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 Caracas, Viernes, 10 de febrero de 2012
 

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  Sección: Economía y Petróleo

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La economía herida

Domingo Fontiveros

Jueves, 30 de abril de 2009

El precio del petróleo y el Dow Jones, entre otros indicadores, han venido recuperando en las últimas semanas algo de sus pérdidas críticas anteriores. No obstante, hablar con base en ello de una economía en recuperación es más "whishful-thinking" que otra cosa.

Esas buenas noticias son reacomodos todavía transitorios en el universo de los intercambios.

La macro-corrección de valor que ha tenido lugar, más allá de estas recuperaciones muy parciales, es el efecto, no la causa, de la crisis subyacente, que estalló porque el mundo, y no sólo los EE.UU., estuvieron viviendo por encima de sus medios durante varios años, en una burbuja no sólo inmobiliaria, sino de consumo y otros excesos.

La economía no se estabilizará hasta que se llegue a un nuevo nivel de valores y consumo compatible con los medios disponibles. Indicaciones de esta dirección inexorable provienen ahora de mercados que atraen menos prensa, lo cuales registran efectos "con retardo", que confirman lo anterior, incluyendo el mercado inmobiliario comercial y sus respectivas hipotecas, así como la morosidad en los créditos personales, síntomas a su vez de la debilidad del consumo, del empleo y de los salarios globales.

No es casual que los pronósticos de los principales analistas institucionales, desde el Banco Mundial y el FMI, hasta las oficinas económicas de los más importantes bancos, hayan venido corrigiendo sus perspectivas durante los últimos nueve meses, con escenarios cada vez menos halagadores sobre crecimiento e inflación a nivel global y regional.

En Europa, sobre todo en los países ex-soviéticos y en otros sometidos casi igual al viejo control del Kremlin, el desplome ha sido dramático. La misma Rusia acusa las debilidades que provoca un derrumbe en su ingreso nacional. El Reino Unido muestra indicios de estar en peores condiciones que sus colegas de Europa Occidental.

Japón encara una caída mayúscula de sus exportaciones, que han sido el motor de su bienestar; igual puede decirse de China e India.

La perspectiva latinoamericana ha vuelto también a ser revisada hacia abajo por las instituciones financieras internacionales. Últimamente, los expertos apuntan a una contracción moderada, en contraste con el bajo crecimiento que pronosticaban hace poco, pero las proyecciones próximas seguramente traerán noticias algo más preocupantes. Lo mismo respecto al África y otras regiones. Esas mismas instituciones reconocen con inusual candidez que la lucha contra la pobreza tendrá que esperar, porque la prioridad ahora está colocada en la lucha contra el empobrecimiento, que es algo muy diferente y, en estos momentos, paradójica e irónicamente más urgente para ellos.

En paralelo, el espectro de un eventual regreso del proteccionismo comercial recorre al mundo. Hay noticias menudas pero significantes, sobre comunidades americanas, por ejemplo, que están imitando una práctica hasta ahora limitada a unas pocas e ínfimas localidades que emiten un papel moneda del lugar con la intención de cuidar a comercios y productores cercanos frente a la competencia, no ya del mundo exterior sino de otras partes del mismo país y hasta del estado.

Barack Obama, en otra dimensión, ha dejado colar el mensaje de "compre americano" con una connotación de amargo sabor para sus socios comerciales. Muchos países, por otro lado, están "inflando" sus economías, a pesar de los riesgos inflacionarios que ello conlleva, pero no parecen muy dispuestos a hacer individualmente la misma insensatez que Venezuela hizo en estos últimos años, que fue estimular las importaciones en perjuicio de la producción nacional. Si el proteccionismo se generaliza, el comercio mundial sufriría un severo golpe que haría mal a todos, a la larga mucho mayor que las efímeras y eventuales ganancias de corto plazo. De allí que el enfoque contra el proteccionismo tiene que ser multilateral, coordinado y con la mayor cobertura posible.

Lo que es racionalidad económica desde el punto de vista general, no obstante, puede ser eclipsado por el argumento político inmediatista y unilateral, con una racionalidad económica afectada de miopía, incluso en los países con mayor tradición liberal. Ni qué decir del resto.

China y Japón, por mencionar dos de los más exitosos exportadores de manufacturas de Asia, han visto caer fuertemente sus ventas externas.

El primero dice estar aplicando un estímulo a su demanda interna para cuidar el nivel de actividad, cuyos efectos están por verse en medio de lo que ya es una confirmada y brusca desaceleración respecto a la tendencia de los 30 años anteriores. Para Japón las opciones son menos simples, porque allí el proceso de acumulación de capital productivo ha llegado a niveles casi de estado estacionario, como quedó al descubierto mucho antes de la actual coyuntura.

Otras economías menos integradas no están en condiciones de estimular demasiado su demanda interna so pena de agravar el desbalance de pagos externos y la inflación. Con todo lo que digan en contra, pareciera por el momento que son los países de Europa Occidental y los EE.UU., los de siempre, quienes están en mejores condiciones de recuperarse con menos dificultades, aunque Europa tiene ventajas a este respecto por su mayor grado de desempleo crónico, que en teoría haría factible la apertura de nuevos puestos de trabajo, con keynesianismo puro si es necesario, sin presionar demasiado la tasa de salario y sacando ventaja en lo posible de los menores precios de los commomidities que se vienen registrando en el comercio internacional. Pero volcarse al mercado interno aplicando un sesgo anti-importador como política es sin duda una estrategia de temible doble filo.

