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Sección: Economía y Petróleo
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La paradoja de la energía
Elías Toro
Viernes, 19 de marzo de 2010
Mientras mayor es el consumo per cápita de energía de un país, más disminuye la tasa de crecimiento de su población. Así lo evidencian las estadísticas: en un extremo, Eritrea, Togo, Etiopía, Yemen, Kenya, Costa de Marfil etc., con tasas de crecimiento por encima del 2,5 % anual y consumos inferiores a 500 Kg.ep/a)[1]; en el centro, Brasil, Turquía, Líbano, Venezuela, etc., entre 1 y 1,5% y consumos entre 1000 y 2000 Kg.ep/a; y en el extremo opuesto, Italia, Alemania, Japón, España, Suecia, Suiza y Rusia, por ejemplo, con tasas por debajo de 0%, es decir, con tendencias negativas, cuando se alcanzan consumos superiores a los 3000 Kg.ep/a.
Si por otro lado se piensa en el alarmante crecimiento poblacional mundial, que según las proyecciones de la ONU alcanzará la cifra de diez mil millones de habitantes en el año 2050, a la que contribuirán fundamentalmente los países del grupo más retrasado, se infiere que la única manera de estabilizarla para evitar las consiguientes hambrunas y conmociones sociales, es promoviendo el acceso por igual a la energía de toda la población del planeta. He allí la paradoja
¿Y cómo hacer realidad un propósito tan fundamental para el futuro del género humano?
Ello no será por supuesto posible si la energía cuyo consumo se pretende promover es la de los hidrocarburos o el carbón; por tres motivos elementales: en primer lugar, su creciente escasez relativa y carestía, cuyo efecto asfixiante sobre la producción y el equilibrio económico planetario será cada vez más determinante; luego, por la injusta distribución geológica de los yacimientos, que hace inmerecidamente ricos a algunos países, propiciando las muy modernas formas de imperialismo energético; y finalmente, por la gravísima responsabilidad que la combustión tiene en el catastrófico calentamiento global.
La sola respuesta que luce posible en el actual nivel del desarrollo tecnológico de la humanidad consiste desde luego en echar mano del único combustible – la radiación solar – que llega a cada metro cuadrado de la superficie del planeta, con máxima intensidad en la franja geográfica comprendida entre los trópicos de Cáncer y Capricornio: la zona tórrida, donde precisamente se encuentran ubicados los países más pobres. Se añade a esta el viento, que siendo una fuente de segundo grado resultante del calentamiento irregular y cíclico la masa de aire de la atmósfera terrestre, su distribución geográfica difiere mucho de la de la fuente solar primaria.
Apartando las otras fuentes: las sofisticadas y riesgosas plantas de fisión atómica, o la aún nonata fusión atómica, o los muy costosos procedimientos para hacer practicable la geotermia, nos encontramos con que las tecnologías disponibles en la actualidad para convertir la energía solar en electricidad son básicamente tres: la célula fotovoltaica, los dispositivos solares de concentración térmica y la más simple torre solar.
Las dos primeras y más rendidoras, con niveles de eficiencia entre el 10 y el 20%[2], resultan ser naturalmente las más sofisticadas tecnológicamente, y, por ende, las más costosas. Su adopción significará para los países más pobres mayores costos, tal vez prohibitivos, por tratarse de tecnologías aún controladas por las sociedades del primer mundo.
No así la tercera, la torre solar, cuya concepción técnica, por simple, sí está al alcance de las sociedades de desarrollo más incipiente (Ver vídeo más abajo en el blog). Pese a que la eficiencia no sobrepasa – todavía – el 2-3%, su rendimiento económico es sin embargo equiparable, sobre todo para países cuya baja densidad de población, que son también los de más bajo consumo energético, lo que les permite disponer de grandes extensiones de tierra sub-utilizada o no utilizada en otras actividades: agrícola, pecuaria, industrial, urbana, etc., como es el caso de nuestros llanos centrales, recipiendarios además, de una radiación solar cuya intensidad es sólo comparable con los desiertos del Sáhara y Medio Oriente[3].
Por estas razones Venezuela podría convertirse en país pionero del uso de la energía solar y líder del tercer mundo en esta fundamental tarea de emparejar el consumo energético de todas las sociedades planetarias. Ese si sería un verdadero liderazgo mundial. Una forma única de “sembrar” el petróleo y sepultarlo definitivamente para beneficio de nuestros hijos y nietos.
toroelias@gmail.com
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