Caracas, Viernes, 18 de abril de 2014

Sección: Enfoque Económico

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Venezuela y el petróleo

Andres Sosa Pietri

Miércoles, 16 de mayo de 2001

El Dr. Andrés Sosa Pietri, ex Presidente de PDVSA, empresario y destacado experto sobre el tema petrolero, presenta un interesante y controversial ensayo donde se refiere a la relación entre el desempeño económico de Venezuela y su política petrolera.

I. INTRODUCCION.-

Pocas naciones, como la venezolana, se han empeñado tanto en destruir sus ventajas comparativas y competitivas en lo económico. Pocas naciones, como la venezolana, han sido tan torpes en sacar enseñanzas de la experiencia, la propia y la ajena. Partíamos, sí, de una preocupación genuina: De modo de lograr un crecimiento económico equilibrado y sostenido, el país no debía depender solamente de un recurso natural, que no es renovable. El país debía buscar otras áreas económicas en las que pudiera llegar a demostrar su competitividad internacional. Cierto; pero para conseguir este objetivo no había que tener por satánica a la industria del petróleo; considerar al petróleo como un "excremento del diablo". Teníamos, más bien, la gran oportunidad de diversificar la economía a partir, precisamente, del fortalecimiento y la expansión de ésta, nuestra actividad económica más ventajosa.

Ni siquiera fuimos capaces de apreciar y comprender las causas del gigantesco brinco que había dado Venezuela entre 1920 y 1960; entre la fecha en que se inicia aquí la explotación en grande del petróleo y la del cambio de la estrategia nacional en relación a esta misma industria, la del petróleo. Venezuela era antes de 1920 una de las naciones más pobres del continente americano; si no, del mundo entero. Su población, de número insignificante, se mantenía en el letargo y el estancamiento, víctima de las guerras civiles, las enfermedades, la ignorancia y el analfabetismo.

Entre 1920 y 1960, sin embargo y gracias a la industria del petróleo, Venezuela va a convertirse en uno de los países de mayor crecimiento económico continuo, ejemplo de movilidad social. Controlará enfermedades endémicas como el paludismo y la disentería, que asolaban a su población, y abrirá la educación a todos. Un sin fin de nacionales de otras partes verán en Venezuela una tierra de promesa. De allí que tan pronto como los finales de los años ’20, se iniciará una formidable corriente migratoria de europeos hacia el país, que sólo interrumpirá la tozudez y las concepciones nacionalistas más atrasadas, junto con los desaciertos económicos que ellas provocaron. Y no sólo veían en Venezuela un país envidiable por su crecimiento económico en un mundo destrozado por las guerras y los colapsos económicos, sino que también se fijaban en la tolerancia, el espíritu democrático, que exhibían los nacidos en esta tierra.

¿Qué sucedió entonces? ¿Cómo se vino a menos Venezuela? Aunque, ciertamente, todo lo que pasó después de 1960 no puede atribuirse al cambio de rumbo de la política petrolera, ésta, la implantada desde 1960 en adelante, sí influirá -y en mucho como veremos- en el descarrilamiento de nuestra nación.

II. LA POLITICA PETROLERA ENTRE 1920 Y 1960.-

Lo característico en materia petrolera, y común, del período 1920-60 es la comprensión del Estado venezolano de que el petróleo es un negocio; que las actividades de exploración, explotación, transporte, refinación y mercadeo corresponden a la sociedad, es decir, al llamado sector privado de la economía. El Estado venezolano no tiene más pretensión en el negocio que la de "conceder" a empresarios áreas de exploración y producción, cobrar la regalía de explotación y fijar normas técnicas, que eviten el deterioro acelerado de yacimientos. Con el tiempo y en razón de la experiencia se afinarán las normas bajo las cuales los empresarios podrán ejercer la actividad (Ley de Hidrocarburos de 1943) y se creará el Impuesto Sobre la Renta, garantizando así el Estado una participación no menor al 50% en los beneficios de la industria.

