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En Venezuela no cabe el Padrecito
Editorial

Viernes, 23 de marzo de 2007

No podemos decir como Shakespeare, “Ser o no ser, he allí el dilema”. Aquí, en nuestra antigua tierra de gracia no hay dilema posible. Somos demócratas y ciudadanos, no somos súbditos ni borregos, ni tenemos que aceptar un Padrecito, una nueva versión del Stalinismo tropical. Sea cual fuere la presión a la que se nos pueda someter no podemos ni debemos renunciar a nuestras convicciones. La democracia, a pesar de todo, es el régimen que mejor asegura una mayor participación ciudadana y como dijo Churchill en un discurso ante la Cámara de los Comunes, “La democracia es la peor forma de gobierno, salvo todas las demás formas que se han ensayado a través del tiempo”. Los regímenes autoritarios, y más aún los totalitarios, no entienden otra actitud que no sea la de la obediencia absoluta. Su ideal es estar representados por una figura como la del Padrecito Stalin, esa figura omnisapiente, omnímoda y omnipotente que a todos imponía su voluntad, cuyo cognomento es el traslado a la arena política de la figura paterna de la sociedad tribal. Creer que en el siglo XXI tengamos que retroceder el reloj del tiempo para aceptar que necesitamos una figura paterna-en su sentido arcaico- que nos señale lo que podemos hacer, según lo que ella decida, es una aberración sin sentido, una muestra del atraso intelectual de quienes hoy comandan el país. Si algo nos dieron nuestros libertadores fue precisamente un espíritu libertario que caracteriza nuestra nacionalidad. A lo mejor no le hemos sabido sacar todo el provecho necesario a ese aspecto de nuestra personalidad, sin embargo es difícil creer que de pronto, de la noche a la mañana, nos convertiremos todos en una nación de borregos que seguirán, sin chistar, la ruta demencial que se nos pretende obligar a transitar. La lucha por la libertad, por la sociedad abierta, como la llamó Popper, es una de las mayores conquistas de la humanidad. El reto es no dudar, ni tener miedo, sino simplemente defender lo que con tanta “sangre sudor y lágrimas” nuestros antepasados lograron restablecer después de que algún padre providencial pretendió encerrarlos en un corral. En el siglo XXI en Venezuela no hay espacio ni para Gómez, ni Castro ni Pérez Jímenez y mucho menos para que Fidel sea un ejemplo a seguir. En democracia todos tenemos cabida en el corral, solo los que no entienden la importancia de la libertad desechan la democracia. Es momento para no olvidar lo que decía Bolívar en la carta de Jamaica: “Los Estados son esclavos por la naturaleza de su constitución o por el abuso de ella; luego un pueblo es esclavo, cuando el gobierno por su esencia o por sus vicios, holla y usurpa los derechos del ciudadano o súbdito”.


 
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