Caracas, Jueves, 17 de abril de 2014

Sección: Enfoque Económico

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Los cuatro mundos y la medición del bienestar

Roberto Palmitesta D.

Jueves, 9 de mayo de 2002

Hasta el derrumbe del comunismo europeo a principios de los 90, el planeta se dividía en tres mundos diferenciados en términos de bienestar material, aspecto que se medía mayormente por su Producto Anual per Cápita (PAPC), el que resulta de dividir el Producto Interno Bruto (PIB) entre la población existente.

Los cuatro Mundos

Así, existía un Primer Mundo compuesto por los países anglosajones de Norteamérica y Oceanía, y los de Europa Occidental, con el Japón completando el cuadro en una posición honrosa. En 1988, el PAPC de este grupo oscilaba ampliamente, desde 10.000 hasta 30.000 dólares, con los países del sur de Europa (España, Portugal, Grecia) en el extremo inferior mientras que Suiza , Japón, los países escandinavos y EE.UU. ocupaban el superior. Algunos países petroleros como Kuwait y los Emiratos Arabes Unidos también formaban parte de este mundo, aunque la desigualdad social era evidente ya que la riqueza se concentraba en pocas manos. Es interesante destacar que en este club privilegiado se consume las tres cuartas partes de los recursos del planeta, teniendo apenas la quinta parte de la población mundial. En la terminología moderna, este primer mundo se denomina de Altos Ingresos y -como dato curioso-. el país puntero es actualmente el Gran Ducado de Luxemburgo, mientras EE.UU. ocupa el séptimo lugar detrás de Liechtenstein, Suiza, Bermuda, Japón y Noruega.

El Segundo Mundo lo integraban los países del bloque soviético, con un modesto PAPC entre 5.000 y 10.000 dólares, aunque sus poblaciones disfrutaban una variedad de servicios públicos de calidad (educación, salud, seguridad social) que conformaban el punto fuerte del sistema comunista. Sin embargo algunos países como Argentina, Uruguay, Chile y Sudáfrica, -junto con algunos petro-estados y “tigres asiáticos”- también clasificaban en este Segundo Mundo en base a su PAPC, aunque las mayorías no disfrutaban de servicios eficientes como en el bloque comunista europeo y había una deficiente distribución de la riqueza (fenómeno que todavía persiste). Con el derrumbe del bloque soviético hace una década, el Segundo Mundo pasó a integrar el grupo de países con Ingresos Medianos, junto con muchos países emergentes en franco desarrollo.

En esa época, el Tercer Mundo lo conformaba el resto de las naciones, con su PAPC oscilando entre 5.000 y unas centenas de dólares. Pero ya para entonces se hizo necesaria una distinción entre los países pobres y los “muy pobres”, obligando a inventar una nueva categoría, el “Cuarto Mundo”, con ingresos promedio inferiores a los 800 dólares anuales, caracterizado por países como Bangladesh, Haití, Bolivia, Nicaragua, Honduras y la mayoría de los países de Africa Ecuatorial, Asia Central, Polinesia y el Sudeste Asiático, que ahora integran el grupo de los países claramente atrasados, o de “Bajos Ingresos”. Curiosamente, la progresista China también estaba en este grupo debido su gigantesca población, que hacía promediar sus visibles logros económicos entre más de un millardo de habitantes.

Se esperaba que la situación económica después de la guerra fría iba a mejorar sustancialmente para muchos países subdesarrollados, pero no fue así por una variedad de razones, entre las cuales se destacan la ineficiencia administrativa, la baja productividad y la corrupción. Así, mientras los países del Primer Mundo se desplazaron hacia la parte superior de su escala de PAPC –e incluso la superaron, llegando algunos a los $ 40.000- los países socialistas del Segundo Mundo empeoraron invariablemente su calidad de vida debido a la difícil transición entre el sistema comunista al capitalista, que dejó a vastos contingentes de personas en la pobreza, sin la protección de un estado paternalista y por ende sin el disfrute de ciertos servicios básicos. Asimismo, estos países carecían de la infraestructura industrial y comercial para competir favorablemente con el resto del mundo, ante el avance de la globalización, lo cual causó una fuerte baja en el PIB y su bienestar material promedio.