El gobierno venezolano en ese período, de otro lado, además de mostrarse amistoso hacia la inversión privada petrolera, desplegó una política internacional, que claramente nos favorecía como potencia petrolera. Nuestros gobiernos en el período fueron estrechando lazos cada vez más sólidos con los Estados Unidos de América (nuestro principal socio comercial y el mayor mercado de petróleo) y Europa Occidental.

La diplomacia venezolana hará de Venezuela, con su petróleo, un proveedor preferido, un aliado estratégico de las naciones, que son sus clientes, sus compradores. Esta posición fortalecerá, evidentemente, nuestras ventajas competitivas en el negocio y compensará, con creces, las comparativas que con relación a nosotros pudieran tener las naciones árabes petroleras. No olvidemos que la inestabilidad política y social reinante hoy en muchas de esas naciones ya existía en los años anteriores a la Segunda Guerra Mundial.

III. LA PRODUCCION PETROLERA VENEZOLANA ENTRE 1920 Y 1970.-

Aunque la política petrolera venezolana cambiará radicalmente en 1960, no es sino de 1971 en adelante que se comenzarán a sentir sus consecuencias en toda su extensión. Es, justamente, ese año de 1971, con motivo de la promulgación de la llamada "Ley de Reversión", que comienza una contracción continua de la producción petrolera, cuyas consecuencias analizaremos.

Animadas por la conducta tan amistosa hacia ellas que había en Venezuela, las compañías concesionarias se dedicarán a invertir intensamente en el país. La producción, que comienza en 1.370 barriles diarios en 1920, alcanzará la cifra de 372.877 barriles diarios en 1929, y aunque la crisis económica estadounidense de la primera mitad de los años ‘30 provoca una leve disminución de la producción venezolana (de unos 50.000 barriles diarios), la misma llegará a 621.370 barriles diarios en 1941.

Promulgada la Ley de Hidrocarburos de 1943 y fijadas de resultas las nuevas normas que regirán las actividades de las concesionarias, éstas reinician un programa de inversiones que hará de Venezuela, hasta 1960, el país de mayores exportaciones de petróleo. La producción, ya en 1946, superará el millón de barriles diarios, los 2.778.000 barriles diarios en 1957, alcanzando un pico histórico en 1970 con 3.706.849 barriles diarios.

Es tal la preferencia de las concesionarias por Venezuela que, en 1960, cuando se crea la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP), nuestro país produce más del doble que Arabia Saudita y casi el triple que Irak e Irán. Con la tercera parte de las reservas probadas de Arabia Saudita (en la época), nuestro país aportaba casi el 14% de la producción mundial; Arabia Saudita, tan sólo el 5,9%. En otras palabras, no obstante que Irán ya era un productor importante de petróleo antes de la Primera Guerra Mundial y que las inmensas reservas de los países árabes de OPEP se conocían con mucha anticipación a la Segunda Guerra Mundial, Venezuela, a 15 años de terminada ésta, la II Guerra Mundial, era todavía el país preferido de los inversionistas petroleros.

Y esta enorme ventaja competitiva nos la habíamos ganado con políticas, que no por amables con las concesionarias y los clientes nos hicieran desatender los más genuinos y legítimos intereses de la nación. Fue, precisamente, como corolario de la estrategia política aplicada y la diplomacia seguida que Venezuela, en 1960, figuraba aún de entre las naciones de mayor crecimiento económico y movilidad social, uno de los más atractivos a la pujante, necesaria y excelente inmigración que recibimos.

IV. LA PRODUCCION PETROLERA Y EL DESARROLLO ECONOMICO DE VENEZUELA.

No cabe duda de que en Venezuela hay una relación directa entre la inversión petrolera (sobre todo de la asociada a la producción) y el crecimiento general de la economía venezolana; del petróleo y de otros sectores de la economía. En los años ’20, el país observa un aumento promedio del Producto Interno Bruto del 12,53% (utilizando como base bolívares de 1964); del 6,10% en los años ’30, a pesar de la catástrofe económica de la primera mitad de la década; del 12,53% en los ’40 (si excluimos 1942) o del 10,46% (si lo incluimos); y del 8,43 % entre 1951 y 1957.

