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  Sección: Economía y Petróleo

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Pertinencia histórica del capitalismo

Emiro Rotundo Paúl

Jueves, 25 de febrero de 2010

Este artículo intenta demostrar dos cosas: a) que el capitalismo no nació en el siglo XIX cuando Marx lo descubrió y lo denominó con ese nombre y b) lo equivocado que están quienes piensan que es posible desarrollar un sistema económico y social alternativo, más justo y más humano, mediante la acción de un Estado todopoderoso.

El “socialismo del siglo XXI”, que no ha sido definido por nadie, pero que sí ampliamente promocionado y ensalzado por muchos, no se diferencia, en cuanto a sus ejecutorias, al “socialismo real” del siglo XX, que fracasó estrepitosamente en Rusia, China, y demás países comunistas.

Un debate sobre este tema sería visto con desdén en cualquier país medianamente desarrollado del mundo, pero en Venezuela, lamentablemente, por las circunstancias que  estamos viviendo, el asunto tiene importancia (y mucha), porque para sorpresa de propios y extraños, cuando aún no se había disipado la polvareda dejada por el derrumbe del comunismo, en Venezuela, envuelto con el ropaje de la democracia, llegaba al poder un pensamiento político anacrónico que, recogiendo las banderas arriadas del comunismo, se ha propuesto iniciar de nuevo el experimento socialista, teniendo como modelo a la Revolución Cubana.

Por eso tiene vigencia esta discusión, e invito a los lectores de este artículo a continuarla en todos los ámbitos posibles y especialmente, dadas las características de esta revista, en los medios académicos del país.

1- Desarrollo histórico del capitalismo

El capitalismo, como toda formación social, es producto de la evolución histórica.  No nació en el siglo XIX, como algunos creen, cuando Marx lo estudió y lo designó con ese nombre.  Elementos del capitalismo ya existían en la Antigüedad y en la Edad Media.  El mercado, las mercancías, el dinero, la propiedad privada de los medios productivos, el crédito, la ganancia, el ahorro y otros instrumentos mercantiles y de negocios eran utilizados en Persia, Fenicia, Mesopotamia, Egipto, China y otros países desde hacía muchos siglos.  Estos elementos capitalistas, en aquellas remotas épocas, tenían un ámbito de aplicación reducido porque se limitaban a los mercados artesanales locales o a los productos traídos de zonas lejanas, generalmente de carácter lujoso, para consumo de los señores feudales y la nobleza (sedas, pieles, piedras preciosas, etc.)  El grueso de la producción de bienes y servicios requeridos para el mantenimiento de la sociedad se llevaba a cabo mediante la esclavitud y la servidumbre, sistemas que por su naturaleza no  eran compatibles con los elementos capitalistas a los que hemos hecho referencia.  Sólo con la aparición de los sistemas industriales de producción en masa, en la Edad Moderna, pudo el capitalismo hacer amplio uso de aquellas herramientas y desarrollarse plenamente.

En el siglo XIX el capitalismo experimentó un salto cualitativo como consecuencia de la Revolución Industrial iniciada en el siglo anterior y la expansión de los mercados a nivel mundial.  El nuevo sistema industrial se nutrió con los elementos históricos de la producción artesanal (propiedad, mercado, ganancia, iniciativa privada, etc.) y le dio forma a una nueva realidad social que Marx denominó capitalismo, cuyas características veremos más adelante.

 El socialismo marxista o socialismo real (como se le denominó después), puesto en práctica en la URSS, China y otros países del mundo en el siglo XX, no es producto de una evolución histórica, como el capitalismo.   El comunismo tiene un autor, una teoría y una fecha precisa de nacimiento, a mediados del siglo XIX, cuando Marx escribió el Manifiesto Comunista y El Capital.

