En El placer del clérigo, Roadl Dahl nos presenta a un experto anticuario que recorre la campiña inglesa en busca de tesoros en poder de los campesinos. Se hace pasar por clérigo, miembro de la Sociedad del Mueble Antiguo, para bajar los precios de los objetos, hasta que un día se tropezó con una cómoda Chippendale del siglo XVIII, pues en su avaricia por adueñarse de ésta por unas pocas libras, convenció a los ingenuos propietarios que la quería sólo por la madera. Así, el radiante negociante partió en busca de transporte para cargar la cómoda, pero un apresurado consejo familiar decidió facilitarle su labor para que no se arrepintiese del trato: ¡la desmembraron y cortaron como leña!… Para Carlos F. Duarte, Director del Museo de Arte Colonial y autor de La vida cotidiana en Venezuela durante el período hispánico, no menos inesperado fue el descubrimiento de Luis Suárez Borges, uno de los primeros coleccionistas de arte colonial en nuestro país, quien "estaba pasando delante de la Universidad Central, ubicada entonces donde ahora está el Palacio de las Academias, y vio como arrojaban unas sillas al camión de la basura. Se acercó, y para su sorpresa, eran cuatro de las sillas de la Firma del Acta de la Independencia de Venezuela. Hoy sobreviven unas 30 de las 52 sillas elaboradas por el ebanista Antonio José Limardo ".
"A mi también me pasó algo parecido con un Políptico de Boconó que nos donaron hace seis años. Esa pieza la compró en 1953 un norteamericano cuya familia está vinculada a Venezuela desde el siglo XIX. Cuando lo visité en Filadelfia me pareció que el políptico era muy feo, muy repintado y no me llamó la atención. Recientemente, él me llamó para informarme que estaba repartiendo sus propiedades entre sus hijos y me dijo que pensaba que la obra debía regresar a Venezuela, que si yo la quería para el museo. Yo dudé, pero en fracciones de segundos decidí que sí. Cuando la trajimos al país y se empezó a restaurar, a eliminar todos los repintes, resultó uno de las piezas más importantes del período hispánico de Boconó" comenta Duarte.
Sin teja a vida
Caracas realmente era la ciudad de los techos rojos. Más allá de las pinturas y las crónicas, contamos con testimonios de querellas para comprobarlo. En 1790, el pardo José Moreno denunció a un grupo de jugadores "de pelota con pala que se divertían en el terreno contiguo a su casa, situada a pocas cuadras de la catedral… Moreno se quejaba de que las pelotas caían con frecuencia en el techo de casa, con tal violencia que no le dejaban teja a vida, y añadía: y prometen con evidencia la destrucción de mi casa y me tienen en continuo movimiento cogiendo goteras"; mientras que en 1801 el Ayuntamiento caraqueño prohibió el juego de papagayos por "el daño que causan en los tejados", entre otros peligros del temible juguete. Cocina (los caraqueños tomábamos chocolate en el desayuno), sexo, esclavitud (se frotaban con aceite de coco para dar a su piel un negro lustroso), vestido, lotería (la primera fue de 1811 y el premio fue de unos 1500 pesos), política, religión, salud, muerte, guerras, catástrofes, matrimonio, son algunos de los hábitos abordados en las pequeñas historias, amenas y actuales, de la última obra de Carlos F. Duarte, La vida cotidiana en Venezuela durante el período hispánico (Fundación Cisneros, 2001). Empastada en dos tomos, recibirá el próximo 30 de mayo de 2002 el Premio Calidad Editorial 2001, otorgado por el Centro Nacional del Libro (CENAL), "único galardón que durante más de ocho años ha estado difundiendo la excelencia del trabajo editorial desarrollado por diseñadores, ilustradores, impresores y editores venezolanos".