Es importante observar, al analizar las cifras, que el desempeño económico en nuestro caso ha estado asociado a la producción petrolera y no, a los precios del petróleo; en otras palabras, al trabajo, a los requerimientos de la producción misma y no, a la renta, al más alto precio posible con la más baja explotación.

De allí que, no obstante que el precio promedio del barril de petróleo bajó en un 16% en la década ‘61-70 en comparación con la del septenio ‘51-57, como la producción petrolera aumentó en un 30% entre 1961 y 1970, ello ayudó a que también el PIB, en lugar de contraerse, creciera a una tasa del 5,39% en el período (6,65% si consideramos el septenio ‘64-70, habiendo sido afectada adversamente la economía en el quinquenio ‘59-63 por la situación política imperante en el país en esa época).

En el quinquenio 1974-1979, por el contrario, los precios del petróleo se incrementaron en casi ocho veces sobre el precio del ‘61-70. La economía, a pesar de ello, sólo logrará un crecimiento promedio del 6,75% (el mismo del ‘64-70); y ésto, multiplicándose más de dos veces a 1979 la deuda pública externa existente en 1973.

¿Qué sucedió? De entre los factores más importantes: Que la producción petrolera cayó en un 36,43% con respecto al pico histórico de 1970 y, con ella, toda la inversión en actividades, tanto industriales como comerciales y de servicios, asociadas directa e indirectamente a esta inversión. Pese al impulso que se da al sector construcción, éste, por sí mismo, no logra la expansión económica del resto; al menos a los niveles que se consiguen cuando hay expansión de la producción petrolera; y la desinversión en petróleo, aunada al fenómeno de "enfermedad holandesa" que produce la alta renta petrolera (elevados precios) con poco trabajo (baja producción) hacen de Venezuela un festín de importaciones y, por lo tanto, de apertura de puestos de trabajo, pero en otras partes.

Lo sucedido en el quinquenio ‘74-79 se verá de manera mucho más dramática en el siguiente (el ‘79-84). El PIB será negativo en un 2,14%. La economía decrecerá al tiempo que los precios del petróleo aumentan en un 69% con respecto al promedio ‘74-79, y la deuda pública externa se eleva a 30.000 millones de dólares (dos veces y media la existente en 1979). La producción petrolera, entre tanto, ha caído en otro 17% y con ella, naturalmente, la inversión y la actividad económica conexa que ella anima. La "enfermedad holandesa" alcanza otro punto alto y la renta petrolera se va al exterior para coadyuvar al ahorro y la formación de empleo fuera de Venezuela.

En el quinquenio siguiente (‘84-89), notamos más aún la influencia de las inversiones -o desinversiones- en producción petrolera sobre el PIB. Durante los dos primeros años del quinquenio (‘84 y ‘85), los precios del petróleo se mantienen altos en promedio (US$ 26,30). La producción petrolera, sin embargo, se deja caer otro 6,7%, a tan sólo 1.679.452 barriles diarios. El PIB no aumenta. Disminuye, por el contrario, otro 2,51%. Pero lo más interesante: En 1986 el precio del petróleo se desmorona a la mitad, casi, del promedio de los dos años precedentes, a US$ 12,82 el barril. El gobierno entonces, alarmado por la baja, recurre al petróleo y ordena subir producción. El incremento será de 109.589 barriles diarios. Y el PIB, a pesar de la baja tan pronunciada de los precios del petróleo, en lugar de seguir contrayéndose, aumenta en un 4,20%. Claro que el gobierno en el quinquenio ‘84-89 había tomado otras acciones de gasto público para revertir la tendencia recesiva de la economía; y que lo hizo a expensas de las reservas internacionales del país. Pero no cabe duda de que la decisión de invertir en producción petrolera fue un aliciente fundamental para conseguir dar la vuelta a la curva descendente del PIB.

Más adelante, en el año de 1990, pusimos en marcha el Plan de Expansión de PDVSA, que se orientaba, entre otros fines, a producir seis millones de barriles diarios en el 2000. Durante el período marzo de 1990-marzo de 1992, logramos incrementar la producción a 2.600.000 barriles diarios, un 36,35% con respecto a las cifras de 1988 y 1989. El precio promedio del barril en esos dos años (US$ 18,13) era todavía un 31% inferior al promedio de los años ‘84 y ‘85, y el PIB se expandió en casi un 7% en 1990, un 8,22% en 1991 y en 10,5% en el primer trimestre de 1992. Y al ser detenido este Plan de Expansión en abril de 1992, se reinicia una curva descendente del PIB, que terminará tornándose negativo, una vez más, en los años ‘93 y ‘94.

