En el nuevo drama de Fox, Nip Tuck, un narcotraficante comenta, irónico, que “las almas están sobrevaluadas”. Lapidaria frase que describe el universo narrativo de José Irimia Barroso, quien asegura: “Me encanta sublimar a los personajes marginales, que nunca son tales y a los seres supuestamente no marginales me gusta hundirlos. Es mi manera de satirizar a países como el nuestro”. En El cielo de la baronesa (Espasa, 2004), el escritor levanta el telón sobre la Caracas de los travestís, las putas y los intelectuales que con sólo una novela a cuestas, ya se creen albaceas de la verdad sobre el bien y el mal.
VIASA dorada
El cielo de la baronesa es un cóctel explosivo tanto por su estructura narrativa, que juega a las inseguridades con la palabra del protagonista, pero sobretodo por las simulaciones, las vidas paralelas y las perversiones de un grupo de personas comunes y corrientes: un piloto de avión, un escritor, un cura, una esposa demente, un gallego que atiende su bar, un travestido (“mujer con polla”), conocido como La Gacela y un homosexual, entre otros. El epígrafe que abre la obra, “nunca creas que lo evidente es la verdad”, nos indica que de allí nadie saldrá intacto. Barroso es el cómplice de la historia escrita por Antonio Carrero, escritor aferrado a un premio ganado hace mucho, que lo hace portador del típico ego que descree de las habilidades ajenas, pero que al enfrentarse a la página en blanco borronea y sufre ante su propia desconfianza en sí mismo; en esta “investigación”, Carrero busca desenterrar la vida de Joaquín Casal, que un día abandonó los DC-10 de VIASA para transformarse en La Baronesa e inaugurar una vida secreta interpretando a la Lupe en el Club La Llanera en plena Avenida Baralt. Indica Irimia, que Carrero es “una sátira del intelectual latinoamericano que escribe una novela, pasa diez años sin escribir y luego no tiene ni como hacer el mercado”.
Las andanzas de La Baronesa culminaron con su suicidio el 19 de noviembre de 1979 y, en una nota de Últimas Noticias, podemos leer: “Viuda descarta asesinato en caso Casal”. Por supuesto, como en este libro nada es lo que parece, el entorno de La Baronesa cree que él (ella) fue asesinado y el dedo acusador apunta a un sacerdote pedófilo que visitaba la sala-show y Tiffany, una drag de un local cercano que celaba el éxito de La Baronesa. En otra capa de la historia, Carmela, la esposa de La Baronesa, va relatando desde su demencia el momento en que descubrió la doble vida de su marido; mientras que Albertico, el hijo abusado por el cura, devino en prostituto, “es un producto de la sociedad, es un lastre humano que quizá no tenga la culpa de ser así”, afirma el autor.
Don José Irimia y Ceferino
A pesar de los terribles y sórdidos condimentos, José Irimia Barroso entrega una trama impecable y, paradójicamente, divertida pues el Super Yo o consejero del periodista es Ceferino, un gallego solitario que pasa sus días tras la barra del bar donde Carrero se embriaga sin pagar desde hace un par de años. “Me reía a carcajadas escribiendo a Ceferino. Es el tipo de personaje que se revela, ya que estaba destinado a ser hilo conductor y terapeuta, pero se reveló. Además, él me recordaba mucho a mi padre, José Irimia, también gallego, que murió hace dos años. Es un discreto homenaje a mi papá”. Este Gallego da la clave de la novela, construida a base de rumores, chismes y contra-chismes, con el refrán: “Secreto de dos guardado / de más de dos en la calle echado”. Es tal la importancia del gallego, que nos contó el novelista que su cuñada “quiere conocer a Ceferino para irle a contar todos sus rollos”.
Contra el desvarío político
Durante los últimos cuatro años Venezuela ha estado distraída en un ring político, donde opositores y oficialistas se han propinado marchas, paros y elecciones en un fútil juego de poder que le ha hecho olvidar a las personas que “hay un país marchando paralelo a ese. En estos últimos tres años yo me decía que había un país que sí funcionaba, donde hay putas, hay gente, yo iba al trabajo todos los días y sobrevivimos en paralelo”, asevera Irimia. Esa “molestia” por la nación binaria (Chavéz versus Oposición) diseñado desde los medios de comunicación, fue la génesis de Antonio Carrero, el escritor, “ni-ni anticipado”, en palabras de su creador.
El cielo de la baronesa, ambientado en los sucesos de abril de 2001, no se detiene un párrafo a lamentarse por los delirios de Venezuela, definida por el protagonista como un “país absurdo al Norte de América del Sur”. Al contrario, Carrero, que cotidianamente habla con su grabadora, aunque a veces olvida encenderla, apenas escucha lo que pasa en la televisión que su esposa mantiene encendida. “Usufructo los temas históricos para ubicar a los lectores…Es una sátira social”, comenta.