Lo que queremos destacar en este punto es la naturaleza del desarrollo capitalista como parte integral de la cultura universal y no como  producto de una coyuntura histórica en un momento determinado, lo cual significa que este sistema, a diferencia del socialismo, está estrechamente vinculado con la evolución de la sociedad y con la forma de actuar del hombre ante el problema económico de su existencia.   Una vez superadas la esclavitud y la servidumbre como formas sociales de producción, el esfuerzo humano utiliza, de forma amplia y abierta, el mercado, el dinero, la ganancia, la propiedad privada y la riqueza para desarrollar capacidades extraordinarias de producción, distribución y consumo.  La pobreza no desaparece pero se reduce sustancialmente en las regiones donde el capitalismo avanza.  El socialismo marxista, crítico y negador del capitalismo, cuando llega al poder no inventa un nuevo sistema sino que toma al sistema capitalista con todos sus ingredientes y lo pone al servicio del Estado sustituyendo, con mucho menos eficiencia, al empresario capitalista por el burócrata al servicio del Estado.

 

Lo anteriormente expuesto explica también porqué los elementos capitalistas han estado presentes en todas las épocas y en todas las culturas, cosa que no ocurre con otras creaciones de  la inteligencia humana que satisfacen necesidades de carácter intelectual o espiritual, como la filosofía, el arte y la religión, que cambian con el tiempo y con las diversas culturas.

 

2- Marx y su crítica al capitalismo

Como hemos venido diciendo, el capitalismo, en sus elementos fundamentales, es tan antiguo como la sociedad humana, pero su predominio sobre otras formas sociales de producción (esclavitud y servidumbre) ocurre el los siglos XVIII y XIX con el desarrollo industrial.  Este fenómeno, vivido por Marx, lo indujo a situar el nacimiento del capitalismo en su época y a desestimar sus raíces ancestrales, hecho que no dejó de tener serias consecuencias.  

Fue Marx quien puso de manifiesto la importancia determinante del modo de producción sobre el resto de la estructura social.  Según él, las relaciones de producción establecidas entre los hombres, e impuestas por las clases dominantes en las diferentes épocas de la historia, determinaron todo lo demás (la política, la filosofía, el derecho, la religión, etc.)  Las relaciones de producción son, para Marx, la base material de la existencia social (la infraestructura) sobre la cual se erige una superestructura jurídica y política, de valores, creencias e ideas que dan forma a la sociedad en su conjunto  Entre la infraestructura material que determina las relaciones de producción entre los hombres y la superestructura política y jurídica no puede haber contradicciones fundamentales, porque de haberlas, la última se derrumbaría y sería sustituida por otra.

En la historia de la humanidad, según Marx, se han dado diversas formas de producción: la esclavitud en la Antigüedad, la servidumbre en la Edad Media y el trabajo asalariado en la época moderna y contemporánea.  A cada una de ellas correspondió una sociedad y un tipo de cultura acorde con el sistema de producción: despotismo, feudalismo y capitalismo respectivamente.  Cuando cambian las relaciones de producción, como consecuencia del avance científico y técnico, se desajusta el andamiaje jurídico, político y social existente, el cual termina por ceder y ajustarse a la nueva realidad.  Esto es comprobable históricamente.  Así, la Revolución Francesa cambió la estructura del antiguo régimen feudal y la sustituyó por otra adaptada a las nuevas realidades económicas y al sistema de producción capitalista.  La burguesía sustituyó al señor feudal, al clero y a la nobleza.  Aquí podemos señalar una contradicción importante entre el científico y el revolucionario (que ambas cosas era Marx); por un lado reconoce que el avance científico-técnico es el factor fundamental de la evolución social y por otro sostiene que la lucha de clases es el verdadero motor de la historia.

El modo de producción industrial liberó al siervo de la gleba y sustituyó a la manufactura artesanal como el modo fundamental de producción, concentrando en la fábrica a una nueva clase social formada por los obreros industriales.  Esta clase obrera proletaria según Marx, que sólo poseía una prole que mantener, constituida por los desarraigados del campo y los desplazados de los gremios artesanales de la ciudad, no era propietaria de las herramientas de labor ni del producto de su trabajo y vendía su fuerza muscular al dueño de la fábrica a cambio de una remuneración o salario.  De acuerdo con la teoría del valor de Marx según la cual las cosas valen por la cantidad de trabajo necesario para producirlas, la diferencia entre el precio de venta y el costo de producción de las mercancías (la ganancia del capital o plusvalía) constituía una apropiación del capitalista de una parte del trabajo realizado por el obrero, es decir, una explotación.

