”Los empleados
municipales lavan la sangre
en la Plaza de los Sacrificios”.
Octavio Paz (Ciudad de México, 1968)
El 2 de octubre de 1968, el gobierno de Gustavo Díaz Ordaz liquida a sangre y fuego la revuelta estudiantil en la Plaza de Tlatelolco o de las Tres Culturas, en Ciudad de México. La censura operó con rapidez. No sólo confiscaron rollos de fotos, textos y documentos, también ocultaron los cadáveres. Hubo cientos de muertos. El Gobierno intentó ocultar las cifras, pero la prensa internacional habló de 300 a 500 víctimas. Más de 6.000 jóvenes fueron arrestados por manifestar. Hubo 2.000 encarcelados, algunos de ellos por muchos años; sin juicio, o con procesos amañados y sin garantía alguna de defensa.
El 3 de octubre, un día después de la masacre, apresuradamente, el Senado de la República hizo una declaración culpando de los hechos a elementos nacionales y extranjeros que perseguían objetivos antimexicanos de extrema peligrosidad ante los que se justificaba plenamente la intervención de la fuerza pública para proteger no solamente la vida y la tranquilidad de los ciudadanos, sino también la integridad de las instituciones mexicanas.
Elena Poniatowska en una de sus obras mas importantes, como lo es el libro de testimonios e investigación periodística titulado “La noche de Tlatelolco”, es una referencia obligada para comprender la naturaleza de los hechos. En esta obra ella relata cosas como estas: “A las cinco y media de la tarde del miércoles 2 de octubre de 1968, aproximadamente diez mil personas se congregaron en la explanada de la Plaza de las Tres Culturas para escuchar a los oradores estudiantiles del Consejo Nacional de Huelga, los que desde el balcón del tercer piso del edificio Chihuahua se dirigían a la multitud compuesta en su gran mayoría por estudiantes, hombres y mujeres, niños y ancianos sentados en el suelo, vendedores ambulantes, amas de casa con niños en brazos, habitantes de la Unidad, transeúntes que se detuvieron a curiosear, los habituales mirones y muchas personas que vinieron a darse una “asomadita”. Poniatowska continúa narrando así: “El ambiente era tranquilo a pesar que la policía, el ejército había hecho un gran despliegue de fuerza. Estudiantes repartían volantes, hacían colectas en botes con las siglas CNH, vendían periódicos y carteles, y, en el tercer piso del edificio, además de los periodistas que cubren las fuentes nacionales había corresponsales y fotógrafos extranjeros enviados para informar sobre los Juegos Olímpicos que habrían de iniciarse diez días más tarde”.
La calma narrada por Elena Poniatowska
, termina cuando un estudiante de apellido Vega anunciaba que la marcha programada en el Casco de Santo Tomás del Instituto Politécnico Nacional no se iba a llevar a cabo, en vista del despliegue de fuerzas públicas y de la posible represión. Simultáneamente surgieron en el cielo dos luces verdes de bengala disparadas desde un helicóptero que hicieron que los manifestantes dirigieran automáticamente su mirada hacia arriba.
Se oyeron los primeros disparos. La gente se alarmó. A pesar de que los líderes del CNH desde el tercer piso del edificio Chihuahua, gritaban por el megáfono: “¡No corran compañeros, no corran, son salvas!… ¡No se vayan, no se vayan, calma!”, la carrera en desbandada fue general. Todos huían despavoridos y muchos caían en la plaza, en las ruinas prehispánicas frente a la iglesia de Santiago Tlatelolco. Se oía el fuego cerrado y la rafaga de ametralladoras. El Batallón Olimpia, cuyos integrantes estaban compuestos de “militares y civiles” esa noche se identificaban por llevar un guante blanco en la mano izquierda. Estos efectuaron el trabajo encomendado. A partir de ese momento, la Plaza de las Tres Culturas se convirtió en un infierno.
El diario Excélsior, en su edición del jueves 3 de octubre de 1968, dice: "Nadie observó de dónde salieron los primeros disparos. Pero la gran mayoría de los manifestantes aseguraron que los soldados, sin advertencia ni previo aviso comenzaron a disparar”.
Luis Echeverría Alvarez, secretario de Gobernación, cargo que por cierto en Venezuela equivale al de Ministro de Interior y Justicia, cuando ocurrió la emboscada de Tlatelolco, desde sus funciones como responsable del orden público, permitió o promovió la matanza de un inmenso número de estudiantes que fueron recibidos con descargas de armas automáticas mientras realizaban una manifestación pacífica de protesta contra el gobierno de Gustavo Díaz Ordaz. El sangriento episodio estremeció al mundo, pero Echeverría ascendió en breve a la primera magistratura para revestirse de la inmunidad asociada al cargo.
El prestigioso historiador venezolano Elías Pino Iturrieta escribe en el diario El Universal, un articulo titulado ¿La hora de Echeverría? donde dice lo siguiente: “Echeverría no tuvo más remedio que deponer ante los procuradores, en el comienzo de su juicio por unos crímenes ocurridos hace 34 años. Otro poderoso puede rendirse ante el peso de sus desmanes. La matanza de Tlatelolco, que atemorizó a una generación de mexicanos, seguramente se observará ahora desde una perspectiva de esperanza y crecimiento cívico. Muchas décadas de silencio y humillación pueden quedar atrás, gracias al comienzo de este episodio judicial. ¿Cómo se sentirán los villanos de otras latitudes, cuando comienzan a arder las barbas de este vecino?”
El Presidente de la Republica amenazó con usar las armas, y aseveró “se está cocinando un nuevo golpe de Estado desde la plaza Francia”, y continuo diciendo, “no se equivoquen con nosotros porque responderemos con armas”. Sería abominable pensar que en estas tierras se reedite la brutal noche de Tlatelolco.
(*): Profesor Universitario