El dilema de la oposición democrática es cómo comportarse ante éste régimen artero y tramposo que no desea, como toda revolución, contarse en las urnas electorales.
Algunos opinan, con razón, que aunque estemos conscientes de la mascarada hay que seguir el juego hasta el fin. Es decir ir, a los reparos, a pesar de su ilegitimidad, pues sería la manera de llegar hasta el final del camino demostrando fehacientemente que existe la capacidad de la oposición de ratificar sus firmas y que la movilización de gente en tal sentido sería una prueba más, palpable y visible, de la capacidad de la oposición de enfrentar al régimen. Al mismo tiempo sirve para ratificar, urbi et orbi, la disposición de la oposición a negociar una salida pacífica y electoral, y por el otro, para desenmascarar las eventuales trapacerías de un CNE controlado por el oficialismo. Este camino no excluye, por supuesto, la posibilidad de reaccionar por cualquier otra vía si el CNE pretendiese desconocer los resultados de la ratificación de las firmas.
Otros consideran que no se puede aceptar transitar por ese camino porque el derecho está del lado de la oposición y los principios no son negociables. Desde un punto de vista ético y moral, ciertamente este enfoque tiene plena validez. Sin embargo, no estamos en unas circunstancias en las que el solo valor de la verdad sería suficiente para cambiar el rumbo de los acontecimientos.
La pregunta que nos hacemos es ¿cuál es la acción eficaz que puede lograr cambiar el curso de esta crónica de una muerte anunciada? ¿Salirse del juego o permanecer en él hasta el final? En nuestra opinión, permanecer en el juego hasta vencer o desmontar la tramoya es mejor que botar tierrita y no jugar más. Seguir en el juego mantiene abiertas todas las vías, salirse de él solo deja un camino...