Igualmente, aunque por motivos diferentes, la mayoría de los países capitalistas del Tercer Mundo, aquejados generalmente por diversos grados de inestabilidad política, fueron incrementando sus niveles de pobreza y desempleo, algo que se trató de frenar a base de préstamos de los países industrializados y entes financieros multilaterales, llegando a acumular una gigantesca deuda externa que prácticamente ha paralizado su desarrollo. Aún si esta deuda se llegara a condonar o reducir, pasará mucho tiempo para que las estancadas economías del Tercer mundo se recuperen, pues ante todo habrá que mejorar la eficiencia y productividad. Esto, contando en que se reducirá al mismo tiempo la inestabilidad política y la inseguridad –jurídica y personal-, responsables de la constante fuga de capitales hacia el Primer Mundo, que deja a estos países prácticamente sin inversiones internas y muy dependientes de los cautelosos empresarios foráneos para generar nuevos empleos.

Obviamente, el Cuarto Mundo está ahora en una posición aún peor, con una brecha gigantesca respecto no sólo con el Primer Mundo (con rentas promedio casi cien veces mayor) sino también con el mismo Tercer Mundo, que lo supera cerca de diez veces en su bienestar relativo. (Incidentalmente, Venezuela ha estado consistentemente dentro del Tercer Mundo, con PAPC que oscilan entre 3 mil y 5 mil dólares, gracias mayormente a su cuantiosa renta petrolera, pero en la nueva clasificación se considera como de Ingresos Medianos, ocupando –según la ONU-- el puesto 74 en una lista de 206 países, con Etiopía en el último lugar).

Es evidente que el PAPC no es el mejor indicador del bienestar o prosperidad, pues no considera ciertos factores sociales y toma en cuenta sólo los bienes producidos y los servicios prestados. Algunos de estos pueden ser perjudiciales, como la producción de cigarrillos, armas y servicios asociados con el narcotráfico, o los seguros pagados para reparar el daño causado por la contaminación, las catástrofes y las guerras. Tampoco indica la distribución real de la riqueza, el valor adquisitivo interno del ingreso promedio y la rapidez excesiva con que se explotan los recursos naturales.

Nuevos indicadores

Por eso, en los años recientes se ha añadido un grupo de factores para medir el nivel de bienestar, adicionalmente al PAPC, llegándose a adoptar nuevos indicadores como, el Indice de Desarrollo Humano (IDH) y el Bienestar Económico Neto (Net Economic Welfare o NEW ) -este último diseñado por el economista J. Tobin- con los cuales se puede evaluar de manera más realista la relativa calidad de vida de las naciones. El IDH, adoptado por la ONU, se basa esencialmente en el IAPC, el índice de alfabetismo y la expectativa de vida, pero el NEW y otros indicadores modernos toman en cuenta muchos otros factores, como la mortandad infantil, las calorías diarias ingeridas, el número relativo de médicos, educadores y estudiantes, el volumen de vehículos, teléfonos, neveras, radios, televisores y computadoras por millar de habitantes, el consumo promedio de electricidad, metales y plásticos, el acceso al agua potable e instalaciones sanitarias, el número de bibliotecas y periódicos, las vías de comunicación (carreteras, aeropuertos, trenes, ), etc. También influyen en la evaluación final algunos factores negativos como el desempleo, la pobreza, la inflación y el deterioro ambiental, los cuales reducen significativamente la calidad de vida.

Sin embargo, la clasificación en cuatro mundos sigue vigente y el PAPC sigue siendo el indicador más utilizado, pues a final de cuentas todo bienestar material está relacionado con la actividad económica. Este punto clave es generalmente ignorado por muchos gobiernos del tercer y cuarto mundos, que se alejan de prácticas probadas para la generación de la riqueza centradas en el conocimiento, la iniciativa y la productividad. Los gobiernos populistas no entienden que sin la generación de riqueza no hay acumulación de capitales, y por ende no hay nuevas inversiones y la creación de puestos de trabajo, importantes a su vez para generar nuevos consumidores que estimulen el ciclo productivo. Asimismo, sin riqueza, tampoco el Estado tendría una base tributaria y fiscal para prestar buenos servicios sociales. Gracias a la triste experiencia del mundo comunista europeo, ya se ha visto que el estado -por sí sólo- no puede atender eficazmente todos los aspectos socioeconómicos antes mencionados, por lo que se necesita el aporte de la iniciativa privada y cierta competitividad para proveer toda una serie de condiciones favorables al crecimiento económico.