Del comportamiento de nuestra economía entre 1920 y nuestros días, se llega a una conclusión obvia: El trabajo no puede ser sustituido por la renta. En las épocas de inversión en producción petrolera (de trabajo) hay aumentos del PIB. Otros sectores de la economía recibirán el efecto locomotora de la inversión en producción. En las épocas de precios altos, por el contrario, y reducción de la producción, observamos contracciones importantes del PIB; con el agravante de que el precio es volátil y que, pese a los esfuerzos de la OPEP, sigue los dictados del mercado y no, los de la Organización -como ha quedado demostrado reiteradas veces. La producción, en cambio, depende de nuestra eficiencia gerencial, de nuestra capacidad para controlar costos y captar mercados. La producción, el trabajo, en definitiva, nos garantizan un horizonte de ingresos estables en el mediano y el largo plazo, ya que las variables que mejoran nuestra competitividad dependen de nosotros mismos y no, de factores que se nos escapan. El precio, por el contrario, es un elemento inestable, que nos hace dependientes de "milagros", de acontecimientos fortuitos totalmente fuera de nuestro control.

V. ¿COMO PERDIO EL PAIS EL RUMBO? LA POLITICA PETROLERA IMPLANTADA EN 1960.-

El gobierno, a partir de 1960, tendrá un enfoque radicalmente diferente del petróleo. El gobierno no considera al petróleo como un negocio, mejor gerenciado por empresas privadas de las cuales el Estado obtiene los beneficios a través de la regalía y el impuesto sobre la renta. El gobierno lo tendrá como un asunto político, de Estado. Más aún, influenciado por las tesis "tercermundistas" tan en boga en la época, considera que el precio, en lugar de ser establecido por el mercado, es el fruto de una conspiración internacional contra los países productores. Los países "ricos" desean el petróleo para su desarrollo al precio más vil posible. "Explotan" a los productores, a los "tercermundistas" y como el precio, según esta teoría, lo fijan los intereses de los "ricos", de los "poderosos", es necesario, de modo de revertir la tendencia, que los "débiles", que los "explotados", se unan para adquirir el dominio de su riqueza y el poder de decidir ante los "explotadores" el precio que éstos habrán de pagar por la mercancía.

Es, pues, de esa "cultura tercermundista" que nace la política petrolera de 1960. Su objetivo fundamental: El control por el Estado de todas las actividades del negocio. Los medios: En primer lugar, no otorgar más concesiones; "no más concesiones". Se sugiere a las concesionarias, por esta vía, que sus días están contados; que, a lo sumo, durarán hasta el término de las concesiones. Se crea la Corporación Venezolana del Petróleo (CVP) como "instrumento coadyuvante con rango singular, en la conquista de la independencia económica del país" (en palabras de su mentor, Rómulo Betancourt). Y, como corolario esencial, se constituye la OPEP con el propósito de que los miembros formulen "un sistema para asegurar la estabilización de los precios, entre otros medios, por la regulación de la producción... "

Esa política que, en lugar de acercarnos a nuestros clientes, nos asociará a nuestros competidores, busca el precio ante todo, la renta y no el trabajo, el empleo. Su primera consecuencia en Venezuela es la de renunciar las concesionarias, casi en su totalidad, al esfuerzo de exploración, vital para cualquier industria petrolera. Nuestras reservas pasan, de esta manera, de 17.400 millones de barriles en 1960 a poco menos de 14.000 millones en 1975. Esto, naturalmente, nos hará creer que nuestras reservas son "limitadas" y que vale más "conservar" el petróleo, obteniendo de él el precio máximo, antes que "dilapidar" un recurso natural de tan corta vida.

