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Caleidoscopio

El Fantasma de la Ópera
José Musse Torres

 
Martes, 10 de septiembre de 2002

Uno de los estrenos más importantes del universo artístico europeo de los últimos tiempos es la puesta en escena del híbrido operístico-musical de Andrew Lloyd Weber "El Fantasma de la Ópera". En seis mil presentaciones ha sido apreciado por 70 millones de espectadores. ¿Qué explica este éxito? "El Fantasma de la Ópera" tiene boga porque su drama alcanza a todos, más que un fantasma de una vida bufa y trágica, es el fantasma que alguna vez interpretamos en la vida. La obra dirigida por Harold Prince recrea personajes que vemos en la cotidianidad. El Fantasma es un ser marginal, vive rechazado, oculto. Todos lo ven y nadie lo mira. Es de alguna manera el Sy interpretado por Robin William en la mediocre película "One Hour Photo" de Mark Romanek (Conocido en el mundo hispánico como "Retrato de una Obsesión"), y con él todos los que anhelamos un mundo propio. El hombre solitario que vive ansiando una vida normal, con una familia que solo conoce por sus fotografías. Su sueño más profundo es algún día formar parte de esa familia de ilusión.

Es el exiliado por excelencia, el desterrado en su propio país, el extraviado en su mundo interior, atrapado por ser diferente. El inmigrante sin papeles.

El solitario que busca compañía y sus actos productos de la tentación. Es la fascinación que surge del que vive de carestías. La provocación nace al contemplar, nos advierte Hannibal Lecter en "The Silence of the Lambs".

Él le habla a ella, desde la oscuridad, como un Cyrano de Bergerac, el primer monstruo talentoso y simpático de la literatura de Edmond Rostand. La enamora en la penumbra, su voz la pone en trance. El cazador cibernético, chateador por excelencia, el de los buenos conversadores y seguidores de relaciones a ciegas. El amor a la distancia, ese ¿Quién será? ¿Cómo será? Mantienen la ilusión, la ensalzan en ella.

¿Quién puede enfrentarse al príncipe de ensueño? A este caballero idealizado. Después de todo al caer el velo, al rodar la máscara solo queda el hombre. ¿Quién es este monstruo del que me enamoré? Es el príncipe convertido en sapo que reclama todos los días un agigantado público femenino.

Se desvive enamorado por ella, amenaza a la hija de Carlota, la Prima Donna del teatro. Raoul, buen mozo, atractivo. Al descubrir junto con el público a la prometedora Christine le propone matrimonio. Es el arribista, el encunado que todo lo logra por carta natal, apellido o buen porte, aquel oportunista que se hace de la obra ajena. Quien saborea lo que otros siembran y cultivan con paciencia. El jefe que maldecimos, el político frecuente, el Berlusconi de la humanidad. El Fantasma puede matar, pero no asesina por convicción ni placer, es su única herramienta, el miedo. Es un terrorista del amor. En la obra solo hay grises argumentales. Nadie es demasiado noble, ni demasiado villano. Aunque el Fantasma no es presentado solo como un ser atormentado por sus diferencias, sino que es arrogante y materialista, lo que contradice su sensibilidad e ideario primigenio: Buscar la felicidad pura, por buscar la felicidad a toda costa, cueste lo que cueste. Es el mercenario burlesco que pide un palco. Madame Giry , la maitressa del ballet, una secretaria que sabe de los romances y sirve de matrona, entrega la nota esbirra, en la que exige un salario. Como los cupos de la mafia o de los terroristas modernos, vende él su abstinencia criminal. Causa humor y rechazo moral. El fenómeno tiene clase, gusta de la ópera. Primero avisa, amenaza. "Un desastre más allá de la imaginación" luego CNN televisa los aviones de Bin Laden. Es la obra siniestra de Stevenson, "El Extraño Caso del Dr.