En parte por ello, los reclamos que se han hecho a los EE.UU. como causante en primera instancia de la crisis económica, han bajado de volumen en todos los foros internacionales de trascendencia. Aparte de la inutilidad de las estridencias que inicialmente se vocearon, este tipo de acusaciones no puede sostenerse por mucho tiempo cuando el gigante americano replica que las ganancias de bienestar registradas en la última década en casi todos los países fueron factibles en gran medida gracias al extraordinario empuje de la demanda americana que compró más volumen y a más altos precios tanto las materias primas como las manufacturas provenientes del resto del mundo. "Mientras yo me metía en problemas, Uds. estaban ganando; ahora que voy a acomodar la casa, no me culpen de sus males", parecieran decir.

Hay que estar claros, sin embargo. El estilo de Obama no da para afirmaciones tan radicales y odiosas como esta, aunque existan maneras sutiles de transmitir las mismas ideas, a las que otros, igualmente, tienen que reconocer un fondo de duro realismo. Obama es un político talentoso que pudo vencer, por encima de severos hándicaps en contra, poderosos rivales en su camino a la Casa Blanca. Ahora enfrenta una situación de extrema gravedad interna, cuyo arreglo podría involucrar terribles repercusiones en el resto del mundo. Esto habría que admitirlo sin mayores cualificaciones. Aún así, su mensaje al resto del mundo, tanto en lo multilateral como en lo bilateral, ha sido que no tiene la intención de emprender la tarea en un espíritu aislacionista, sino de cooperación. Dejando claro, de todas maneras, que la cooperación implica un grado de liderazgo que ningún otro, con todo lo fuerte que la pretensión parezca, sino el presidente de los EE.UU., o su país, mejor dicho, está en capacidad de aportar.

De todas formas, es forzoso reconocer para un líder con los pies en la tierra, que algunas o muchas cosas en los arreglos y equilibrios internacionales van a tener que cambiar. Ya no con base en una hegemonía avasallante y unilateral, que a la postre terminó siendo tremendamente corrosiva, sino en el entendimiento entre intereses tanto geopolíticos como económicos de la comunidad internacional. Es la escena que con creciente precisión se va delineando para el resto del año y quizá por varios más. Un gran "quid pro quo", como esquema para la mesa de arreglos, se está cocinando entre todas las partes involucradas, que incluye muchas áreas que abarcan comercio, inversiones, derechos de propiedad, medio ambiente, posiciones relativas de poder en los organismos internacionales, seguridad militar y garantías de espacio para el desarrollo de la democracia, entre muchos otros temas.

Este no es el fin del capitalismo ni de la democracia, como alucinan algunos trasnochados. En buena parte porque ambos son sistemas flexibles con enorme potencial de autocorrección. Aunque no se pueden descartar los riesgos en esta materia, los mayores apuntan más bien hacia los sistemas rígidos que no se adapten a las nuevas circunstancias o lo hagan malamente. Aún así, siempre existe una Cuba o una Norcorea, por no decir una Venezuela, que se aferra al extremismo, levantando barreras autoritarias en todos los órdenes, organizadas con la suprema finalidad de preservar el poder de unos pocos, a costos que terminan siendo inhumanos, y que llevan a su población a quedar como en suspensión animada, fuera del curso de la historia y del tiempo.

El riesgo para nuestro país de quedar como colgado en un espacio donde el tiempo se detiene no es nada pequeño. El gobierno se cree fuerte para imponer sus ideas rupestres mientras el mundo busca innovar en la globalidad. Dispone de control directo sobre mucho dinero, de fuerza armada y de un sistema todavía en vías de perfeccionamiento, pero operando, de control ciudadano. Sus más recientes iniciativas apuntan en una clara dirección que excluye a la diferencia política, a la disidencia sindical, a la protesta civil y a la crítica social. No quedan dudas de la vocación hegemónica del régimen, en contraste con las nuevas tendencias mundiales y la vocación pluralista de la ciudadanía venezolana.

Algunos de sus adversarios tratan de comunicar un ultimátum a la ciudadanía para que reaccione. Esto no sobra aunque suene bastante prepotente, por mucha razón que tengan en la sustancia del llamado. La lucha que viene aquí tendrá que incluir las bases populares que tomarán, probablemente, para sí los grandes reclamos que con anticipación, aunque sin intenciones proféticas, formularon las clases medias durante varios importantes episodios y por un tiempo a partir del año 2001.

Con la economía herida, el mundo en general se dispone a la transformación en asuntos medulares con ánimos de avance y desarrollo continuo en términos de prudente multilateralismo. La economía venezolana, en contraste, siendo de las más vulneradas en esta coyuntura, no encuentra en su gobierno una brújula para aminorar los efectos nefastos de una crisis que no será corta, y tampoco para preservar condiciones para su recuperación posterior. Es difícil encontrar en nuestra historia un momento de mayor dramatismo. Sin una corrección acentuada en la conducción política, la economía y la sociedad sufrirán una terrible pérdida en los años por venir.

buzondf@gmail.com


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