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Caleidoscopio Ahora “El Judío Maravilloso” vive sumergido en un marasmo de recuerdos y hazañas pachangosas. Larry Harlow aun toca las teclas como en los viejos tiempos, que se niega a olvidar con dedicada obstinación. Su hablar fronterizo entre dos idiomas hace que, en medio de carcajadas y de quedas contemplaciones al cielo de Yahvé, el hombre se remonte a una historia que aunque se sabe de memoria no repara en rehacer.
“Yo nací en Brooklin. Es verdad que soy hijo de padres judíos. Pero en mi corazón yo soy hispano. No sé qué clase de hispano” – lo ahoga una carcajada en busca de una pizca de complicidad . “Desde que tengo memoria, siempre estudié la música cubana en la escuela de música y arte. Esa misma que queda en el medio del barrio latino de New York. En esa época yo solo tenía trece anos de edad. Me acuerdo que siempre que salía del subway me encontraba con la música latina que sonaba de las bodegas. Eso aun no se llamaba salsa. Te hablo de José Cubero, el principio de Tito Puente, de Machito, de La Playa Sexteto.”
Para aquel entonces el joven hebreo estudiaba jazz y música clásica. Corrían los años 50, los mismos en los que “si tú no eras negrito no podías tocar jazz”. Para completar, los estrictos cánones melódicos de Mozart y Teleman no satisfacían un espíritu lúdico, que luchaba con apoderarse definitivamente de sus dedos. Había que encararlo: el núbil quería improvisar.
“Los ritmos más cercanos al jazz eran los de la música latina. Entonces, después de escuchar esas melodías que salían de las bodegas, me puse a investigar un poco más la cosa” – recuerda -. “Había un grupito de afro americanos que tenían una orquesta de música latina. Ellos necesitaban un pianista. Yo no llegaba ni a quince años de edad, pero igual me presenté para hacer la prueba. Lo único que sabía era leer la música, el solfeo, tú sabes... Entonces, el jefe de orquesta se me acercó y me dijo “Mira, tú tocas mal, chico, tú tocas horrible”. Así entré y salí el mismo día del conjunto.”
Con una tristeza, que aun recuerda entre fogonazos de nostalgia, Larry se despidió de la orquesta, caminó unas cuadras y terminó por entrar en una discotienda de la Amsterdam Avenue. La ocurrencia, dicho sea de paso, le salió de perlas. El golpeado tecladista decidió, entre sollozos y quejumbres, comprarse dos placas de los pianistas Nolo Morales y de Joe Loco para mitigar su deshonra. “Lo que pasó fue que la misma tarde me aprendí de memoria el solo de Morales. Al otro día volví a la práctica con el grupito de afro americanos; y arranqué con el pedazo que me había memorizado al pelo. Lo bueno era que esa gente no sabía de su existencia. Con decirte que apenas terminé de tocar, se me acercó el jefe de orquesta y me dijo: “Oye, chico, tu practicas bien. Ahora sí estás en el grupo”. Así fue como empecé.” Al principio, y como todo novato que se respetara, sus toques redundaron en la modestia. La orquesta sólo se presentaba en un club muy pequeño de New York. Hecho que para nada es de extrañar. Al contrario, la nota discordante siempre estuvo reservada para la naturaleza sui generis del grupo: los tipos eran unos negros norteamericanos que interpretaban música latina sin siquiera entender el español, contaban con un púber judío como pianista y para colmo no poseían cantante principal. “Tu sabes, matábamos el acto con ocho compases de coros, ocho de trompetas, ocho de coros, ocho de trompetas...”
Las lunas se sucedieron al mismo son de los monótonos compases y sin mayores apuros. Sin embargo, por alguna parte de la ciudad no muy ajena a Larry, los neones negaban extinguirse al ritmo del cha cha cha, del mambo y de la guaracha. Eran los años del mítico salón Palladium, la conclave de los mejores, el olimpo de la latinidad. Los habitué estaban conformados por los “pequeños” nombres de Tito Rodríguez, de Cortijo, de la Orquesta Aragón, de Dámaso Pérez Prado y de Tito Puente. Cómo no iba a querer entrar el muchacho de crecidas ambiciones rítmicas.
“Yo apenas tenía quince años y no podía entrar al local. Tú sabes, necesitaba más edad. Por suerte, el dueño era un judío que me conocía a mí y a mi familia. Por ese lado no tenía tanto problema. Eso si, debía vender botellas de soda y leche para reunir los cincuenta centavos que costaba la entrada en ese tiempo” – rememora con una imborrable sonrisa a flor de piel . “Me acuerdo que la primera vez que fui, estaba Tito Puente lanzándose un solo buenísimo. El hombre le daba tan duro a los timbales que hasta rompió los palos. Apenas lo vi, me fui a la casa y practiqué con unos timbales mexicanos. Claro, salí frustrado porque yo era muy malo en eso. Tú sabes, yo siempre he querido tocar batería.”
De nada podía servirle desviar sus pasos hacia los platillos y los redoblantes; si Tito Rodríguez lo quería en las teclas de su orquesta. “Allí también le di por un tiempo”. Pero no fue sino hasta el año 1965 cuando, ya Alejado de Tito, se le prende una bujía. “De repente, me puse a pensar en unas ideas, unos sonidos muy diferentes. No existía orquestas con trompetas y trombones. Había conjuntos con saxofones, trompetas y hasta con xilófonos, pero ninguno con los dos instrumentos al mismo tiempo. Yo fui quien los unió. Hasta metí a un muchachito que tocaba violín. En pocas palabras, yo tenía un sonido de charanga con metales. Ahora eso es normal en todas las orquestas” – refiere con sobrada jactancia que no duda en revelar -.
