La Feria de San Juan de los Lagos: entre lo sacro y lo mundano Jorge Alberto Trujillo Bretón
Viernes, 15 de diciembre de 2000
A mi hermana Griselda
Las ferias populares de fines del siglo XIX[1] llegaron a ser un foco de crítica de la mediana y alta sociedad jalisciense quienes pensaban que en cada una de ellas existía la embriaguez, el juego, el hurto, las pendencias y la prostitución. La feria, con su carácter alegre y animado era sinónimo de excesos, leperaje y centro de criminalidad[2]. Ferias en las que se mezclaban lo sacro con lo mundano y en las que la sociedad entera rezaba, comerciaba y, al fin de todo se divertía, dejando a un lado muchas veces sus diferencias y prejuicios, por lo menos durante el tiempo que duraban para después de concluidas volver a su anodina normalidad. La feria representaba el espacio y la temporalidad en que los diversos grupos sociales, incluso aquellos que las criticaban, la convertían no sólo en un importante centro religioso y comercial, sino además, en un gran bajo fondo provisional.
Un buen ejemplo que ilustra las antiguas ferias jaliscienses lo fue la de San Juan de los Lagos. Esta feria, de antecedente colonial, fue sumamente famosa debido al comercio (legal e ilegal) que se realizaba y a su crecimiento, que de carácter regional llegó a convertirse con el tiempo en un gran evento religioso, social y comercial tanto de carácter nacional como internacional.
A la feria religiosa y comercial de San Juan de los Lagos que se realizaba del 20 de noviembre al 20 de diciembre, llegaban gente de todas las clases sociales y de las más diversas ocupaciones. En ella se daban cita comerciantes, feligreses, ganaderos, jugadores, hacendados, vaqueros, rancheros, galleros, bailadoras, viajeros, jornaleros, valentones, burócratas, médicos, policías, agiotistas, contrabandistas, músicos, titiriteros, mesoneros, actores, arrieros, sirvientes, políticos, artesanos, industriales, fritangueras, militares, y “cientos de rateros, borrachos y gente de mala vida que había venido de los cuatro ángulos de la República”[3] y además
Más de mil jotos han venido a la fiesta, más pintados que un payaso, salerosos, galoneados, limpios, pero siempre repugnantes y odiosos. Por las noches con sus gasnés vendiendo pollo y enchiladas, insultando a sexo, aparecen como el más negro borrón de la humanidad[4].
San Juan de los Lagos se convertía de una insignificante villa a una gran ciudad concurrida por hombres y mujeres procedentes de todo el país y del extranjero. Se comerciaba productos de una inmensa variedad: algodón, cobre, oro, platería, caballos, telas finas, artesanías, dulcería, alimentos, vinos, aguardientes, ropa, semillas, ganado y mucho más.
El pueblo polvoriento y sucio los once meses del año, se vestía de limpio y se lavaba la cara el mes de diciembre. Las fachadas de las casas se sacudían o se pintaban de nuevo de blanco y de diversos colores ; la iglesia se cubría de colgaduras rojas, de macetas de flores y de ramos, y se veía alumbrada de día y noche con velas de cera en todos los altares. Las calles pedregosas se medio arreglaban, los caminos y avenidas se disponían de modo que fuese más fácil el tránsito de tanto coche, de tantas recuas de mulas, carros grandes y pesados, y de dos ruedas y ligeros, que conducían de todos los ángulos de la República pasajeros y mercancías[5].
Anticipadamente al inicio de la feria se instalaban ligeras construcciones que prestaban servicios de teatro, plaza de gallos, salones de títeres y de cómicos, salas de baile, cantinas, cafés, mesones, fondas, hoteles, corrales, barracas, casa de juego, almacenes y que se sumaban a los que ya se tenían de fijo en la localidad. Para el novelista mexicano Manuel Payno, San Juan de los Lagos temporalmente se dividía en la ciudad de piedra, la ciudad de madera y los campamentos[6], comunicada con el resto del país con una enorme cantidad de diligencias, recuas, carros, carruajes y vigilada por decenas de gendarmes, soldados y policías rurales.
Vigilancia que servía no sólo para tratar de controlar los excesos de la fiesta sino para proteger la propiedad privada. Los actos ilícitos que atentaran contra la propiedad, como el robo, eran castigados sumaria y cruelmente durante la feria. Payno narró el ajusticiamiento que las autoridades judiciales realizaron con dos ladrones que después de robar y golpear a una persona fueran detenidos y castigados :
Se tocó el tambor, se nombró por el oficial el pelotón que había de hacer la ejecución, se colocaron los de Tepetlaxtoc con el frente al gobernador, rodeados de sus ayudantes (...) Los reos no se intimidaron por estos preparativos y pasearon sus miradas por la multitud que se había aglomerado, fijáronse en el gobernador que los había condenado a muerte, y le echaron una mirada de odio y de desprecio (...)
El cura colocó el Viático en una mesa que se había pedido prestada a uno de los tantos vendedores, se acercó a los reos, les leyó algunas oraciones, les reconcilió, les dio el Viático y les rocío con agua bendita, pues así lo había deseado el gobernador, y se retiró enseguida para hacer lugar a los soldados. Algunos sollozos de mujeres se escucharon (...) El pelotón se organizó ; vendaron los ojos a los reos, no obstante su resistencia ; se dio la voz de mando, tronaron los fusiles, y los de Tepetlaxtoc cayeron como masas inertes acribillados a balazos. El sargento les dio el tiro de gracia y otros soldados levantaron los cadáveres, los colocaron en unas parihuelas y se los llevaron al cementerio ; diéronse los toques de ordenanza, la tropa marchó a su cuartel[7].
La fiesta sacra y la feria comercial, como un gran imperio de la religión y el dinero se transformaba también en territorio del crimen y la muerte. Los concurrentes que se regocijaban frente a las suertes del torero y del charro, que bailaban al son del jarabe y el tapatío, que asistían al sacrificio del toro y del gallo y que bebían de tequila y del cognac, se sorprendían ante el ritual de la muerte convertida en una atracción más.
Al fin y al cabo, la Feria de San Juan era el lugar de los muchos encuentros: del comprador y del cliente, el del hombre y la mujer, el de los ladrones y los policías, de los honestos y deshonestos, de los ricos y pobres y también, el de la vida y la muerte. La feria como un gran desahogo social también tenía la posibilidad de representar sus propias alegrías y tragedias; era el gran teatro que presentaba para muchos la oportunidad de actuar hasta el extremo el papel que la vida cotidiana normalmente les negaba.
Notas
Este trabajo esta basado en la tesis “Gentes de Trueno. Violencia, criminalidad y moral social en el Estado de Jalisco durante el porfiriato”, que presenté en el CIESAS Occidente (Guadalajara,1998) para obtener el grado de maestro en Antropología Social, pp. 120-123.
El Sol. Guadalajara, Jal., 17 de abril de 1900, No. 46, p. 1. Biblioteca Publica del Estado de Jalisco. Sección de Fondos Especiales.
Manuel Payno, Los Bandidos de Río Frío. México, Editorial Porrúa, 1959, p. 558. La primera edición fue realizada en 1891 y publica en Barcelona, España el año de 1891.
El Sol. Guadalajara, Jal., 20 de octubre de 1899, No. 127, p. 1. Biblioteca Pública del Estado de Jalisco. Sección de Fondos Especiales.
Manuel Payno. Op. Cit., p. 549.
Ibídem, p. 550.
Ibídem, pp. 557-558.
Jorge Alberto Trujillo Bretón es Profesor e investigador del Centro Universitario de los Altos (Universidad de Guadalajara)