El petróleo ante la coyuntura internacional Roberto Palmitesta D.
Viernes, 30 de noviembre de 2001
Se contaba que la guerra en Asia Central y la intensificación de la crisis del Mediano Oriente, haría repuntar los precios del crudo, como ha sucedido en otras ocasiones conflictivas. Sin embargo, la actual recesión económica ha sido un factor más determinante, y al bajar la demanda de productos energéticos los precios del crudo se derrumbaron en forma alarmante
No hay duda que el mundo se ha convertido rápidamente en una sociedad globalizada, donde todas las economías y culturas están interconectadas. La prueba más reciente de esta afirmación está en los efectos de los ataques terroristas en EE.UU. sobre todos los países del planeta, pues estos --conjuntamente con las consecuencias negativas en la economía norteamericana--, se han visto igualmente afectadas tanto en sus economías como en sus políticas exteriores. Venezuela no ha escapado a esta coyuntura pero en lugar de aprovecharla para redefinir sus lealtades hacia occidente y aclarar su posición hacia el terrorismo, ha preferido seguir coqueteando ambiguamente con ideologías anacrónicas y foráneas, lo cual a su vez está teniendo serias implicaciones en su futuro económico.
En el área petrolera, se contaba que la guerra en Asia Central y la intensificación de la crisis del Mediano Oriente, haría repuntar los precios del crudo, como ha sucedido en otras ocasiones conflictivas (guerra del Yom Kippur, revolución iraní, guerra Irán-Iraq, guerra del Golfo). Sin embargo, la actual recesión económica ha sido un factor más determinante, y al bajar la demanda de productos energéticos los precios del crudo se derrumbaron en forma alarmante, reduciendo la renta de los países petroleros casi a la mitad.
Asimismo, las tirantes relaciones con nuestro principal cliente petrolero, hacen temer que Venezuela será excluida tanto de la reconstitución y aumento de las reservas estratégicas de la superpotencia como de nuevas inversiones petroleras de ese país, debido a las sutiles presiones de la Administración Bush, que seguramente ve con simpatías los efectos de la baja de precios en la inestabilidad del gobierno de Chávez y la problemática institucional que generará la creciente crisis fiscal, a pesar de que los precios –que se teme puedan llegar otra vez a los 10 $/barril-- también desanimarán la exploración y producción en territorio norteamericano. Obviamente, la nueva Ley de Hidrocarburos, con su énfasis en el control estatal sobre toda nueva inversión, ha contribuido a esta tendencia, y aunque hay esperanza de que pueda ser modificada durante la vacatio legis recientemente acordada, puede que el daño ya ha sido hecho, al sembrar la duda sobre la tendencia estatista de esta administración y retardar las decisiones sobre nuevos negocios.
Venezuela debería darse cuenta que EE.UU. ha inaugurado una política de mayor autonomía energética, que apuntan a una virtual independencia de las importaciones petroleras a mediano plazo. Y nadie duda que con su actual gobierno conservador, amigo de los grandes capitales y con pocos escrúpulos en materia ecológica, bien puede lograrlo, especialmente en esta época de gran fervor patriótico debido a los ataques terroristas. Además, su gran capacidad tecnológica le permite intensificar el desarrollo de formas alternativas de energía –menos contaminantes- que reemplacen gradualmente a los combustibles fósiles. Y aunque el área automotriz no se presta mucho para la utilización de estas nuevas energías en el futuro previsible, una imposición de mayores economías de combustible en los nuevos motores podría lograr eventualmente una reducción considerable en el consumo de gasolina, que constituye la mitad del volumen de los productos petrolíferos consumidos.
De hecho, eso es lo que ha propuesto Robert F. Kennedy Jr., hijo del finado Senador y activista ecológico, en un artículo en el New York Times, sugiriendo que se lleve el nivel de eficiencia energética a unas 40 millas por galón, muy por encima de los actuales niveles, que se han mantenido casi estacionarios desde los años 80 por la abundancia de suministros petroleros y los bajos precios del combustible, además del fuerte cabildeo de los sectores petrolero y automotor para que se paralice la implementación de mejoras técnicas en el consumo de combustible (inicialmente previstas por la administración Carter). De llegarse a aprobar una normativa más exigente en este sentido, EE.UU. no sólo no necesitaría incrementar su producción de Alaska y costa afuera, sino que en cierto punto ni siquiera tendría que importar petróleo, lo cual sería una verdadera tragedia para todos los países petroleros y en especial para Venezuela, con presupuestos tradicionalmente deficitarios. En los medios se nota que el público norteamericano está harto de los continuos chantajes que provienen de los países petroleros del mediano oriente, y que han causado periódicas distorsiones en sus ciclos económicos. La tendencia a la autonomía energética sería imitada seguramente por otros países industrializados, también cansados de su alta dependencia del petróleo del Mediano Oriente, con sus recurrentes crisis geopolíticas. Todo esto, sin contar con los nuevos yacimientos que se vislumbran en otras zonas de Africa, Asia y zonas árticas tanto de Rusia como de EE.UU. y Canadá. Y, siendo realistas, si empeoraran las relaciones y realmente EE.UU. quisiera perjudicar la economía venezolana, no tiene sino que pedirle a sus vecinos, México y Canadá, o a sus protectorados árabes del Golfo Pérsico, que incrementen la producción para sustituir las importaciones que se realizan actualmente de Venezuela, aunque las necesidades de crudo de la Citgo y otras subsidiarias quedarían estables, a juicio de PDVSA.