La realidad nos demostró, después de reiniciada la exploración por PDVSA a finales de los ’70 y principios de los ’80 que antes de acabarse en Venezuela el petróleo, éste dejará de ser fuente fundamental de energía. Solamente en livianos, poseemos hoy en día más reservas que todas las conocidas en 1960.

Con la CVP quedó demostrado una vez más, por otra parte, que el Estado (o el gobierno en su nombre) no es competente para el manejo de negocios mercantiles. La historia de la CVP no se asemeja, precisamente, a la de las compañías petroleras más exitosas. Cuando se produce en 1976, como secuela de la política petrolera de 1960, la toma por el Estado de los activos de la industria, la gestión quedará en manos de los gerentes y técnicos formados por las concesionarias. Los buenos gerentes y técnicos de la CVP, que los había en buen número, serán asimilados por las nuevas empresas que surgirán de la transferencia de activos.

La OPEP en sus primeros años se conformará con negociar los precios de realización o de referencia; no los que ella quiere, sino los que fija el mercado. Y en 1973 sobreviene la tragedia: Las naciones árabes miembros de OPEP, que no ésta, decretan un embargo contra los Estados Unidos y Holanda por su colaboración con la causa judía en la Guerra del Yom Kipur. Los precios pasan de US$ 3,71 en 1973 a 10,53 en 1974. La OPEP, para su desgracia, se cree que es ella la que ha establecido, ahora sí, un "precio justo" para un producto natural no renovable. Lo mismo sucederá en 1979 al caer el Sha de Irán y en 1980 al estallar la guerra entre Irán e Irak, dos socios de OPEP. Los venezolanos pensarán que la OPEP y no los acontecimientos políticos del ‘73, ‘79 y ‘80 subirá los precios del petróleo y a partir de allí, perderemos totalmente el rumbo. Estaremos convencidos de que con la OPEP fijamos el "precio justo". Se abandonarán los esfuerzos gerenciales para aumentar la producción y la refinación, captar más mercados, y controlar costos; se dejarán a un lado, en fin, las acciones propias y pasaremos a depender de la renta, del esfuerzo mínimo, del alto precio con la menor producción posible, y los efectos de esta óptica sobre el PIB venezolano y sobre nuestro desempeño social general no tardarán en sentirse.

Lo más grave es que, a pesar de las evidencias, todavía hoy hay una mayoría de venezolanos que ve en la OPEP la solución. Alegan que la falta de disciplina justifica los fracasos en precios y que, cuando la hay, éstos terminan siendo los "justos". Lamentablemente, queda demostrado una y otra vez que es el mercado el que fija el precio en el mediano y el largo plazo. No se convencen, que en nuestro caso, como hemos visto, son las estrategias gerenciales, las de producción, control de costos y captación de mercados, las que animan el PIB; que las de precios, por el contrario, lo contraen, y lo contraen porque no dan trabajo, no abren fuentes de empleo; lo contraen porque exacerban la "enfermedad holandesa", es decir, la tentación a la sobrevaluación monetaria, que abarata las importaciones y encarece los productos de las empresas de mayor contenido nacional. Se crea empleo, sí, pero en el extranjero. Ayudan al PIB foráneo, pero no al nuestro.

Y por si fuera poco, la experiencia nos muestra que la OPEP, aparte de fluctuaciones de muy corto plazo, influye muy poco en el mercado. Sus políticas de restricciones solamente han servido para debilitarla; para hacerle perder mercado; también a Venezuela, desde luego, en la medida en que ha seguido a la OPEP. Veíamos antes cómo en 1960 Venezuela representaba el 14% de la producción mundial de petróleo. De haber mantenido este porcentaje en el tiempo, estaríamos extrayendo hoy once millones de barriles diarios y no, la pobre cifra de 2.780.000 barriles diarios, apenas un 3,6% de la producción mundial.