La Revolución Industrial y el triunfo de la burguesía sobre el clero y la nobleza en los siglos XVIII y XIX, dieron lugar a una nueva realidad social integrada con elementos viejos reforzados y nuevas formas políticas y sociales:

1)      En lo económico: a) la libre competencia o mercado libre, b) la propiedad privada de los medios de producción, c) el trabajo asalariado y d) la ganancia o renta del  capital.

 

2)      En lo político: a) la democracia representativa, b) la constitucionalidad, c) la división de los poderes públicos, d) la alternancia en el poder de los mandatarios y e) el respeto a los derechos naturales del hombre.

3)      En lo ideológico: a un conjunto de ideas y creencias conocido con el nombre de liberalismo.

Esta superestructura social basada en el modo de producción capitalista era lo más avanzado del desarrollo humano hasta la época, por lo que resultó trágico para el futuro inmediato de la humanidad que las ideas de Marx, relativas a la infraestructura y a la superestructura, lo llevaran a negar la pertinencia de todos los elementos vinculados al capitalismo, entre ellas las ideas liberales y la democracia representativa.  Esa posición radicalizó a sus seguidores, quienes intentaron la destrucción del capitalismo y la sustitución del Estado liberal burgués y la democracia representativa por el Estado totalitario y la dictadura del proletariado.

Sin embargo, de conformidad con el pensamiento dialéctico utilizado por Marx para explicar el desarrollo histórico de la humanidad la cosa no debió plantearse en esos términos, porque de la lucha de los contrarios, en este caso del capitalismo y del socialismo, debería surgir al final una síntesis que contuviera elementos de uno y otro, superando las imperfecciones de ambos (otra contradicción importante)  En algunos países nórdicos de Europa occidental (Dinamarca, Suecia, Noruega) se está dando una realidad que se aproxima bastante a la solución lógica del problema: un socialismo basado en el capitalismo, que aprovecha la enorme capacidad generadora de riqueza del éste y mediante la acción del Estado, en ejercicio de la democracia y de la libertad, lograr una distribución más equitativa, sin traumas ni atropellos a los derechos humanos.

3- La rentabilidad o ganancia como elemento fundamental del capitalismo

La rentabilidad, es decir, la capacidad de producir ganancia o plusvalía es el motor del sistema capitalista, porque además de incentivar al productor, permite la acumulación y la reproducción constante del capital y asegura el mantenimiento y la renovación de los equipos industriales sometidos al desgaste y a la obsolescencia.  Este elemento no existía en los métodos de producción anteriores (esclavitud y servidumbre) que escasamente permitían cubrir las necesidades inmediatas y de corto plazo de la población.  Las acechanzas de la naturaleza (sequías, inundaciones, plagas, etc.) y las vicisitudes humanas (guerras, malos gobiernos, etc.) afectaban gravemente las condiciones sociales, produciendo hambrunas, éxodos masivos de población y otras calamidades.

La acumulación del capital ha sido posible también por la superior productividad de los métodos mecanizados y automatizados desarrollados por la industrialización que ponen a disposición del capitalista una enorme masa de recursos financieros adicionales, los cuales, por su naturaleza, no pueden permanecer ociosos y son reinvertidos en la producción.  Por más que el capitalista disfrute y gaste sus ganancias, la mayor parte de ella irá nuevamente a la actividad productiva.  Adicionalmente el capitalista suele ser una persona muy ocupada que no dispone de tiempo suficiente para disfrutar ampliamente de su riqueza.  Su mentalidad tampoco le permite malbaratarla.  Los burócratas del socialismo estatizado suelen ser más dispendiosos.  El mecanismo capitalista de la ganancia reinvertida como respuesta a la necesidad creciente de la producción es de una simplicidad y eficacia extraordinarias.  El capitalismo sólo podrá ser sustituido por un sistema de producción capaz de lograr mejores resultados a más bajo costo.

