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Sección: Economía y Petróleo
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G-2O Todo cambia, nada cambiaJuan Francisco Rojas PensoDomingo, 4 de octubre de 2009
Cuando conocimos los resultados de la reciente reunión del G-20, nos convencimos que el espíritu de Don Fabrizio Corbera, Príncipe de Salina, se había recreado a sus anchas en la ciudad de Pittsburgh compartiendo honores y deshonras con los grandes líderes de la economía internacional. El «Algo debe cambiar para que todo siga igual» parecía haber orientado las negociaciones, mejor, consagrado los pactos alcanzados en sucesivas reuniones ministeriales que sugerían más y mejores conclusiones que, con seguridad, naufragaron en el tsunami del capitalismo global. La lógica sistémica volvió a prevalecer ahogando en el mar de las ilusiones las expectativas de los millones de personas que han visto desvanecer los esfuerzos de toda sus vidas o disipar sus fuentes de trabajo como producto de la antiética de una doctrina que los paladines mundiales intentan remozar a cualquier costo, sin siquiera mostrar un atisbo de culpabilidad y muchos menos, de un propósito de enmienda. La esperanza se cifra en que el mercado regulará la inmoralidad de los responsables de una crisis que solo ha servido para demostrar, otra vez, la gran capacidad del liberalismo económico para concentrar beneficios y socializar pérdidas. Conscientes de la debilidad de unos primeros síntomas de recuperación, postergaron el desmonte de los programas de estímulo para incentivar la reactivación, aunque la mayoría estuvieron destinados a rescatar las entidades financieras que renutrieron sus arcas a cuenta de los dineros provistos por los contribuyentes y que ahora retacean su devolución. Igual posponen la adopción de “una estrategia de salida” tema que, por el contrario, ya fuese incorporado a la agenda de la burocracia de FMI, aunque acompañado de una paradoja sin par. La “preocupación” fondomonetarista trafaga por los senderos de los déficits que comienzan a acumular los países en desarrollo, porque los generados en los industrializados serán justificados hasta la eternidad, sobre todo, por la confianza de que el mercado los hará crecer eludiendo los ciclos al fomentar la responsabilidad descartando, a la par, la temeridad. Como contrapartida, los países ricos ceden a los emergentes el 5% de su capacidad de voto en el sublime organismo monetario. Mientras el G-20 se erige como “el principal foro de cooperación económica internacional”, dos temas esenciales para el desarrollo global, vuelven a ser objeto de un tímido tratamiento. El comercio mundial se debilita día tras día y no da muestras de recuperación. Los efectos de la contracción de las grandes economías y la proliferación de medidas proteccionistas solamente podrían ser contrarrestados con una rápida resolución de la Ronda Doha, la cual será abordada apenas el próximo año, difuminando, de nuevo, los intereses de los países subdesarrollados. Sin embargo, lo peor es la pobre atención prestada a la materia ambiental. No se trata de determinar nuevas políticas o profundizar las existentes para la preservación y la conservación del ambiente por sí mismo. Se trata de atender, y con urgencia, los impactos económicos y sociales derivados del cambio climático, cuyos responsables ocupan uno de los mullidos sillones donde se apoltronan, con total desparpajo, varios de los líderes de los países responsables de la mayor emisión de los gases de efecto invernadero y, en consecuencia, del calentamiento global. Graciosamente, el foro llama la atención acerca del impacto del uso de los combustibles fósiles porque "promueven el derroche, reducen nuestra seguridad energética y minan los esfuerzos para combatir el cambio climático". Quizás Giuseppi Tomasi di Lampedusa habría contado con material suficiente para agregar un nuevo capítulo a su “Il Gattopardo”. A lo mejor, después de la reunión de junio en Canadá, alguien ose en usurpar la obra cuando vuelva a comprobar que todo cambia aunque nada cambia. |
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