VI. ¿QUE HACER?

La evidencia nos enseña que, tratando al petróleo como lo que es, un negocio, servimos realmente a los intereses nacionales. El Estado no debe inmiscuirse en negocios mercantiles. Eso quedó suficientemente probado a raíz de la caída del Muro de Berlín, además de lo que han sido nuestras vivencias venezolanas. El Estado debe concentrarse en las áreas que sí le son específicas para el bienestar de la sociedad. Ha de velar el Estado por la existencia de un sistema de educación al cual tengan acceso todos los venezolanos. Ha de velar por la salud, de modo de garantizar el crecimiento sano de la población. Tiene que defender el territorio nacional de agresiones externas y cuidar de la seguridad de sus ciudadanos. El Estado debe administrar justicia y construir una infraestructura que facilite la creación de riqueza.

Y la no intervención del Estado en la gerencia de empresas mercantiles se debe extender por igual al caso del petróleo. El Estado: Que fije las normas bajo las cuales ha de llevarse a cabo la actividad.

PDVSA, por lo tanto, debe ser transformada en una empresa pública por acciones de derecho privado. Además de dejar a los expertos el diseño de los planes y programas, la colocación de acciones en las bolsas ofrece a la empresa una fuente de financiamiento casi ilimitada, y más barata que ninguna otra, para la ejecución de sus planes de inversión y expansión. Las primeras colocaciones, adicionalmente, tendrían el subproducto, nada deleznable, de proveer al Estado de recursos suficientes para cancelar la deuda pública, la interna y la externa, y dedicar dineros, que hoy aplica al servicio de la deuda, a reforzar los sectores que le son específicos.

A más de hacer de PDVSA una empresa pública por acciones de derecho privado, se deben asignar las áreas no explotadas por PDVSA, o cuya explotación no contemple PDVSA en los próximos diez años, a empresas privadas, interesadas y capacitadas.

La política petrolera, naturalmente, habrá de estar acompañada de una política fiscal, monetaria y cambiaria, que aproveche la oportunidad del petróleo para el desarrollo de otros sectores de la economía, que abra el país, le devuelva su competitividad y conjure la aparición de la "enfermedad holandesa". La industria petrolera, de este modo, utilizando su poder de compra en áreas conexas de bienes hechos en Venezuela y de servicios prestados aquí, se convertirá, de nuevo, en la locomotora de un crecimiento económico de la nación, integral y sostenido.

Desde el punto de vista de sus relaciones internacionales petroleras, Venezuela debe acercarse a los países con los que más comercia; en nuestro caso, a los Estados Unidos de América. Este país, por causas conocidas, necesita asegurar fuentes de suministro petrolero, confiables y permanentes. Su dependencia de las importaciones, muy a su pesar, se ha hecho cada vez mayor en la medida en que crecen sus requerimientos y se contrae su propia producción. Las áreas de suministro interno, que le restan, provocan serias objeciones por parte de grupos ecologistas. Se nos presenta una vez más, por ello, la oportunidad de volver a ser el "suplidor preferido", el aliado estratégico energético del principal mercado.

Las naciones del Medio Oriente siguen envueltas en graves problemas políticos y sociales. Su inestabilidad es manifiesta. No son, por lo tanto, abastecedores seguros. Venezuela, en cambio, puede aprovechar, nuevamente, sus ventajas competitivas. Y las comparativas están ahí. No sólo tenemos más reservas de livianos que todas las reservas conocidas en 1960, sino que, adicionalmente, poseemos casi 60.000 millones de barriles de pesados convencionales y otros 275.000 en la Faja del Orinoco, ya abierta a la explotación por Ameriven, Bitor, Cerro Negro, Petrozuata y Sincor.

Algunos argumentarán, todavía, que si Venezuela se retira de la OPEP y adopta una estrategia de producción y expansión, provocará inevitablemente una "guerra de precios" y, por lo tanto, una caída brusca de los ingresos fiscales. Apoyarán su posición en las enormes reservas del Medio Oriente, la calidad de los crudos de éstos y sus menores costos de producción. En verdad, no.