Cuando el socialismo marxista expropia los medios de producción para ponerlos en manos del Estado, confronta de inmediato dos contradicciones fundamentales: a) si elimina la plusvalía para erradicar la explotación del obrero, pierde la capacidad de invertir y generar nuevas empresas, más trabajo y más riqueza social y b) si mantiene la plusvalía perpetúa la explotación del obrero (de acuerdo con la idea de Marx) y la situación éste no mejora.  En la práctica, se hace más penosa.

La alternativa socialista a la propiedad privada de los medios de producción es la llamada propiedad “social” o “comunitaria”; pero tal cosa no existe.  Lo que resulta, cuando se expropian o se “nacionalizan” las industrias, los fundos agrícolas y las demás empresas privadas, es la propiedad “estatal” que es algo muy distinto a la idea de una propiedad social o comunitaria, porque el Estado es un patrono mucho menos indulgente que el capitalista común y mucho más explotador que el más despiadado de los empresarios privados; porque no permite paros, huelgas, pliegos conflictivos, contratos colectivos ni sindicatos libres, es decir, elimina todo el bagaje de instrumentos de lucha que la clase obrera desarrolló durante los dos últimos siglos, bajo el influjo de las ideas revolucionarias, para enfrentar al capitalismo y lograr de él las reivindicaciones laborales y sociales de las que goza actualmente en los países industrializados y democráticos del mundo.

Pero el estado socialista marxista no se detiene allí y, consecuente con la teoría de las estructuras ya señalada, arremete también contra la forma democrática de gobierno, eliminando la división de poderes y la alternancia periódica de los funcionarios públicos.  Por su propia dinámica, el Estado marxista se hace “totalitario” y se ve impelido a actuar contra los opositores a quienes considera enemigos de la revolución y del pueblo, eliminando el pluralismo político y erigiendo un partido único que monopoliza la representación popular. Por eso se ve enfrentado a los diversos sectores de la sociedad: empresarios, intelectuales, estudiantes, artistas, profesionales, religiosos, etc., y a la postre, a toda la sociedad.  El totalitarismo se convierte en una dictadura mesiánica de mandato unipersonal.

Cuando el socialismo marxista toma el poder origina una gran contradicción entre la teoría y la praxis.  Ofrece construir una sociedad más justa, equitativa, libre y feliz, con valores superiores a los de la sociedad capitalista y termina erigiendo una sociedad sometida a los mandatos de un déspota, sin libertad, sin respeto a los derechos humanos, sin bienestar y sin justicia. Ejemplos: Rusia, China, Cuba, Corea del Norte, etc.

4 – El desarrollo científico-técnico y el capitalismo

Es una verdad históricamente comprobada que la ciencia y la tecnología han avanzado parejas al desarrollo económico generado por el capitalismo.  Entre capitalismo y ciencia no existen contradicciones sino relaciones de retroalimentación.  El capitalista invierte en la ciencia porque ésta es rentable.  Cada avance científico y técnico abre nuevas posibilidades al desarrollo capitalista mediante la producción de nuevos productos y/o la mejora de los que ya existen.  La industria farmacéutica, de equipos médicos, de instrumentos científicos, de computación y de comunicación son ejemplos claros de lo afirmado anteriormente.  A su vez, los nuevos equipos contribuyen poderosamente al desarrollo de la ciencia y la tecnología.  En los países industrializados, la empresa privada financia la investigación científica mucho más que el Estado.

 

La producción tecnológica avanzada y la investigación científica en nuevas áreas del conocimiento están transformando al mundo y a la sociedad humana en su conjunto configurando un nuevo estadio de civilización no definido todavía, pero que algunos ya denominan sociedad mundial de información o de conocimiento o también economía de redes.

Estas nuevas realidades científicas y técnicas generarán relaciones de producción aún inéditas pero previsibles, diferentes a las que hoy existen, liberarán a muchos de la sujeción patronal, del horario, de la fábrica, de la oficina y del salario fijo semanal o mensual, convirtiéndolos en pequeños productores y empresarios de bienes y servicios de todo tipo.  Ello será posible principalmente en los nuevos campos de la informática y de la comunicación los cuales ocuparán mucho más espacio, más trabajo y más personal que la producción industrial y agrícola, las cuales quedarán reducidas a su mínima expresión, pero con una altísima productividad.

