide en el tiempo con la novedad de que el Banco Central Europeo publique sus propias previsiones de coyuntura. De momento, el indicador del euro no ha cumplido el que debería ser su principal objetivo: convertirse en la primera referencia para los mercados sobre el clima de confianza en la economía de la zona euro.
Para añadir algo más de confusión, la publicación del primer dato del indicador de la evolución del clima de negocios en la zona euro ha entrado en contradicción con la evolución del tipo de cambio. Precisamente cuando el euro empezaba a estabilizarse, acariciando la subida que ya se vive estos días, el primer indicador publicado perfiló un horizonte negativo sobre el futuro económico en la zona euro. El dato publicado en noviembre, y que recoge el pálpito de los negocios europeos en el pasado mes de octubre, quedó establecido en 1,40 unidades, bastante alejado del 1,73 que hubiera reflejado en junio.
El índice se elabora a partir del estudio mensual sobre el clima de confianza de empresarios y consumidores, el llamado Bussines and Consumer Survey, que publica la dirección general Ecofin (Economía y Finanzas) de la Comisión Europea. Se hará público cada mes inmediatamente después de que se divulgue ese informe. El próximo indicador se hará público el lunes 8 del mes de enero.
Otro factor de confusión en torno al indicador de la zona euro ha sido el hecho de que haya coincidido su publicación con las negociaciones en torno a los llamados "indicadores estructurales". Si el primero pretende medir la confianza de los agentes económicos y el público en la moneda europea, el segundo quiere marcar el camino de los Gobiernos hacia el liberalismo. Se trata de una lista de indicadores y valores de referencia ceñidos al empleo, la innovación, la reforma económica y la cohesión social, de acuerdo con las directrices del Consejo Europeo de Lisboa sobre la denominada nueva economía.
La Comisión ha propuesto 27 indicadores que el Ecofin recortará de forma drástica en las próximas semanas antes de que la lista definitiva sea aprobada en el Consejo Europeo de Estocolmo, la próxima primavera. Se trata de comparar esos valores de referencia de cada uno de los Estados miembros para "detectar dónde existe un margen de mejora dentro de la Unión y alentar a los Gobiernos de los Estados miembros a proseguir reformas más enérgicas en dichos ámbitos", subraya el equipo del comisario Pedro Solbes.
También el Banco Central Europeo (BCE), bajo la polémica dirección del holandés Wim Duisenberg, quiere aportar materia prima a la sopa de letras. La confusión de indicadores y pronósticos crece tras la decisión de la autoridad monetaria de hacer públicas sus propias previsiones macroeconómicas. Las primeras, divulgadas esta misma semana, pronostican un crecimiento de entre el 2,6% y el 3,6% en 2001 y una tasa de inflación de entre el 1,8% y el 2,8%.
El BCE imita así, aunque con amplísimas horquillas, las previsiones económicas que la Comisión Europea publica en primavera y otoño y que se han convertido en una de las referencias más sólidas sobre la evolución de la economía comunitaria. Las previsiones de Bruselas contaron con la gran ventaja de que en los años previos a la criba del euro eran la mejor guía para pronosticar qué países iban a acabar formando la moneda europea. O al menos cuáles estarían en condiciones de cumplir los criterios establecidos en el Tratado de Amsterdam.