De esta manera comenzó su independencia musical. Larry ya contaba con su propia orquesta; y no dudó en probar soneros hasta dar con quién logro la química perfecta. “Ismael Miranda era un muchacho de quince años que cantaba con mi hermano Andy. Yo apenas lo escuché, lo saque de esa banda y me lo traje. Tampoco hice una maldad porque mi hermano tocaba flauta en un grupito muy pequeño” – no vacila en adelantar ante la inminencia de algún gesto reprobatorio -. “Bueno, Miranda no tenía mucha experiencia. Por eso yo le decía mientras cantaba mi sonero: “Mira, escucha a Mongito, Watch him! . Después que se fue Mongito de mi orquesta; entonces, fue cuando entró Ismael en la primera grabación que se llamó “El Exigente”. Esa era la época del bogaloo. Una porquería…” – ríe en medio de una usual explosión de franqueza -.
A estas alturas del partido no queda duda acerca de la mejoría que presentaron con los años. Tanto así que, no de gratis, Harlow fue el primer artista que firmó con el sello Fania. “Yo era amigo de (Jhonny) Pacheco, quien era el socio disquero de (Jerry) Masucci. Después de mí, vino Willie Colon, Adalberto Santiago y todos los demás. Conmigo se inicio la historia de Fania; además, que me quedó el sobrenombre del “Judío Maravilloso”. Recuerdo que les entregué éxitos como “El Paso de Encarnación”, “No Hay Amigos”, “La Cartera” y “El Malecón”. Hasta le escribí la opera salsa “Hommy” a (Ismael) Miranda, pero él se fue del grupo antes de grabar el disco.” ![]() Todavía Harlow se remite a sus gestas en un patiadero dominado por bembas, afros, narices chatas, color caribe, jíbaros y “Pedros Navajas”. Nunca se le pasa el hecho de haber sido el primero en materia de grabaciones digitales, placas en vivo, operas salsas; amen, de contarse entre los productores más exitosos del género. Indudablemente, lo de él es cuestión de piel. “Para tocar salsa hay que saber la calle. Claro que hay cantantes buenos. Lo que pasa es que no conocen el secreto de la salsa. Los grupos de ahora tienen todas sus canciones iguales. Puros temas románticos, salsa erótica, te quiero mi amor… Pura mierda! Necesitan mejores palabras, necesitan canciones de humanidad, de protesta, de significado, de política, you know? Tampoco hay solos de piano, ni de timbales, ni de trombones. Ni siquiera quedan soneros” – mastica con amargura -. En medio de sus tormentosos argumentos toma algunas bocanadas para aplaudir las glorias de un Maelo, de un Rubén Blades, de un Andy Montañés y hasta de un Oscar D’León, a quien considera un buen intérprete “con el público en la palma de su mano”. Sin embargo, no deja de rematar al “León de la Salsa” como a un hábil sonero, que absorbió el estilo del desaparecido Benny More y el de la mismísima orquesta Harlow. “El Judío Maravilloso” aplaude casos aislados en la música como el de Buena Vista Social Club. “Ellos son muy buenos. Los cubanos saben demasiado, you know?. Ellos tienen las raíces de la música. Ahora es cuando los americanos los acaban de descubrir, pero esos señores llevaban más de cincuenta años cantando. Eso también es bueno para mí, porque vendo mis discos. Aunque es posible que luego se olviden de ellos como se hace con una moda.” Sin embargo, de quienes nunca se olvida Larry Harlow es de su descendencia y nexos venezolanos. A pesar de estar bien claro acerca de la alergia que le produce a sus hijos el contacto con los escenarios (“Ellos le tienen miedo a la tarima. No ven los cables, no tienen movimiento, no tienen contacto con las mujeres”) no deja de hablar con un orgullo paterno a prueba de balas. Del varón se apresura a decir que es abogado y agente de muchos peloteros venezolanos de la Gran Carpa. La hembra es caso aparte. Tanto es así que su historia hasta toma ribetes acerbos. “Ella trabaja en Margarita. Me dio una nieta, nacida en Maracay, que se llama Heidi Rengifo. Tu sabes, yo estuve enamorado de su abuela en los años setenta. Lo malo es que mi hija y nieta no tienen visa para entrar en los Estados Unidos, porque no pusieron mi nombre en el certificado de nacimiento, no la presentaron como mi hija. Que estupidez!!! Todavía tengo muchos problemas por eso” – exclama con una rabia que delata unas cuantas ulceras en su honor -. Quizás como atenuante a tan embarazosa situación, Harlow apura a confesar su actual amor venezolano. “En estos momentos, tengo una novia caraqueña. Ella trabaja en un periódico institucional como diseñadora gráfica. Se llama Daniela” – grita a todo pulmon -. “Bueno, también tengo tres ahijadas en La Guaira que perdieron su casa”. Larry se ensombrece por un momento, se pasa la mano por las veteadas greñas que aun resisten el tiempo, se alisa la estrafalaria indumentaria inspirada en la bandera del Tío Sam, retoma la sonrisa que hace juego con su nariz hebrea e inquieto saca su rolliza anatomía del autopullman hacia la tarima, no sin antes gritar: “Tu conoces mejor que yo que es lo más grande de Venezuela. Sus mujeres son lo máximo!”. Ha de tiempos que dejo de ser el greñudo larguirucho estilo Woodstock. |
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