Conceptos tales como clase obrera, proletariado, lucha de clases, explotación del trabajo, etc., quedarán relegados al cajón de los recuerdos melancólicos de los viejos revolucionarios (ya surgirán nuevos, con otras ideas).  Pero lo que no harán ese conjunto de nuevas realidades científicas y tecnológicas y esas nuevas formas de relacionarse los hombres con el trabajo, es eliminar los elementos básicos del sistema capitalista: mercado abierto y competitivo, libertad de empresa, propiedad privada, ganancia y acumulación del capital, financiamiento de nuevas empresas, etc.  Y la razón es simple: la ciencia no puede matar la gallina de los huevos de oro.

El capitalismo, quien lo duda, cambiará de aspecto.  Se modificarán muchos de sus rasgos formales y funcionales pero su esencia o naturaleza no cambiará.  Estará en capacidad cada vez mayor de satisfacer las necesidades humanas, funcionará bien o mal, pero en última instancia dependerá del uso que hagamos de él.  El capitalismo es un instrumento de producción, el mejor que ha logrado desarrollar el hombre hasta la fecha y así como el hacha de piedra sirvió al hombre prehistórico para machacar un alimento y comerlo o para romperle la crisma a un semejante, el capitalismo servirá para lo mejor y para lo peor (ya ha sido una y otra cosa).  Sin embargo, es evidente que el desarrollo científico-técnico de nuestra época está en capacidad, como ninguna otra fuerza en la historia, de superar los aspectos negativos que se achacan al capitalismo: despilfarro de recursos, contaminación ambiental, consumismo exagerado, etc.

5 - Crisis económicas del capitalismo

Una de las críticas más acerbas que se le hacen al capitalismo son las crisis periódicas que se originan en su seno. Estas crisis destruyen parte de la riqueza producida, causan desempleo, arruinan a muchos productores, empobrecen más a los ya pobres y desestabilizan a los países.  Como todo sistema social el capitalismo es complejo y, a diferencia de los sistemas naturales, las relaciones entre sus múltiples variables no son de tipo lineal, de causa a efecto, sino que se realimentan constantemente produciendo efectos sobre la marcha de los acontecimientos que intensifican las tendencias existentes de los fenómenos en un sentido o en otro, según la naturaleza de aquellas.   La única forma de evitar la inestabilidad de los sistemas sociales es imponiendo muchos y muy fuertes controles y limitaciones a la libertad, al libre desempeño del individuo.  Esto lo han hecho los regímenes totalitarios, pero el remedio ha sido peor que la enfermedad.

El primer crack suficientemente documentado se produjo en Holanda en 1636.  Otro muy conocido se produjo en Inglaterra en 1720.  Las causas de estos fenómenos son muy complejas porque intervienen muchas variables, unas endógenas, otras exógenas.  Pueden presentarse como crisis de balanza de pago, cambiaria, bancaria, bursátil, etc. Resulta imposible, o en todo caso muy difícil, predecir los eventos futuros, aún en el corto y mediano plazo.  Una razón adicional de esta dificultad radica en la conexión bidireccional que existe entre las decisiones actuales de los actores económicos y los acontecimientos futuros (reflexividad)

En momentos de auge, aumenta la producción de bienes y servicios, el empleo, el ingreso, la demanda, el crédito, las tasas de interés, e incluso, puede subir la inflación.  A mayor producción, mayor empleo; a mayor empleo, mayor ingreso por parte del público; a mayor ingreso, mayor consumo, y así sucesivamente.  Pero este crecimiento no puede ser infinito.  Tarde o temprano se presentan restricciones: las fábricas llegan a su máximo nivel de producción y una expansión resulta muy costosa porque hay que remodelar la planta o construir una nueva.  El mercado con poder adquisitivo también se satura.  Aún así el sistema tiene recursos para expandir el mercado incorporando nuevos compradores sin poder adquisitivo inmediato mediante crédito bancario o de los mismos vendedores.  Pero tarde o temprano se frena el crecimiento y en ese momento se inicia el proceso contrario con las mismas características de retroalimentación.  Hasta que se llega también a un piso en el cual se produce una cierta estabilización para luego comenzar una nueva fase de auge o un rebote.