Duarte señaló que nunca soñó con escribir una obra como La vida cotidiana... , "pero viví la acumulación de tantas notas, inventarios y manuscritos. Yo tengo la costumbre, al investigar, digamos platería, de anotar si veo algo interesante de muebles, armas, relojes o alfombras y lo voy metiendo en bolsas… de allí saqué este libro. Fue un ensamblar pequeñas cosas. Tal vez por eso una lectora me comentó que para ella ese libro era como mirar a través de una cerradura, escudriñando secretos. Y tiene razón, todo el libro tiene ese carácter, las imágenes son pequeñas, ilustrativas sin predominar sobre el texto, están como escondidas, vistas por el ojo de una cerradura". Entre las fuentes consultadas por este investigador tenemos el Archivo Arquidiocesano, Archivo del Registro Principal, Archivo General de la Nación y archivos parroquiales, especialmente el de la Catedral de Caracas, que contiene el Archivo del Cabildo Eclesiástico.
Para el autor, es un privilegio que su libro sea el primero en ser galardonado por contenido y por diseño, ya que "Aixa Díaz, la diseñadora, y yo, hemos trabajado juntos en muchos libros y tenemos una gran armonía. Ella entiende los libros y eso es muy importante, pues algunos diseñan observando el contenido como una mancha negra, mientras que Aixa se preocupa y entiende lo que está escrito". Asimismo, Duarte destacó que el libro fue "el trabajo de varias voluntades, todas buenas", y elogió el trabajo de impresión realizado por EXLIBRIS, la corrección minuciosa de Anaira Vásquez y el apoyo incondicional de la Fundación Cisneros.
La historia secreta de las cosas
Duarte se define como un historiador especial, apartado de una comunidad de historiadores que "generalmente van al documento, no van a las pruebas materiales y éstas son relevantes porque también son documentos: el mueble, una pintura, un reloj o un traje son testimonios de época. Lo que pasa es que muchos historiadores lo son de escritorio, y por eso muchas veces cometen errores de interpretación porque no conocen las obras materiales". Para él, como antes lo pensaron Wilde y Carlyle, el "traje tiene un mensaje muy importante por factores como el comportamiento social y estamento social, es una ciencia auxiliar para identificar pinturas, épocas. El traje está relacionado con la historia del mueble. Por ejemplo, la parte de atrás de las sillas del siglo XVIII siempre es estrecha y eso responde al espadín, la espada y las alas de la casaca, mientras que los apoya brazos están distantes del frente para permitir las faldas anchas de las señoras, pues de no ser así no podrían sentarse", explica Duarte.
"Todo tiene relación con el traje y los maestros que los hacían eran los mismos que tapizaban los muebles, confeccionaban las cortinas, cubrecamas y los cielos de las camas", agregó.
No hemos superado los terremotos de 1812
Es frecuente escuchar que Venezuela no existía como país antes de la Independencia, que sólo éramos una simple Capitanía General, sin embargo, Duarte asegura que la destrucción sucedánea de la guerra de independencia y los terremotos de 1812, "pues fueron varios, no sólo el 26 de marzo, sino que siguió hasta octubre y murieron más de 20000 personas"; detonó una "necesidad de justificar esa devastación de 300 años de civilización como la llamó el mismo Bolívar ". Para éste historiador, al hablar mal de los españoles, al llamarlos invasores y criticarlos constantemente estamos atacando "a nuestros propios antepasados, por lo cual nosotros somos igual de malos. Tenemos un complejo de inferioridad, y como inferior siento que todo lo que viene de afuera es bueno, mientras que lo venezolano es malo".
"Queremos buscar orígenes negros, indios y blancos olvidando que somos el producto afortunado de una mezcla, por demás muy talentosa. ¡Hay que ver lo que se hacía aquí! No lo digo nostálgicamente, pero no podemos seguir pensando que somos venezolano de la independencia para acá, nosotros fuimos desde los indios pasando por la colonia, que nos da la mezcla, hasta la maldición del petróleo que hoy casi llega a su fin", enfatizó.
La Venezuela colonial producía "alfombras que se exportaban, zapatos de cuero en las islas vecinas, el mejor cacao del mundo, algodón, café, caña de azúcar y el tabaco de Barinas que se consideraba de los mejores, evidenciado en las jarras holandesas de Delft del siglo XVII que hemos adquirido para el museo y que fueron creadas para contener ese tabaco". Toda esa riqueza, soportada en las leyes de Carlos III "que unificó al país y le dio la intendencia, la real hacienda y la gobernación con miras a hacer de esto un virreinato", son indicadores claros que "Venezuela había llegado a la cúspide de una civilización que tendría frutos más adelante, al ser un virreinato, pero llegó la guerra y el terremoto y dejaron al país física, económica y materialmente aniquilado, se tuvo que reconstruir todo y por eso estoy seguro que no hemos superado, aún, esa destrucción".
