El nuevo ritual centroamericano: las elecciones Carlos Mendoza
Jueves, 29 de noviembre de 2001
El pasado 5 de noviembre se realizaron en Nicaragua las terceras elecciones generales desde que se inició la transición hacia la democracia a finales de la década de 1980. La derecha, autodenominada liberal, triunfó con el decidido apoyo del gobierno de los Estados Unidos y de la Iglesia Católica nicaragüense. Por tercera ocasión fue derrotado el Frente Sandinista (FSLN) y su caudillo Daniel Ortega.
Dos lecciones se pueden aprender del proceso electoral nicaragüense. La primera: los políticos pagan caro sus errores del pasado. Ese es el caso de Ortega, y de la izquierda ortodoxa, que no reconoce la parte de responsabilidad que le corresponde en el fracaso de la revolución sandinista. La exclusión de las comunidades indígenas de la Costa Atlántica, que luego pasaron a engrosar las filas de los contras, no fue una decisión tomada por la administración de Reagan. Las erradas políticas económicas del decenio sandinista no fueron únicamente el resultado de las presiones norteamericanas, también tuvieron una gran dosis de arrogancia ideológica que finalmente precipitó su caída. La izquierda centroamericana debe dar paso a nuevas generaciones que retomen el compromiso a favor de los excluidos, pero que también entiendan de economía para no repetir los errores del pasado. El FMLN en El Salvador y la URNG en Guatemala tampoco parecen comprender que la era de cambios en que vivimos exige nuevos paradigmas y no sólo nuevas estrategias. Los comandantes, al igual que los generales, deben dejar de jugar a la política y permitir que nuevos actores entren en escena.
Segunda lección: la religión no termina de distanciarse de la política. La jerarquía católica de Nicaragua ha sabido explotar la religiosidad popular para avanzar en su agenda conservadora. La bendición que los obispos han dado siempre a la derecha tiene un impacto psicológico en el votante. Es como una absolución a los dos gobiernos anteriores de todos sus pecados, especialmente a la descarada corrupción de la administración de Arnoldo Alemán. En contraste, los sandinistas han sido excomulgados para siempre por haber desafiado al poder eclesial. Mientras que las ideologías políticas parecen ser pasajeras, una cuestión de moda internacional, las ideologías religiosas, generalmente basadas en dogmas y fundamentalismos, tienen fuertes raíces en los modelos mentales compartidos por los miembros de cualquier sociedad, especialmente de las sociedades que continúan teniendo una cosmovisión agraria. Centroamérica necesita concluir el proceso de construcción de estados laicos. Hasta la aclamada democracia costarricense tiene pendiente esa tarea, pues el Estado es oficialmente católico y la Iglesia tiene gran influencia en el sistema educativo, censurando desde contenidos de estudio hasta la contratación de maestros. En Guatemala son ahora las sectas pentecostales las que tienen gran beligerancia, incluso apoyando y financiando partidos políticos. Por lo tanto, ahora que los fundamentalismos religiosos se traducen en violentos conflictos armados, es importante recordar los beneficios que conlleva la separación del Estado y la Iglesia, de la política y la religión.
Las elecciones presidenciales y legislativas en Honduras del 25 de noviembre y las de Costa Rica el 2 de febrero del próximo año son procesos que deben vigilarse con atención, pero no desde una perspectiva puramente electoral. Deben verse como oportunidades para el cambio de instituciones que luego faciliten la consolidación democrática. Las elecciones deben trascender el mero ritual para legitimar la transferencia del poder, para servir como un mecanismo periódico que facilite corregir los errores de las políticas públicas de forma pacífica. Por medio de las elecciones se pueden cambiar gobernantes y políticas, pero lamentablemente no se pueden cambiar modelos mentales ni instituciones informales, como normas y convenciones sociales, que mantienen atados a muchos pueblos a sus tragedias coloniales. Ese es el caso de Latinoamérica: aunque se cambien las constituciones y toda la legislación seguirán presentes por varias generaciones los patrones culturales de la violencia, el autoritarismo, el compadrazgo, la corrupción, el machismo y la discriminación. Por ello no se debe creer que las elecciones son un ritual mágico que traerá prosperidad.