Pero, paralelamente a esta dinámica de lo que pudiéramos llamar la economía real, se producen fenómenos similares en el mercado de valores, una superestructura aún más inestable que la primera.  Digamos, pues, algo acerca de esta otra dimensión del sistema económico capitalista.

El capitalismo, como hemos visto, ha logrado desarrollar asombrosos mecanismos que hacen posible su constante reproducción y expansión.  La creación de las compañías anónimas, por ejemplo, permitió fraccionar y despersonalizar el capital productivo dividiéndolo en miles de acciones (papeles o títulos) que pueden ser adquiridas por cualquier persona que, por ese hecho, pasa a ser accionista o copropietario de la empresa.  En cada ejercicio anual, la empresa, después de deducir todos los gastos, los impuestos, las reservas para la depreciación de los activos fijos, los seguros y demás providencias, declara una ganancia y un dividendo por cada acción, el cual podrá ser cobrado en efectivo por el accionista o convertido en nuevas acciones, incrementando por esta vía el capital operativo de la empresa.

Este mecanismo permite multiplicar muy rápidamente el capital social disponible, por cuanto cualquier persona con ingresos suficientes puede invertir sus ahorros en la compra de acciones y obtener dividendos que suelen ser más rentables que los depósitos bancarios.  Pero los depositados en bancos también se invierten en el financiamiento de nuevas empresas mediante el crédito.  El ahorro se convierte en capital. Y si alguien no tiene para comprar acciones, los operadores financieros se encargan de financiarlo mediante ventas a plazos.  Existen además otros instrumentos de financiamiento, como los bonos de deuda pública y los papeles crediticios de las propias empresas, también negociables en el mercado de valores.

Todos estos mecanismos financieros permiten crear nuevas empresas por parte de personas que tienen capacidad empresarial, nuevas ideas, patentes de invención, o simplemente coraje para enfrentar riesgos, pero que no tienen capital.  Esto explica el espectacular crecimiento del sistema capitalista y la infinita variedad de bienes y servicios que es capaz de inventar y producir.  Explica también porqué el capitalismo ha sido capaz de expandirse por el mundo entero y penetrar en todas las culturas, cosa que ningún otro sistema de creencias, valores, o ideas (religión, política, filosofía) ha podido hacer.

Todos los instrumentos financieros mencionados, y otros más, se pueden negociar, es decir, se pueden comprar y vender, cambiando de manos constantemente.  Por eso surgió el mercado de valores y las empresas especializadas en el manejo de los mismos.  Se desarrollaron las Bolsas, sitios en los cuales se realizan las operaciones de compra y venta de acciones y se mueven los agentes u operadores del mercado, los corredores de bolsa.

Pero todas estas formas novedosas de mover dinero y capitales son, en última instancia, medios fiduciarios, es decir, papeles y bonos cuyo valor está basado en la confianza que tiene el tenedor de que las cosas en el mundo real del trabajo y de la producción marchan bien, que existe un crecimiento económico sostenido y, lo más importante, que se producirán ganancias a muy corto plazo.

Paralelamente a esta expectativa, que puede considerarse sana dentro de la concepción capitalista del mundo de los negocios, existe otra práctica que no lo es tanto.  Los tenedores de valores bursátiles descubrieron prontamente que en base a esa confianza los papeles podían comprarse por un precio y venderse por otro mayor en forma casi inmediata, obteniéndose así una ganancia más fácil y más rápida.  Esta ganancia no está basada en la actividad productiva real de bienes y servicios.  Es una ganancia especulativa basada en expectativas de hechos futuros que muy bien pueden no producirse.

