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Lenin, Trotsky y el poder obrero
Roberto Simanca

Sábado, 27 de junio de 2009

Hay que agregar que atinente al problema del poder de los obreros en el estado, se vuelve aleccionador el interesante trabajo del inglés Moshe Lewin: El último combate de Lenin; donde narra como con base en testimonios y vivencias la rectificación del Lenin ante la inescrupulosidad de Stalin, quien desnucando el comité central del partido comunista de Georgia, poco a poco avanza hasta dirigir el secretariado del partido a nivel central, cargo insignificante pero que con el correr del tiempo, desde allí impondrá su hegemonía. Lenin en sus ochentas días de agonía antes del paro fulminante, comienza a diseñar la Nueva Política (Nep); entiende que los cuadros obreros en demasía murieron en la guerra, otros viven entre las direcciones del partido y la administración pública, la producción industrial y agrícola se viene abajo. Se encuentra en un gran dilema: la vieja burocracia zarista y los rusos blancos pueden retomar el poder de hecho con sus prácticas; incluso la propia dirigencia comunista y los obreros, muchos se van acostumbrando al poder; así que decide rediseñar su política económica, necesita del capital y las técnicas de producción del transnacionalismo, impulsa esa búsqueda: pero manteniendo el control, el monopolio del comercio exterior, punto éste que Stalin rechaza entre dientes; con respecto a los campesinos entiende que debe facilitarles pequeñas propiedades, porque la colectivización per se no le llevará al éxito socialista por los momentos. Llama la atención que dichos planteamientos son también acogidos por Trotski, con quien Lenin se entrevista y con quien de seguro tramaba la vuelta al poder, considerando que Stalin y compañía fijaban otro rumbo, que sería el terror y la industrialización forzada.

Se entiende que la supuesta lucha a muerte entre Lenin y Trotski no es del todo cierta. A Lenin le sucede algo parecido que al padre de la patria, Simón Bolívar, guardando la distancia y los objetivos. El sureño- como diría Sucre- no fue el mismo antes y después de Boyacá; antes era el guerrero, el estadista, el hombre de la proclama y la acción; después del triunfo, fue víctima de la demagogia, los halagos, los buenos talles de hembra y el baile. El resultado fue que no veía como Santander y Páez, por generalizar, trabajaban para destruir su obra, la cual muy posiblemente era impráctica en aquel momento histórico. En su intento desesperado por asegurar el poder, comete sandeces como la constitución monárquica del Bolivia, tentado a la dictadura no consigue fuerzas sino odio; recluido en Santa Marta trama el plan: regreso de Sucre y la estrategia militar del fiel Urdaneta y otros allegados; mas no sabía que el gran Mariscal seria tratado con inquina por Mariño, quien le pasa factura ante lo que éste creyó fue traición del Sucre para con él en sus años mozos en el oriente venezolano, cuando era su preferido y le dio los primeros ascensos militares. La muerte de Sucre y el repliegue definitivo de Urdaneta, acaban una grandeza. En el caso Lenin su hemiplejia y su pérdida casi de la voz, lo recluye en su pequeño apartamento; ya no es el mismo hombre de acción y energía, a pesar de su gruesa contextura, esto le impide asistir a las reuniones del partido y de gobierno, ocasión que aprovechan los desviacionistas para tramar sus inquinas. No obstante “traza un cuadro de conjunto de la situación del país, elabora un programa de acción y se esfuerza en imponerlo a sus colegas del Buró Político y del Comité Central” (obra cit. Pág. 15). Consciente que los taimadotes le llevan una delantera “con la ayuda de sus íntimos, este gran enfermo, inquieto por la suerte de su obra, trama un verdadero complot. El corazón de la conspiración-la expresión es del propio Lenin-está formada por una comisión privada que él ha constituido secretamente para investigar los acontecimientos sobrevenidos en Georgia, en los que han sido implicados altos dignatarios del partido” (ibidem.). La realidad estaba decidida para los dos grandes hombres, el retroceso se impuso en Rusia y el asesinato de Trotski consolidan definidamente la degeneración del socialismo en un capitalismo de estado, usufructuado por la nomenclatura, un élite que de hecho y no de derecho eran los beneficiarios del plus trabajo de los soviéticos. El mismo Lenin plantea lo siguiente: “Las fuerzas del proletariado han sido agotadas por la creación del aparato administrativo, y añade que el proletariado ha perdido conciencia de clase , es decir, se ha desviado del camino de clase que constituye” (obra cit. Pág. 23) y alegaba que el partido es la más sólida raíz de la dictadura, lo que constituye un fenómeno aberrante con respecto a la teoría marxista; para reafirmar con otras palabras Trotski, diciendo: “La desmovilización del ejército rojo de cinco millones de hombres iba a jugar un papel considerable en la formación de la burocracia soviética” (obra cit. Pág. 27).