De esa indiferencia ante todo lo que no fuese política nace El cielo de la baronesa. El autor siguió de cerca el incendio de la discoteca La Goajira , ocurrido en pleno paro, y que recibió muy poca cobertura de los medios nacionales, aunque si fue ampliamente reseñada internacionalmente, “Me impresionó mucho ese incendio, pues todo aquí era paro, paro, paro, y no importaba nada más, ese fue el clic para empezar. Luego me imaginé la vida de las personas afectadas, sus problemas diarios. Además, un amigo piloto me contó como eran los viajes de VIASA, el estilo de vida saudita de los pilotos y me indicó que hay dos profesiones bien buenas para llevar dos vidas, una es ser médico y la otra piloto, siempre puedes inventar guardias o vuelos imprevistos”.
Amistad como antídoto
Se pregunta el colombiano Héctor Abad Faciolince en su novela Angosta (2003), “¿En qué momento de la vida, por cosas que le falten, deja uno de ser uno?” Esa interrogante es válida para indagar las razones por las cuales los pobladores de El cielo de la baranesa abandonaron sus proyectos iniciales, como varones, como religiosos, como padres, como escritores para realizarse mediante una elástica ética del sexo, que les permite sentirse cómodos, aceptados y admirados. El cura Ramón, tal vez el único “malvado” de la historia, se realizó usando la autoridad eclesiástica para sodomizar el entorno escolar.
Florencio Hurtado o La Gacela, es el personaje más exitoso de la trama, no sólo por el dinero ganado en sus presentaciones e inversiones, sino por una grácil feminidad, pero con un “detallito” entre las piernas; que frena las intenciones amorosas del bien casado Antonio Carrero, que incluso sueña con una Gacela embarazada. La Gacela, y debo comentar que tanto Irimia como yo la tratamos como “ella” en esta entrevista”, define perfectamente lo que es un prejuicio: “el verdadero detallito está en que muy pocos estamos preparados para ver el alma humana por encima de todo lo demás”. Confesó José Irimia, que quizá por la reciente pérdida de sus padres, se dio cuenta, “Que hay detalles en la vida, en este caso un tremendo detalle, a los que les damos demasiada importancia, y luego nos preguntamos por qué coño lo hicimos.”
Esta obra podría sintetizarse en palabras claves como “simulación- incomunicación-amistad”, es un reto para el lector, que debe invitar a su prejuicios a descansar, y así poder leerla como un canto a la amistad, “yo creo firmemente en que aún hay espacio para la amistad, y la entiendo como el cambio y la evolución que se dan en las personas cuando están juntos, por eso en El cielo de la baronesa se destacan más el amor y la amistad que el sexo”.
José Irimia y sus provocaciones
José Irimia Barroso (1965) es un caraqueño casado y con hija. Es arquitecto egresado de la UCV y sorprendió al mundo editorial en el 2000 con él éxito de Las cucarachas salieron bailando conga, que agotó dos ediciones y será llevada al cine en el 2005 por la premiada Fina Torres , en una coproducción franco-española-mexicana con un presupuesto superior a los 2.5 millones de dólares. Aunque Irimia rechazó hacer el guión “pues tenía la mente de lleno en la Baronesa” , está feliz con la realización y asegura que El cielo de la baronesa, cuya carátula él seleccionó, es bien fílmica, y que La Gacela debería ser interpretada por una mujer o un Gael García Bernal al estilo de La mala educación. Su segunda novela, Al siglo siguiente (Espasa, 2001), pasó sigilosa por un país entregado a la política , pero además, asegura el autor que “era muy dura, quizá porque quería vengarme del canto a la vida de las cucarachas, quise vengarme de toda esa parte y llamar a todo por su nombre y que no quedara nadie, bicho viviente, con cabeza”.
Aunque Antonio Carrero, protagonista de El cielo de la baronesa es un “Ni-Ni anticipado”, indica el autor que él no es Ni-Ni, “ yo milité en la oposición un tiempo, pasé por todas las etapas; la de simpatizar con el proceso, la de estar nulo, la de odiarlo con toda mi alma, la de querer matar a Chávez, la de querer matarlo yo, la de gastar mis zapatos en las marchas, de la de darme cuenta de la inutilidad de muchas cosas…Me hubiera gustado ser como Carrero, que puede vivir con la política como fondo”.
Irimia, junto a su esposa Lourdes, maneja una empresa de diseño de muebles, y aunque actualmente debe asumir que la escritura ya es “mi segunda profesión, ya no soy un outsider”, aún le queda tiempo para administrar el negocio y realizar algunos diseños. Asimismo, trabaja en la maqueta de una telenovela que podría llevarlo a probar suerte en el visitado mundo de los melodramas televisivos.