El papelote de los bancos centrales Santiago Ochoa Antich
Lunes, 10 de octubre de 2005
Mientras mayor sea la oferta de un bien, menor será su valor y viceversa. El M3 de los Estados Unidos en 1990 era de 4 billones de dólares (Billones nuestros). En la actualidad es de alrededor de 9,6 billones. ¿Qué quiere decir esto? Yo lo interpreto como que el valor de cada dólar norteamericano se ha reducido a la mitad en la última década. O sea que si alguien era el feliz poseedor de una fortuna de 1 millón de dólares en 1990, hoy debería tener no menos de 2 millones de dólares para conservar un valor idéntico, quizás algo más.
Con raras excepciones, en todas las décadas ha ocurrido algo parecido. Sin embargo, el 2 de enero de 1990, el M3 norteamericano era de 4,0917 billones y el 1 de enero de 1995, de 4,3909. Esto es un aumento razonable de 300 millardos para todo un lustro. Con razón el dólar en esa época se revaluó. No fue por mucho tiempo, empero, porque como ya lo hemos dicho, en la última década se ha más que perdido la mitad de su valor.
Un estudioso del mercado, Adam Hamilton, escribió en 2001 que “En términos reales, tomando en cuenta la deflación producida por el M3, el Dow en 9000, después de 40 años, hubiera producido a los inversores una pérdida de 1,2 por ciento promedio anual sobre su capital. A esa tasa, un inversionista hubiera visto su capital reducido en 40 años en alrededor de una tercera parte. La Reserva Federal norteamericana aumentó la oferta de dinero del M3 tan irresponsablemente y tan rápido, un 8 por ciento anual compuesto, que el pobre Índice Industrial Dow Jones no pudo ni siquiera mantenerse. En términos del M3, el Dow se hundió de 622 en 1960 a 436 en febrero de 2001. Por lo tanto, el mito de que las acciones norteamericanas no sucumben a la inflación ha sido destruido.
“La inflación le importa a todo inversor. La inflación es el más peligroso de todos los factores macros que afectan a las inversiones en países con monedas que no fluctúan. Los promotores de Wall Street que señalan que en Estados Unidos no hay inflación y de que las acciones dan Buenos rendimientos a largo plazo en ambientes inflacionarios están completamente equivocados. Quienes aplauden la visión de la burbuja son quizás tontos o actúan de una manera intencionalmente engañosa. A todos aquéllos que van a la televisión a declarar que la inflación actual o bien es irrelevante o ha muerto, deberían amarrarlos a una silla, sujetarle los párpados con esparadrapo y forzados a memorizar los gráficos del índice del costo de vida, el M1, el M3 y el rendimiento de los índices de las acciones norteamericanas en las últimas décadas.”
La voz del amo
El precio del oro, como todos sabemos, depende del valor del dólar. ¿Cómo es que, entonces, cuando el dólar comenzó a depreciarse en 1995, el precio del oro continuó bajando hasta llegar a US$225 en 2001? Pues, porque los bancos centrales de las naciones industrializadas se dedicaron a vender sus reservas con el objeto de reducir su precio. ¿Se trató de una conspiración? ¿Cómo podemos decirlo? Pero de que se trató de movimientos altamente sospechosos, no cabe duda alguna.
Sin embargo, para 2001 estas ventas cesaron. De ahí en adelante, el valor del dólar con respecto a otras monedas, especialmente el euro y el yen, se desplomaría paulatinamente. El déficit fiscal norteamericano fue la principal causa. Pues la inflación es producto de una sola cosa: la negativa de los gobiernos a aumentar los impuestos cuando incrementan sus gastos, porque los impuestos son impopulares. Se prefiere, entonces, el impuesto más dañino, el de la inflación. La guerra en Afganistán y la más costosa aún de Irak combinadas con la reducción de los impuestos a las corporaciones y a los más ricos norteamericanos, obra de la presente administración conservadora de George W. Bush, conducirían a un gasto deficitario similar al de todas las décadas en Estados Unidos, que solo puede ser equilibrado con la maquinita de hacer dinero de la Reserva Federal.