Se infiere por la acuciosidad de la investigación del inglés Moshé, que se debe dejar esa supuesta diferencia entre Lenin y Trotski. Déjese que nos narre el historiador: En abril de 1922, Stalin es nombrado secretario general, Gensek, en el lenguaje del partido. En ese momento, sigue siendo comisario para las nacionalidades y, durante algún tiempo, comisario para la Inspección Obrera y Campesina, cúmulo impresionante de poderes y competencias que, en aquel entonces, sólo el prudente Preobrajensky denunció con energía. A partir de este momento, ya no está muy lejos la materialización de la situación de Trotski, al criticar el punto de vista de Lenin sobre la organización del partido, que había previsto en 1903-1904: “La organización del partido ocupará el puesto del propio partido; el comité central ocupará el puesto de la organización; y, finalmente, el dictador ocupará la del comité central…”El único error de Trotski fue considerar que el centralismo de Lenin como un egocentralismo; las concepciones de Lenin no ocultaban ninguna sed de poder personal y, en definitiva, la máquina política que Lenin y Trotski contribuyeron a construir se devolvió contra ellos” (obra cit. Pág. 35). Si Lenin no muere la realidad hubiera sido otra; si Bolívar hubiese aceptado la proposición de Rafael Urdaneta de fusilar a Pablo Santander, la gran Colombia pudo haber sido una realidad.

Pero abusando de las citas se hace necesario entrever el acercamiento de esos dos grandes titanes rusos: Lenin y Trotski. Lenin “el 11 de octubre de 1992 llama a Trotski a conferenciar con él, especialmente de este problema (el monopolio del comercio exterior). Consciente de que Trotski es también defensor del monopolio, el 12 de diciembre le propone hacer causa común con él .Trotski respondió en el acto, pero aprovechó para plantear su antigua idea de reforzar el papel del Glospan (El organismo planificador del estado), especialmente en la regulación del comercio exterior. Lenin insistió, en términos más cordiales, para que Trotski se encargara de la defensa de su tesis común, cualquiera fueran sus diferencias con respecto al Glospan: “En cualquier caso, te ruego que en el próximo pleno tomes a tu cargo la defensa de nuestro común punto de vista”... El 15 de diciembre, Lenin expones sus conclusiones: “Camarada Trotski, creo que hemos llegado a un acuerdo en todo; te ruego anuncies al pleno nuestra solidaridad”. En una postdata añade que rechaza con firmeza toda tentativa de tergiversar y de aplazar el debate con el pretexto de su enfermedad y en espera de que él mismo participe de la discusión. “El aplazamiento, que hace totalmente inestable nuestra política en uno de los campos vitales, me preocupa diez mil veces más”. El mismo día, en una carta dirigida a Stalin y a los miembros del Comité Central, anuncia que ha tomado las disposiciones necesarias para retirarse, pero-y esto debió causar sensación entre los cekistas-también declara: “He concluido un acuerdo con Trotski sobre la defensa de mis opiniones respecto al monopolio del comercio exterior”. Tanto en el Comité Central como en el Buró Político, el problema de la sucesión preocupaba secretamente a los dirigentes. Trotski, que acababa de ganar puntos gracias a Lenin, no logró más que suscitar una mayor hostilidad entre los antiguos compañeros de éste en la emigración o los antiguos militantes clandestinos del interior. Los viejos, a los ojos de los cuales Trotski sólo era un intruso arrogante e insoportable, cerraron filas después de la carta de Lenin. En el curso de estas jornadas empezaron a aparecer los perfiles del triunvirato: Stalin, Kamenev y Zinoviev y en el deseo de cerrarle el camino hacia el poder. Lenin, en realidad, había ido todavía más lejos en otra postdata de su carta, donde reafirmaba su oposición a todo aplazamiento, seguro como estaba, decía de “que Trotski defendería sus opiniones tan bien como lo hubiera hecho él mismo. Tales palabras no podían menos que aumentar la tensión y hacer crecer la desconfianza y las envidias en el seno del Buró Político”. La cita extensa corrobora que en el fondo lo humano truncó un proceso, igual que Mariño cerrándole la frontera al Gran Mariscal de Ayacucho, toda gloria y verdadero estadista, en el caso de Venezuela; quien pudo ser el verdadero heredero de Bolívar.

robertosimancas@gmail.com

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