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Libre comercio y ceguera politica del partido demócrata
Emilio Nouel V.

Lunes, 21 de abril de 2008

Aparte de los desatinos de la estrategia negociadora del gobierno colombiano, la posición que ha asumido el partido demócrata norteamericano de cara a la aprobación del Tratado de Libre Comercio con Colombia, es farisaica e inexcusable.

La ceguera política que demuestra esta conducta no puede ser mayor. Sería de lamentar que fueran sólo exigencias electorales y/o presiones de sectores económicos y sindicales domésticos las que estén imponiendo la orientación de este partido en materia tan importante no sólo para Colombia, sino para todos los países del hemisferio.

Como es de conocimiento público, Colombia inició las negociaciones de un TLC con EEUU en el año 2004 y sólo se esperaba por la aprobación del Congreso norteamericano, el cual la ha pospuesto sine die. Este tratado, como los de otros países de la subregión andina, viene a sustituir otro de naturaleza preferencial con EEUU, cuya fecha de vencimiento se ha producido.

Para oponerse a él, los demócratas en el Congreso, por conveniencia, han blandido argumentos de asociaciones sindicales y de derechos humanos, que señalan que en Colombia no son protegidos los líderes sindicales y sus derechos humanos. En efecto, J. Sweeny, de AFL-CIO, ha declarado que el TLC propuesto no merece apoyo hasta que los trabajadores colombianos puedan ejercer sus derechos sin miedo y amenazas.

Pero lo cierto es que las cifras más recientes indican que estos condenables asesinatos han bajado sustancialmente; de allí que el alegato no tenga el peso que se le quiere dar y nos haga pensar en otro tipo de motivaciones.

En consecuencia, este proceder es criticable, por ser contrario al discurso que los demócratas han sostenido siempre en punto a las relaciones de cooperación económica y paz de la región.

Obviamente, queda claro que la postura demócrata es reflejo de una corriente interna de opinión muy extendida en EEUU que persigue una suerte de repliegue internacional de ese país. Para muchos norteamericanos, EEUU no debería inmiscuirse mucho en asuntos más allá de sus fronteras. A esto se suma la ola de proteccionismo económico que se nota en el mundo desarrollado como consecuencia de la crisis financiera que se atribuye a la globalización.

Igualmente, los precandidatos demócratas se inscriben en una tradición que no es muy entusiasta con el libre comercio, aunque, en honor a la verdad, en la práctica no han sido muy consistentes con ese lineamiento. Baste recordar, por ejemplo, que el ex presidente Clinton impulsó decididamente el libre comercio en el hemisferio.

No obstante, es preocupante que H. Clinton y B. Obama planteen la rediscusión del NAFTA, el cual, por cierto, ha demostrado a las voces agoreras que pronosticaban la debacle para México, que aquel esquema comercial, por el contrario, lo ha favorecido ampliamente.

Sin embargo, es una mala señal para el resto del continente que desea una apertura mayor de las fronteras comerciales del socio más importante, EEUU.

Esta actitud contrasta con la de los republicanos. La Secretaria de Estado, Condoleezza Rice, y el candidato presidencial John McCain, han tomado partido por la defensa del TLC con Colombia y su aprobación en el congreso.

Pareciera que los demócratas, en su encarnizada oposición a Bush, han perdido de vista la trascendencia que tiene más allá de lo comercial y desde el punto de vista de la dinámica general hemisférica, la aprobación de este TLC. Sin duda, están exhibiendo pequeñez de miras, y objetivamente, favorecen a quienes pretenden seguir desestabilizando la región, y de paso, acorralar al gobierno colombiano.

En un mundo interdependiente como el que vivimos, los problemas de todos, nos guste o no, son compartidos, y las fronteras político-territoriales están sólo en los mapas; la realidad es una sola, planetaria. De allí que la estabilidad y la paz de Colombia sean también las nuestras.

Para Venezuela, es crucial que el hermano país resuelva sus problemas más graves, frente a los cuales no podemos permanecer indiferentes. Darle largas a la aprobación del TLC es cerrarle posibilidades a Colombia de salir adelante en sus planes de desarrollo, de mejoramiento de sus condiciones de vida y de logro de la paz. Aunque este TLC no es la panacea para tales planes, impedir que él se concrete y traiga sus beneficios positivos, podría significar que aquellos problemas se potencien y proyecten con más fuerza hacia toda la región, repercutiendo también en la seguridad de EEUU.

emilio.nouel@gmail.com

 
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