¿Cuál fue la consecuencia más directa? El alza de las materias primas, especialmente el oro y el petróleo. Éste pasó de 30 dólares en 2001 a los 60 de la actualidad. Porque el dólar se devaluó un 50 por ciento.
No aprendemos nada
Es el mismo cuento de los 70. Cuando Richard Nixon devaluó el dólar y lo retiró del patrón oro, el valor del dólar se redujo. Para 1974, 130 dólares valían lo mismo que 35 de 1969. Para 1980, llegó a 600 dólares.
En Venezuela y el resto de los países petroleros se creyeron el cuento de que nadaban en la abundancia. Igual ocurre hoy día.
En 1976 comenzamos a tomar lo que hoy conocemos como la deuda eterna, en la creencia de que los precios petroleros continuarían subiendo y sería fácil pagarla. Sin embargo, la Reserva Federal tenía preparada una sorpresa. Eso y las medidas conservacionistas puestas en práctica en los países desarrollados, así como el ingreso al mercado petrolero de los yacimientos del golfo de México, el mar del Norte y Alaska, permitieron que el dólar se revaluara. El precio del oro bajó a 400, pero la deuda tomada con dólares menos costosos ahora nos la cobraban a dólares mucho más caros. No sólo eso, sino que para 1983 producíamos en Venezuela mucho menos petróleo que en 1969.
Recuerdo que en 1969, Venezuela era el segundo exportador de petróleo. Alrededor de 4 millones de barriles salían cada día para el exterior. Ahora, sólo 2,1 millones. En 1969, la población venezolana era de 10 millones de habitantes; ahora somos 25 millones. Esto es, el ingreso petrolero per cápita se ha reducido a menos de una cuarta parte del de 1969. Como la actividad petrolera constituye una tercera parte del Producto Bruto Interno y es su motor, tenemos que estar hoy, en comparación con la época de la primera administración de Rafael Caldera, mucho, pero mucho más pobres, pues, como dijimos arriba, no importa que la cesta petrolera venezolana promedie 53 dólares el barril, si esos 53 dólares tienen el mismo poder adquisitivo que los 2,5 dólares que recibíamos en 1969.
El Banco Central de Venezuela
Se ha dicho hasta el cansancio que el BCV, con Chávez, ha perdido su autonomía. ¿Es que alguna vez la ha tenido? ¿Es que algún banco central de cualquier país desarrollado, cuando no subdesarrollado, realmente cumple ese papel autónomo de vigilar el valor del dinero? Claro que no. Desde Alan Greenspan hasta Domingo Maza Zavala no hacen otra cosa que atender los requerimientos del Ejecutivo. Así hemos visto como el respetado zar de las finanzas norteamericanas ha aumentado el M3 en la última década de 4,2 billones de dólares a casi 10 billones, con el objetivo de financiar con un impuesto oculto más dañino para los más pobres, el enorme déficit producido por las políticas de su amo. ¿Quiénes han sido los beneficiados con esa política? Los bancos comerciales, eso lo sabemos todos.
Igual ocurre en Venezuela. Con una inflación del 15 por ciento anual, el bolívar debe devaluarse cada cinco años a la mitad, con lo que quiero decir que el dólar costará el doble cada cinco años. ¿Quiénes son los grandes beneficiarios? Las instituciones financieras privadas. O es que no han visto sus estados de ganancias y pérdidas. Si yo fuera banquero me diría: “A mí que me den otro gobierno “comunista” como el de Chávez”. Porque, ¿Cómo va a ser comunista un gobierno que sólo piensa en impuestos? Mantiene un IVA altísimo del orden del 14 por ciento, un impuesto indirecto que pecha por igual al más rico y al más pobre, mejor dicho le cobra más al más pobre, porque a éste le quita la comida de la boca, mientras a aquél sólo algún gustito dispendioso. Igual sucede con el IDB. Impuesto a la clase media se traslada a los más pobres.
(*): Santiago Ochoa Antich es diplomático de carrera, politólogo, periodista y miembro de Debate Ciudadano. Fue Embajador de Venezuela en Austria, Canadá, Jamaica, Paraguay, San Vicente y las Granadinas, El Salvador y Barbados.