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Repertorio hispánico

La enseñanza de la historia
Inés Quintero

 
Viernes, 6 de octubre de 2000

El 18 de abril de 1738, el Rey Felipe V sancionaba la Real Cédula de creación de la Real Academia de la Historia de España. El mandato real señalaba la obligatoriedad que tenían sus miembros de “aclarar la importante verdad de los sucesos, desterrando las fábulas introducidas por la ignorancia o por la malicia”.

En correspondencia con el mandato del rey borbón, la Academia Española de la Historia ha reivindicado, recientemente, los principios de la cédula fundacional con el fin de adelantar una discusión acerca de la enseñanza de la historia en España y ver de qué manera pueden contribuir a desterrar la ignorancia y aclarar la verdad de los sucesos.

Movilizados por este compromiso, los académicos de la historia publicaron recientemente en el diario El País una declaración en la cual señalaban el problema de las insuficiencias que pueden advertirse en España en la enseñanza de la historia y en el área general de las humanidades.

El tema no es materia de preocupación exclusivamente de los españoles. En Francia y Alemania, la materia ha ocupado a importantes historiadores quienes se han pronunciado respecto a la necesidad de incorporar en la enseñanza de la historia los avances ocurridos en los estudios históricos producto de los cambios introducidos por la escuela francesa de los Annales.

Señalan los historiadores la importancia que tiene un conocimiento profundo del pasado como vía imprescindible en la formación de los ciudadanos. Las críticas elaboradas por P. Vilar y J. Mommsen denuncian la desviación ocurrida en sus países en los cuales la historia perdió su particularidad como disciplina al quedar inserta en una programación que privilegiaba la idea de una ciencia social global. Exponía Vilar que el resultado había sido la sustitución de la enseñanza de lo histórico “por una mezcla de vulgaridades económicas, sociológicas y psicológicas”.

En el caso de España, las críticas de los académicos se orientan a rechazar la tendencia según la cual lo relevante en la enseñanza de la historia es la comprensión de los problemas del mundo moderno. Desaprueban a quienes defienden la idea de que a los jóvenes deben enseñárseles los núcleos conceptuales básicos de las ciencias sociales: el muncipio, la familia, los partidos, los sindicatos y dejar a la historia como introducción a estos temas.

Otro motivo de preocupación ha sido advertir la existencia de una tendencia que privilegia la historia reciente, los hechos políticos y militares, lo fáctico y la memorización y que desestima la idea de proceso y la necesidad de lo analítico, como recursos para la comprensión cabal del pasado. En el caso de España, a este tipo de problemas se suma la reivindicación de las autonomías, una de cuyas desviaciones ha sido la desaparición progresiva de los elementos comunes del proceso histórico español y su sustitución por una fragmentada disgregación de historias regionales, contribuyendo de esta manera a resaltar lo que separa a los españoles y conduciendo a posiciones xenofóbicas dentro de la misma España.

El tema es, pues, rico en asuntos para el debate y la reflexión. Y, al margen de que nuestra Academia de la Historia no fue fundada por un rey borbón sino por un liberal como Juan Pablo Rojas Paúl, existe en Venezuela una comunidad de historiadores, que bien pueden tomar cartas en el asunto a la hora de favorecer la incorporación de los avances de la disciplina en el maremagnum de lo que constituye la enseñanza de la historia en nuestro país.

El debate bien podría comenzar preguntándonos en qué paró la polémica resolución 259 del Ministerio de Educación. En manos de quién se encuentra la elaboración del programa de historia de la V República y si, por casualidad, sus redactores estarán atentos a los problemas que se discuten sobre la materia en otras partes del planeta.

El tema, a todas luces, trasciende a los historiadores. Se trata de lo que aprenderán los ciudadanos del porvenir. No es, pues, ninguna menudencia lo que tenemos entre manos.


Taide Zavarse, Diálogo entre la cabeza y el corazón: ser historiador
iquinter@reacciun.ve

 

 

 
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