No tenemos por qué temer una "guerra de precios". No es factible. Venezuela, de entrada, tiene mercados propios que exceden en más de un millón de barriles diarios su capacidad actual de suministro. La demanda de petróleo, por otra parte, casi nunca ha bajado, históricamente, de un año a otro; a lo sumo, en las épocas recesivas se ha estancado. La demanda, más bien, aumentó de los veinte millones de barriles diarios en que se encontraba en 1960 a los setenta y seis millones de hoy; se ha multiplicado casi cuatro veces en cuatro décadas. Este hecho nos da la oportunidad de crecer con la demanda; en lugar de recortar producción para ver cómo otros captan los mercados que nosotros dejamos de servir. De haberse preocupado por captar mercados y mantener los costos a raya, Venezuela exportaría hoy once millones de barriles diarios y no, la triste cifra de 2.500.000 (al deducir el consumo interno), una cifra 33% menor a la de nuestra producción de 1970 cuando el mercado, en la época, era la mitad del actual.

En cuanto a los costos, nada atenta más en contra de ellos que las restricciones de la producción. Esta, a más de incrementar los gastos generales (personal que ya no se necesita y que hay que liquidar o que, por no ser liquidado, es mantenido en nómina), sube los costos a nivel del pozo. El cierre hace perder inversiones, muchas de las cuales habrán de ser efectuadas nuevamente para su reactivación. El pozo mismo, de resultas del cierre, perderá potencial de producción definitivamente. De manera que si deseamos gerenciar los costos a la baja, hemos de evitar las restricciones de la producción.

El que los árabes, a pesar de nuestros esfuerzos, mantengan costos inferiores a los nuestros, tampoco debe preocuparnos en demasía. El mundo, como ha quedado demostrado una y otra vez, no va a depender de una sola fuente de suministro; y menos de una que ha probado ser tan inestable y hasta inamistosa, al extremo de haber tenido Estados Unidos que decretar el embargo contra uno de ellos (Irán) y el mundo, la guerra, y luego sanciones, contra otro de ellos (Irak). Tampoco olvida Estados Unidos (el mercado más grande) que los árabes le impusieron un embargo petrolero en 1973. Y aún sin existir motivos políticos, el mundo, por razones económicas, evitará depender del Medio Oriente solamente.

Más aún, el Medio Oriente, es bueno recalcar, no está en condiciones de satisfacer por sí mismo la demanda mundial. Para lograrlo, estaría obligado a efectuar inversiones cuantiosísimas, y no cuenta con recursos propios para ellas. Los recursos tendrían que venir de los grandes consumidores, de las naciones más desarrolladas, y éstas -pueden tener ustedes la seguridad- no volcarán las inversiones, todas ellas, en el Medio Oriente. Recordemos, además, que el Medio Oriente ya existía antes de la Segunda Guerra Mundial. Era Venezuela, sin embargo, la que recibía el grueso de la inversión petrolera; más que Arabia Saudita, Irán e Irak juntas. Y en los años ‘70 presenciamos cómo los consumidores principales se dedicaban a Alaska y el Mar del Norte, ambas provincias petroleras mucho más costosas, pero ciertamente mucho más confiables como proveedores.

VII. CONCLUSIONES

    1. La experiencia nos demuestra que el petróleo es nuestra mayor ventaja comparativa y que, trabajándolo inteligentemente, puede ser también la competitiva.

    2. Nuestra historia económica nos enseña que la inversión en petróleo, en la expansión de la producción, resulta ser el más grande coadyuvante al crecimiento del PIB nacional.

    3. Nuestra historia económica también nos muestra que los precios altos, lejos de contribuir al desarrollo económico, lo comprometen gravemente.

    4. La OPEP y toda la política petrolera implantada por Venezuela a partir de 1960, la gerencia de la actividad por el Estado y la diplomacia tercermundista de la cual es parte esa política, han conspirado en contra de nuestra competitividad en el negocio. Nos relegaron de ser el proveedor del 14% del consumo mundial de petróleo, a tan sólo el 3,6%.

    5. La política petrolera de 1960 hizo que el país desaprovechara el petróleo como locomotora de otras áreas competitivas de nuestra economía y, en consecuencia, cambió un largo ciclo de crecimiento sostenido, enriquecimiento general y movilidad social, por uno de estancamiento y recesión con el aumento consiguiente de la pobreza y la marginalidad.

VIII. RECOMENDACIONES.-

    1. El Estado debe apartarse de la gerencia del negocio petrolero. Ha de limitarse a establecer las normas bajo las cuales deben desempeñarse las empresas interesadas, normas éstas que están suficientemente definidas en la Ley de Hidrocarburos de 1943.