Pequeños permisos del Museo
El Museo de Arte Colonial fue fundado en 1942 por el Dr. Alfredo Machado Hernández. Ubicado inicialmente en la casa de la Esquina de Llaguno (famosa ahora por los aciagos eventos del 11 de abril), estuvo allí por más de 11 años, hasta que en 1953 ésta fue demolida El museo cerró sus espacios por ocho años, tiempo en el cual los hermanos Eraso donaron la Quinta de Anauco, y en 1961 reabrió sus puertas. Actualmente, bajo la dirección de Carlos F. Duarte, la institución se digitalizó y creó su propia página web: www.quintadeanauco.org.ve/, la cual lleva más de seis años en la red, convirtiéndose en una entidad pionera en utilizar Internet.
"La página ha permitido llevar el museo al mundo entero y nos ha facilitado promover el conocimiento sobre el mismo. Además, hemos agilizado consultas que hacía al público, que venía hasta aquí a formularlas y ahora obtiene sus respuestas en la red", asevera Duarte.
En relación a sus criterios para seleccionar los objetos de la colección, explica que "somos muy estrictos en eso, tenemos un parámetro muy claro: abarcamos el período hispánico desde el descubrimiento hasta 1810. Antes no se conocía mucho del patrimonio colonial, pero hoy casi todo está clasificado, se sabe de dónde vienen las cosas, hay fotografías y así podemos definir lo que le interesa al museo". En esta labor de búsqueda y adquisición de obra, "tenemos pequeños permisos para poder aceptar cosas fuera de los límites, como el caso de Casimiro Arias, heredero de una tradición de plateros entre quienes estaba su padre, Pedro Fermín Arias. Bueno, Casimiro fue el último de esa tradición y trabajó entre 1840-1870, pero es importante para nosotros porque es el final de una historia de más de 300 plateros que trabajaban en Caracas antes de la guerra. Igual nos pasa con la Escuela de Marquetería de Caracas, que culmina en 1812, pero sobrevive un poco más y se producen piezas hasta 1822".
¿Todo vuelve a confundirse?
Duarte asegura que en los actuales momentos de crisis algunos coleccionistas están vendiendo objetos y las fundaciones compran "para salvar esas colecciones, para que no se dispersen. Hemos visto mucha destrucción de colecciones y eso es dramático. Además, lo que se va del país no vuelve más y hoy hacer una colección de arte colonial es imposible a menos que tengas muchos dinero"… Tarea prometeica esa, la del coleccionista, que según Saramago "…van intentando poner algún orden en el mundo, durante un tiempo lo consiguen, pero sólo mientras puedan defender su colección, porque cuando llega el día en que se dispersa, y siempre llega ese día, o por muerte o por fatiga del coleccionista, todo vuelve al principio, todo vuelve a confundirse".
El artífice del patrimonio recobrado
Carlos Federico Duarte Gaillard es un historiador activo, pues su prolija obra publicada crece junto al trabajo diario en el Museo de Arte Colonial, del cual es director desde 1978 y miembro de la Junta Directiva desde 1961. Es Vicepresidente de la Asociación Venezolana de Amigos del Arte Colonial y miembro de la Junta Directiva de la Galería de Arte Nacional desde 1994. Además de historiador, Duarte es restaurador de pinturas egresado del Victoria and Albert Museum y de la National Gallery. Entre sus libros se puede destacar el premiado La vida cotidiana en Venezuela durante el período hispánico (Fundación Cisneros, 2001), Juan Lovera el pintor de los próceres, Historia de la alfombra en Venezuela y, próximamente, Patrimonio cultural perdido.
"Mi gusto por la historia viene de mi padre, quien era matemático y estaba muy interesado en los libros antiguos, los cuales coleccionaba… Pero mi nacionalismo nació en mi juventud, porque me molestaba muchísimo escuchar a la gente diciendo aquí no había nada, que Venezuela no tenía pasado, y lo que pasaba es que lo estábamos destruyendo".
Imágenes cortesía de Alejandra Verde