En su artículo “La evolución del PT”, publicado en el diario O tempo el 23/11, el sociólogo Rodrigo Ribeiro traza algunas ponderaciones con respecto a los cambios de comportamiento del PT en virtud, especialmente, de su rápida institucionalización. Su principal argumento es que la victoria de Lula podrá aislar definitivamente a los grupos internos más radicales, haciendo virar al partido hacia un ideario más pragmático y realista.
A pesar de estar de acuerdo con las líneas generales de su artículo, me gustaría profundizar esa interpretación sociológica sobre el cambio en el perfil de la práctica política del PT a partir del cambio de la propia sociedad brasilera. Un cambio de foco, por lo tanto.
En los años 80. diversos movimientos sociales, rurales y urbanos, crearon una dinámica política basada en la movilización permanente de sus bases. Casi siempre, adoptaron mecanismos de democracia directa – que Riberiro llama asambleísmo – y asumieron un ideario anti-institucionalizante. La institucionalización sería sinónimo de cooptación. A final de los años 80, con todo ello, dos novedades provocaron una significativa inflexión: ;a Constitución del 88 y la elección de prefectos que hasta entonces eran liderazgos de esos movimientos sociales. La Constitución del 80 amplió los derechos de los ciudadanos, institucionalizando consejos de gestión y derechos (como los consejos de derechos de la infancia y los adolescentes) y el referéndum. A partir de entonces, los ciudadanos, además del derecho de votar, pasaron a conquistar el derecho de gobernar con el electo.
La elección de líderes de movimientos sociales, elegidos a cargos del ejecutivo público, trajo también cambios en el comportamiento político de parte de la sociedad civil brasilera. El ejemplo más acabado es el Presupuesto Participativo. Algunas reformas administrativas también apuntaron hacia lo que algunos autores denominaron de creación de “espacios públicos no-estatales” (Tarso Genro), otros como “Estado-como-novísimo-movimiento-social” (Boaventura Santos) y una tercera vertiente llamó de “cogestión pública”. No faltaron, es verdad, aquellos que estimaban que no pasaba más allá del surgimiento de prácticas neo-clientelistas. El hecho es que al participar directamente en la gestión del espacio público, en la elaboración de programas y en su fiscalización, el perfil del liderazgo popular se alteró. De movilizador y anti-institucional, su ideario pasó a asumir una dimensión más técnica, gestora y negociadora.
El lulismo, creo yo, posee ese “aggiornamento”, ese aplazamiento. Es más negociador, es más técnico, está más institucionalizado. Pero Lula, autor principal del lulismo, todavía carga con la herencia de los años 80. Posee, evidentemente, un carisma que lo aproxima al perfil del liderazgo movilizador, de fuertes trazos afectivos, emocionales. Palocci, y principalmente José Dirceu, son la otra faz del lulismo, tal vez más cercano de la otra tradición del PT: son dirigentes políticos altamente profesionalizados.
Me arriesgaría a afirmar que el lulismo (el estilo de gobierno que deberá asumir todos sus contornos a partir del 2003) es un puente entre los años 80 y el siglo XXI. Así, si el getulismo estuvo directamente vinculado a la sociedad industrial, asalariada, el lulismo estaría vinculado a la ampliación del papel político de la sociedad civil y la crisis del. No sería, así, un mero cambio de la evolución del PT. Estado moderno
Doutor em Ciências Sociais, Professor da PUC-Minas e Diretor da CPP E-mail: ruda@inet.com.br. Web Site: www.portalcpp.com.br