Los mecanismos de la bolsa casi siempre terminan mal.  Cuando hay un auge económico el valor de las acciones aumenta sin cesar mediante un mecanismo de retroalimentación: a más valor de las acciones más compras, por que se supone que ese incremento señala una tendencia favorable.  Pero como no existe un indicador semejante al del tanque de gasolina de un automóvil, que señala con exactitud cuando está lleno, la espiral sigue creciendo inflando los valores más allá de toda posibilidad real, formando una burbuja, como suele llamársela, que se infla y se infla hasta que explota.  Cuando esto sucede se produce el pánico.  La gente se precipita a vender a la baja y mientras más se profundiza la caída de los valores bursátiles más se vende, por lo que la situación se hace incontenible.  Como una buena parte de la economía está trabajando apalancada con créditos bancarios y con ganancias de la bolsa, cuando estalla la burbuja se paralizan muchas actividades, se genera desempleo y se produce la verdadera crisis económica  Eso sucedió con el crac de 1929.  Ese trágico episodio que arruinó a la economía mundial por casi una década, puso de manifiesto los mecanismos perversos de la bolsa y sus prácticas, por lo que era de esperar que situaciones similares no ocurrieran en el futuro.

Sin embargo no ha sido así, porque el capitalismo, siempre tan ingenioso, se las arregló para producir nuevos y más sofisticados instrumentos financieros, más globalizados, más ágiles y volátiles, que son capaces de burlar los controles estatales y dispararse como flechas de un país a otro cuando se producen circunstancias desfavorables, dejando en la estacada a los países en los cuales estaban operando, como ocurrió en la crisis asiática  de 1997.

Para que se vea cómo las crisis financieras tienen mucho que ver con el comportamiento inexplicablemente estúpido de sus agentes en determinadas circunstancias, refirámonos brevemente a la del año pasado.  Se conoce como “crisis de los subprime”, término que se refiere a los activos financieros con garantía hipotecaria de muy baja calidad.  Producto de un boom en la demanda de inmuebles y a una serie de condiciones crediticias y tasas de interés, la concesión de estas hipotecas fue degenerando hasta llegar a no tener casi ninguna garantía de recuperación.  Con su humor anglosajón característico, los norteamericanos fueron denominando a estas hipotecas de la siguiente manera: LowDoc (poca documentación), NoDoc (sin documentación), LiarDoc (documentación falsa), hasta llegar a las NinjaDoc: No Income, No Job, No Assets (sin ingresos, sin trabajo y sin bienes).

Al final vino la debacle: caen las hipotecas de baja calidad (subprime), le siguen las obligaciones de deuda garantizada,  se afectan las empresas aseguradoras y reaseguradoras, los créditos bancarios se disuelven como sal en agua, y así sucesivamente.  La crisis se extiende a otros países (Alemania, Francia, Reino Unido), cuyas instituciones financieras requieren de apoyo financiero de los Bancos Centrales.

La crisis, como en casos anteriores, prendió las alarmas en los centros del poder financiero del mundo, donde funcionan las mas importantes bolsas de valores (Nueva York, Londres, Berlín, Zurich, Tokio, Paris)  Allí se están tomando decisiones que fortalecerán los controles gubernamentales sobre esta actividad, basadas en las nuevas realidades globales.  Ello no acabara con las crisis económicas, pero seguramente las reducirá a términos manejables.  En cierta forma, las crisis económicas actúan como mecanismos reguladores del sistema económico, similares a los procesos homeostáticos que se dan en la naturaleza para regular las poblaciones animales y la vida vegetal.  Ellas no acabarán con el capitalismo, como piensan y desean los marxistas trasnochados.  La razón la hemos expresado antes: no existe, ni se avizora, un sistema económico más eficaz y eficiente que el capitalismo.

