La decisión tomada por el IESA el pasado viernes de prescindir de los servicios de Felipe Pérez podría ser fácilmente descrita parafraseando la novela de García Márquez: Crónica de un despido anunciado. Para mí, que he seguido paso a paso el devenir completo de esta crónica desde los pasillos y las aulas de la institución no deja de ser una sorpresa que la trama haya sido tan lenta y a ratos tan complaciente.
Llama la atención que, como en aquella otra crónica en donde todos los actores tenían la certeza de que Santiago Nasar iba a morir, pero ninguno fue capaz de advertírselo; en este caso muchos de los participantes decidieron ignorar los clarísimos presagios, migas de pan que el economista se fue encargando de dejar en el camino, y prefirieron jugar a la ignorancia, hasta que los titulares de la prensa nacional nos bañaron de agua fría el lunes pasado.
Y es que la actitud de Felipe Pérez tenía muy poco que ver con la de un catedrático que ha dedicado largas horas de estudio a entender el enrevesado mecanismo de la economía venezolana y en consecuencia, había dado con una hipótesis que ayudara a explicar los hechos de una manera plausible. Nada que ver. Yo advertí sobre su peligrosa tendencia a politizar y moralizar sobre la economía venezolana con una insistencia digna de mejores propósitos, en un artículo breve que escribí para El Universal el 18 de Mayo del presente año, en donde señalaba que las redacciones del economista "estaban plagada de juicios de valor", sin ningún "esfuerzo por elaborar sobre los fundamentos de las conclusiones, ni sobre los indicadores que pudieran empezar a dejar entrever tendencias a la recuperación económica".
También advertí en aquél momento que días antes el economista había escrito un artículo convocando a proveedores y consumidores a sellar un pacto anti-inflacionario, con un lenguaje que se parecía mucho al de Lorenzo Tovar, Rafael Caldera, Werner Corrales y compañía, y señalé específicamente que la economía venezolana no podía ser estudiada desde una perspectiva puramente anecdótica.
De más está decir que esas breves líneas encontraron poquísimo eco entre los pasillos del IESA, entre tanto divertido asombro que por aquellos días circulaba por allí alrededor de Felipe Pérez. Una buena demostración de este ambiente que me esfuerzo por describir aparece en un artículo que Janet Kelly publicó el 7 de Septiembre titulado "La apuesta económica", todo hilaridad y camaradería.
Vuelvo a leer este artículo hoy en día y los de Felipe Pérez, todavía en la página web del IESA, y me pregunto: ¿Cómo es posible que la institución haya decidido prolongar innecesariamente el juego de la ignorancia? ¿Cómo es posible que la agudeza de Janet Kelly y la perspicacia de Paul Esqueda no hayan sido suficientes para notar que era necesario poner fin a aquella dilatada serie de actuaciones públicas y artículos de prensa que no hacían más que dañar la reputación del IESA? ¿Por qué tuvimos que esperar a amanecer el lunes – como institución – en medio del ridículo nacional para tomar alguna medida? ¿Por qué esperar a recibir el aluvión de llamadas de instituciones privadas que con su ayuda mantienen al IESA, entre asombradas y atónitas ante la declaraciones firmadas por un "Profesor del IESA", pidiendo la nacionalización de un "banco grande", probablemente lugar de trabajo de algunos de ellos?
Confieso que no sólo no tengo la respuesta a ninguna de las preguntas anteriores, es que tampoco tengo hipótesis ni teorías. Quizás verdaderamente nadie tenga ninguna teoría, quizás todo esto haya sólo "sucedido" como sucedió aquella otra muerte de aquella otra crónica. En cualquier caso quise escribir estas líneas porque es necesario pasar el trago amargo, sí, pero también es necesario hacer un examen de conciencia. Quise aprovechar mi condición de profesor y graduado del IESA para invitar a la reflexión sobre el papel que ha jugado la institución, porque el verdadero herido de esta crónica no es el individuo, que pasa, sino la institución, que queda.
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