Pero mientras el antiguo Segundo Mundo tiene grandes posibilidades de lograr un desarrollo razonable en un futuro cercano -por la ventaja de tener recursos humanos preparados y una buena infraestructura asistencial e industrial- los del Tercer y Cuarto mundos, padecen todavía un alto grado de corrupción, inercia y paternalismo estatal. Por esto, difícilmente lograrán salir de su actual estancamiento económico y reducir sus altos niveles de pobreza en el futuro previsible, a menos que superen esas desventajas, logren una mayor estabilidad política y tengan una administración pública más eficiente, que estimule programas de desarrollo realistas y cuente con una razonable ayuda financiera externa.

Por otra parte en estos países se gasta mucha energía en actividades improductivas, y especialmente en la politiquería estéril y la conflictividad laboral, todo lo cual les resta posibilidades de lograr el ideal de un desarrollo sustentable. Estas consideraciones son fáciles de probar sin acudir a complejas estadísticas, pues bastaría revisar el centimetraje de prensa y el tiempo de transmisión dedicado a las noticias locales de un país. Si tomamos los principales periódicos y televisoras independientes y clasificamos las noticias entre productivas e improductivas, podemos tener una idea de la salud económica de una nación y sus probabilidades de una mejoría genuina en su calidad de vida. Realizando este sencillo ejercicio durante toda una semana típica, podríamos tener cifras de espacio y tiempo dedicados a las noticias de hechos positivos, tales como la apertura de nuevas fábricas y comercios, la inauguración de carreteras, el aumento en la producción industrial/agropecuaria y el turismo, la instalación de teléfonos y el uso de computadoras, las innovaciones y patentes tecnológicas, el incremento de plazas en los hospitales y de médicos por habitante, la ampliación de acueductos y redes sanitarias, la reducción de enfermedades endémicas y el control de epidemias, la evacuación de casos en la justicia, las medidas de estímulo a la economía, los profesionales graduados, la inscripción en escuelas, etc. Con estos criterios comparativos es relativamente fácil ver cómo -en los países del mundo subdesarrollado- las noticias negativas o improductivas locales abundan y superan por mucho a las positivas.

Al mismo tiempo, este análisis de los medios noticiosos tiene la virtud de señalar nuestras contadas fortalezas y numerosas deficiencias, por lo que también sugieren las vías más efectivas para superar las recurrentes y complejas crisis que sufrimos, vías que consisten esencialmente en el trabajo productivo, la cooperación comunitaria, buenos servicios, la eficacia de la justicia y la adopción de métodos o tecnologías más eficientes. Obviamente, estas actividades pueden ser exitosas siempre si son enriquecidas por la práctica constante de ciertos valores constructivos, que tienen que ver con el aprovechamiento de los recursos materiales y temporales, además de una actitud honesta y responsable hacia nuestros problemas, sin tratar de atribuirlos a factores exógenos o conspiraciones fantasiosas. Conviene recordar que Europa y Japón tenían economías prácticamente paralizadas en la posguerra -hace apenas medio siglo-, pero lograron superar sus dramáticas situaciones usando las mismas fórmulas probadas aquí descritas. Esto indica que no es imposible revertir la actual tendencia del Tercer y Cuarto mundos hacia el empobrecimiento, siempre que las sociedades afectadas se lo propongan seriamente y concentren sus esfuerzos en ese sentido.

Los países en desarrollo deben estar conscientes que no hay manera de lograr una mejor calidad de vida sin que la tasa de crecimiento económico supere de manera consistente la tasa de aumento de la población durante un largo período. Estas recetas no son fáciles de aplicar, pero al menos indican un camino confiable que la dirigencia -política, empresarial, laboral, comunitaria, espiritual e intelectual- debería adoptar y promover sin dilaciones, a riesgo de que la inercia y el facilismo hagan empeorar gradualmente su situación y se pueda llegar a niveles indeseables de conflictividad social, como los vistos recientemente en países como Argentina, Colombia y Venezuela, entre otros. Así, no se puede eludir la conclusión de que la responsabilidad principal sigue estando en las sociedades de los países del Tercer y Cuarto mundos, y que de sus respectivos liderazgos dependerá eventualmente la consecución de una mejor calidad de vida para todos los sectores sociales.

Ingeniero, escritor, analista internacional E-mail:rpalmi@yahoo.com

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