La ganancia, quien lo duda, es producto del afán de lucro de los seres humanos.  Es el motor de toda la maquinaria capitalista.  Pero ella no cae como maná del cielo.  Es el resultado de una lucha altamente competitiva y muchas veces despiadada.  Esta característica obliga a los empresarios (en general) a ser, además de astutos y taimados, sumamente eficientes para no sucumbir.  Cuando el Estado se apropia de los medios de producción y elimina la ganancia se burocratiza la gestión, se reducen los niveles de eficiencia y de entusiasmo por la función gerencial y finalmente se reduce el crecimiento económico, con lo cual aumentan el desempleo y la pobreza.  Ello está suficientemente demostrado en los países que asumieron la estatización como forma de resolver los problemas sociales.  Las decisiones tomadas en Venezuela en esa misma dirección en los últimos años están produciendo iguales efectos a los que ya se habían manifestado en la Unión Soviética y demás países socialistas del mundo.

A pesar de las crisis el sistema capitalista tiene una fortaleza porque aprende de sus errores y es capaz de generar sus propios anticuerpos.  La crisis del año pasado, que se creyó de suma gravedad y se comparó con la Gran Depresión de los años treinta, no llegó a tanto y la intervención de los gobiernos de Estados Unidos, Inglaterra, Francia, Alemania y Japón logró paliarla,  por lo que es previsible que remita a corto o mediano plazo.

 

En la primera mitad del siglo XX Europa y Estados Unidos de Norteamérica, los dos grandes polos del desarrollo capitalista fueron duramente sacudidos por tres grandes acontecimientos: la Primera Guerra Mundial, la Revolución Bolchevique y la Gran Depresión.  Más adelante se produjeron otros hechos históricos de importancia que afectaron al capitalismo: el ascenso del fascismo y del nazismo, la Segunda Guerra Mundial, la Revolución China, la expansión soviética hacia Europa Oriental, la lucha sindical en los países industrializados, la Guerra Fría, el surgimiento de grandes partidos comunistas en Francia e Italia que estuvieron a punto de llegar al poder, etc.  La infraestructura industrial de los países beligerantes, con excepción de los Estados Unidos, quedó destrozada.

Sin embargo, en dos o tres décadas, ese sistema, golpeado al extremo, fue capaz de rehacer sus propias economías y las de Alemania, Italia y Japón, países derrotados, e instaurar en Europa el Estado Social de Derecho que elevó el nivel de vida de los trabajadores, perfeccionó el derecho laboral, reconoció a los sindicatos obreros como protagonistas fundamentales de la sociedad, impulsó la ciencia y la tecnología a su más alto nivel y, en síntesis, comandó ese conjunto de eventos que llamamos “globalidad”. 

El desarrollo de la sociedad moderna, con todo lo que lleva implícito, ha sido posible mediante la participación de todas las culturas del mundo, pero es indiscutible que el fenómeno de la globalización constituye, en última instancia, el grado más alto alcanzado hasta ahora por el proceso de expansión capitalista y de la cultura occidental, que para bien o para mal de la humanidad, se inició hace cinco siglos atrás con los grandes descubrimientos geográficos, la colonización, la revolución industrial y el desarrollo científico y técnico.

Conclusiones

Las ideas expuestas anteriormente tienen algunas conclusiones importantes:

 

a) que el capitalismo es un producto histórico integrado al desarrollo general de la humanidad, en identificación plena con el ser humano, con su idiosincrasia y con la forma como éste ha encarado el eterno problema de la supervivencia;

b) que el capitalismo, al requerir para su desarrollo un ambiente de libertad,  es garante de la democracia y del respeto a los derechos humanos, constituyéndose en un muro de contención frente al poder del Estado, siempre proclive a la expansión de su poder;

 c) que el capitalismo, impulsador de la ciencia y la técnica,  es perfectible mediante ellas y puede servir de base a formas políticas y distributivas más justas a las existentes, como lo han demostrado algunos países de Europa noroccidental;

 c) que las ideas marxistas, que fueron importantes en el pasado porque ayudaron en la lucha de los trabajadores para el logro de mejores condiciones de vida, hoy no tienen vigencia, porque la realidad histórica es otra y existen posibilidades reales de mejora sin violentar la estructura jurídica, económica y política del Estado de Derecho, liberal y capitalista;

 d) que no existe, ni se vislumbra, un sistema económico alternativo al capitalismo, que pueda hacer las cosas mejor que éste, con más eficiencia y con más libertad.


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