    2. Como consecuencia de lo anterior, PDVSA ha de ser transformada en una empresa pública por acciones de derecho privado. La dirección de la empresa, en manos de profesionales y técnicos venezolanos de carrera, se orientaría a la búsqueda del negocio, de la oportunidad, contribuyendo de este modo -con visión de negocio- al crecimiento del resto de la economía nacional. Estas acciones, naturalmente, tendrían que venir acompañadas de políticas -fiscal, monetaria y cambiaria- coherentes.

    3. Venezuela debe asignar a empresas privadas, capacitadas, áreas que no está explotando PDVSA o que no se encuentran dentro de los planes de inversión de PDVSA en los próximos 10 años.

    4. Venezuela debe retirarse de la OPEP. Esta organización, ni ha satisfecho, ni está en condiciones de satisfacer, por su naturaleza, los mejores intereses nacionales.

    5. Venezuela debe desplegar una diplomacia que la conduzca hacia sus principales socios comerciales y, desde luego, hacia sus clientes petroleros. Debe aprovechar de entrar por la puerta que abre Estados Unidos y sellar con esta nación una alianza comercial en general y petrolera en particular.

IX. CONSIDERACIONES FINALES.-

El adoptar una estrategia amable al mercado, retirarnos de la OPEP y aliarnos con nuestros clientes principales, convertiría a Venezuela en territorio preferido de las inversiones petroleras como otrora, y también de inversiones en áreas distintas de la petrolera. Y estas inversiones, como hemos apuntado, relanzarían la economía venezolana hacia un camino de crecimiento sostenido, sólido y sin inflación (coordinándolas, evidentemente, con ordenadas políticas -fiscal, monetaria y cambiaria). Al hacer depender el ingreso fiscal del trabajo (la mayor producción del petróleo y otros sectores económicos) y no, de la renta (el precio del barril) contribuiríamos a conjurar la perniciosa “enfermedad holandesa”, abriendo otras áreas de la economía a la exportación y a la generación de empleos y divisas. Actuarían estas inversiones petroleras como locomotora de otros sectores competitivos de nuestra economía. Aprovecharíamos, ahora sí, nuestra ventaja comparativa y competitiva por excelencia. Y si el Estado, como es su obligación, adicionalmente, utiliza el ingreso fiscal para mejorar la educación, la salud, la seguridad y la defensa, la administración de justicia y la infraestructura, Venezuela podrá transformarse, en menos de una generación, en una sociedad moderna y próspera, respetada y admirada por el resto del mundo.

Bibliografía:

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    · Pérez Alfonzo, Juan Pablo: “Inundación de Divisas y Otros Problemas Actuales del Petróleo: Reversión Inmediata”, Cuadernos de la Sociedad Venezolana de Planificación, Nº 111 y 112, Caracas, abril-mayo de 1973.

    · República de Venezuela, Gaceta Oficial Nº 26.372, del 1º de octubre de 1960 (Conferencia de Bagdad y Convenio del 14 de septiembre de 1960, que crea la Organización de Países Exportadores de Petróleo).

    · República de Venezuela, Gaceta Oficial Nº 29.577, del 6 de agosto de 1971 (Ley Sobre Bienes Afectos a Reversión en las Concesiones de Hidrocarburos).

    · República de Venezuela, Presidencia de la República, Oficina Central de Coordinación y Planificación, Presentación al Congreso Nacional: “El Gran Viraje, Lineamientos Generales del VIII Plan de la Nación”, enero de 1990.

    · Revista Zumaque, Etapa 3, Nº 1, septiembre de 2000.

    · Sosa Pietri, Andrés: Petróleo y Poder, Editorial Planeta Venezolana, S.A., cuarta edición, Caracas, septiembre de 1993.

    · Sosa Pietri, Andrés: Quo Vadis Venezuela, Grupo La Galaxia, Caracas, marzo de 2000.

    · Uslar Pietri, Arturo: Prólogo del libro, Petróleo y Poder, ob. cit.

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