Jekill y el Sr. Hyde" No es la lucha del bien y del mal que los ingenuos creen leer en la obra del célebre hijo de Edimburgo, es el hombre conciente que apaña el lado espeluznante, lo disfruta, lo protege, lo libera desentendiéndose hipócritamente de las consecuencias.

El Fantasma, es la bestia humana perfecta con el cual todos nos redimimos en la ira y la pasión, en el fanatismo. Todo los días lo vivimos, lo interpretamos y nos lo interpretan. Somos también ese Raoul y esa Christine. Somos los empresarios que ignoran los peligros y continúan trabajando. Unos valientes porque no se rinden a la amenaza terrorista de los cupos de la FARC y de ETA, otros malévolos porque laboran en condiciones de ruin inseguridad

No hay maldad en el Fantasma

La Obertura es maravillosa, presenta un ser salvaje de la selva depredada que defiende su existencia con sus actos desesperados. Esta cerca de hacer la guerra perfecta que Dios inspira en la Biblia. Sin odio.

Hasta que jura venganza al saberse traicionado.

Representa el amor imposible de dos antípodas. De los que hay todos los días entre un rico y una pobre, entre un pobre y una chica rica. Uno vive un universo de esplendor, el otro en el inframundo. En los socavones del viejo teatro, en esas catacumbas de miseria. Ella lo sigue tras el espejo que hay en su camerino. El camino de su imagen es a otra dimensión parece decirnos Gastón Leroux, detrás de cada imagen un mundo oculto, de tras de cada rostro de mujer bella, el infierno para los que se dejan seducir. El Fantasma es el Quasimodo del teatro, igual que en "The Hunchback of Notre Dame" (Universal, 1923), es lo inverso de su figura. Tanto más monstruoso el personaje más impecable su alma, aunque este termina en la incógnita de saberse cruel, abusivo o víctima.

Este enigma también envuelve a la voluble Christine.

Tras llevarla por el lago subterráneo, la acuesta con dulzura, ella en trance por la declaratoria de amor.

Parece confirmarnos el autor del guión esa visión retrospectiva y lúdica al despertarla, al hacerla entrar en conciencia al escuchar los bellos toques que arranca el enmascarado desde un órgano. Surge en ese instante un acertijo ¿Podría una criatura de maldad pura descubrir melodías tan sublimes si su alma no estuviera llena de sensibilidades y bellezas? El Fantasma sueña con una oportunidad, la que la vida le niega y le seguirá negando. El solo desfallece por un oportunidad de ser conocido. ¿Acaso la vida misma no es la apuesta por una oportunidad? El paciente por un transplante, el accidentado que agoniza en el pavimento, el alumno auscultado por su profesor. ¿Qué haríamos si.?

El Fantasma es arrojado por la muchedumbre, que impide la relación, son los que se oponen al amor. Una relación imposible, más que pasional posesional. Son los Montescos y Capuletos de la obra de Laemmle. Los que persiguen al ser diferente. Los que abogan por la discriminación más pura y radical. Los que ajustician y en nombre de la ley cometen el más pernicioso crimen. Arrojado al agua que no lava ni limpia, no lo transforma, ni blanquea. Es el agua que extermina y con esa sola acción lo libera. ¿Quién es el monstruo de la obra? El espectador queda en un mar de aguas tibias, rodeado de grises. ¿Es Raoul el villano? ¿Christine que nunca dio una oportunidad? ¿Por qué tendría que dárselas después de todo? Christine es la perseguida, que como el Moby Dick de Melville, es la tumba del perseguidor. Es la obsesión insana, la que debió ser detenida, la apuesta absurda a una relación sin futuro, tanto como la vida del Fantasma y con él, la de los idealistas. El final es un himno a la muerte como fuente liberadora. Es el agua un simbolismo del paraíso de los suicidas, el refugio final del amor fugitivo. El agua le ofrece una última promesa, más alcanzable que el huidizo amor. La paz para un alma torturada.

 

 

 
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