La prudencia que requiere la actual coyuntura, no implica que Venezuela deba adoptar una política exterior sumisa a los deseos del coloso del norte, sino reconocer las realidades geopolíticas y mantener una posición digna sin antagonizar innecesariamente a su mejor socio comercial. Es una cuestión netamente pragmática y comercial, la de escoger entre un acercamiento al menguante número de naciones con regímenes tiránicos --y opositores ideológicos a ultranza de EE.UU.--, o seguir siendo parte del mundo latinoamericano, de tradiciones occidentales y que necesitan de los mercados norteamericanos, mientras apoyan la libre empresa y la integración comercial como medios para salir de la pobreza y el atraso. Es hora de reconocer que la planificación centralizada y las empresas estatales no han sido provechosas para el país –excepto en el caso de Pdvsa, que maneja un negocio de alta rentabilidad-- y que toda tendencia al control estatal desanima las nuevas inversiones, tanto en el área petrolera como en otras actividades industriales.
En fin, el gobierno venezolano debe reconocer la tremenda importancia del negocio petrolero, y ajustar su política internacional e interna para que siga siendo el soporte estratégico de la economía venezolana, al menos mientras ésta no logre diversificarse hacia otras áreas, algo que será muy lento mientras persista la inestabilidad política y el énfasis en cambios improvisados o drásticos en la legislación nacional, un factor que obviamente causa mucha incertidumbre y ahuyenta las inversiones extranjeras. El paquete de leyes recientemente decretadas a través de la Ley Habilitante, ha sido un nefasto ejemplo de cómo repeler nuevas inversiones, ya que muchas tienen normas leoninas y son de tendencia estatizante, así que la ansiada reactivación económica tendrá que esperar mejores momentos si no se llegaran a reformar los puntos álgidos en la Asamblea Nacional.
Con sus importantes reservas, Venezuela pudiera convertirse en el proveedor preferido de los países hemisféricos, y de muchos otros allende los océanos, no sólo en el área energética sino en el campo petroquímico, pero es evidente que su extemporáneo y nocivo enfoque ideológico en materia económica es un escollo difícil de vencer, mientras no exista conciencia de los verdaderos intereses nacionales En otras palabras: hay que darse cuenta que no solo de orgullo nacional vive la población, y que la crisis exige medidas conciliadoras y no una perenne confrontación de clases o con nuestros socios foráneos. Encima de todo esto, la principal industria del país se está viendo acosada financieramente para que haga aportes mayores de los que puede hacer en forma saludable (o sea sin endeudarse o reducir inversiones), y –a este paso- no está lejos el día que la interferencia política llegue a enfermar, o incluso a liquidar, la legendaria gallina de los huevos de oro, algo que se temía desde la nacionalización de la industria debido a la tendencia de los gobiernos a exprimir y entorpecer todos los negocios rentables.(Otros ejemplos negativos han sido las empresas de la CVG, casi todas endeudadas o deficitarias por esta mala costumbre criolla de contaminar todo con la politiquería).
Es hora de que las fuerzas políticas --que deberían defender los mejores intereses de la ciudadanía-- se desliguen de ideologías extremistas y lealtades incondicionales, a todas luces anacrónicas e indeseables, y junto con otras fuerzas vivas como el empresariado y el sector laboral –todos muy afectados por la crisis fiscal en ciernes--, obliguen al ejecutivo a rectificar sus nocivas posturas diplomáticas, evitando apegarse a posiciones soberbias contrarias al interés nacional. Sólo así la industria petrolera podrá seguir siendo el factor clave que pueda dinamizar la economía y siga financiando gran parte de los presupuestos nacionales. Corresponde a nuestros dirigentes el comprender en su justa dimensión los cambios geopolíticos que afloraron en el panorama internacional después de los trascendentes sucesos de septiembre, y darse cuenta que –de no adoptarse una visión sensata y progresista-- sufrirán tanto los sectores medios como los marginales que confiaban en la reactivación del empleo. Algo que nuestra dirigencia debería reflexionar en forma seria, profunda y oportuna.