Dios quiere ayudar a los peruanos José Musse Torres
Martes, 26 de noviembre de 2002
Hay preguntas morbosas que nos abordan como cuando vemos a una novia de blanco y preguntamos socarronamente con una media mueca ¿de blanco…? La mayoría de veces sabemos la respuesta y otras las sospechamos, aunque hay preguntas que nos perturban más y suelen ser profundas y filosóficas y nos trituran el encéfalo, y es cuando nos interrogamos ¿Cuándo se jodió el Perú? La pregunta que nació en la novela Conversaciones en La Catedral de Mario Vargas Llosa, tiene miles de respuestas que se sumergen en la historia. Algunas acusan a la raza chola de ambición de poder, poder que mató a Huascar y Atahualpa. Otros investigadores quieren expiar sus pecados con la conquista española. Un grupo significativo prefiere culpar al imperialismo estadounidense, a militares y curas. Siempre han habido idiotas que han encontrado a chivos expiatorios que carguen sus culpas, así que este debate ha sido más inútil que productivo.
Debido a que muchos intelectuales han tratado de responder la inquietante pregunta, no intentaré formular más tesis sobre la misma. Pero sí pretendo responder el por qué sigue jodiéndose. Que no es lo mismo que preguntarse ¿Por qué sigue jodido? Que también tiene miles de tesis, dependiendo del momento en que se haga la pregunta, la mayoría apunta al presidente de turno.
La pregunta psicopatológica que propongo continúa casi virgen, el “casi” es más incómodo en las novias de blanco, pero no menos molesto para un aprendiz de intelectual que como yo pretende parir un ensayo. En fin, no nos distraigamos, el tema poco evaluado, no ha sido sopesado con profundidad. Pasa suave, casi inadvertido y la parte que es advertida perturba. Lo vemos cotidianamente y no nos detenemos hasta encontrar la respuesta satisfactoria. No importa tanto el cuándo sino el por qué se continua inmerso en el cachondeo de la miseria. La respuesta a la pregunta que nos propone “Conversaciones en La Catedral” nos da una fecha o más de una. La respuesta que propongo corta de facto la historia y nos abre la posibilidad de no repetir actos empobrecedores.
El país diferente que nos fabricó Alan García Pérez fue precisamente disímil porque dejó de lado a los hombres enamorados del país y con probidad. Entre la propuesta de Belaunde y la de García, los peruanos prefirieron la del segundo. Luego del desastre económico, de traumáticos choques financieros, de la frustrada estatización de la banca, masificación de corrupción y de una creciente violencia terrorista los peruanos se enfrentaron cinco años después a una disyuntiva electoral entre el escribidor Mario Vargas Llosa y un desconocido ingeniero agrónomo que tenia tanta fe en si mismo que no solo era candidato presidencial de su novísima agrupación, sino que además se postulaba como senador de su lista parlamentaria. Una oferta que parecía “Un Dos en Uno” y que al principio resultó “Paga Dos y lleva Uno”. La oferta a los peruanos les salió más torcida aún. Pagaron dos y se quedaron con ninguno. Nunca hubo senador y el Presidente se fugó a su patria imperial del Sol Naciente. Es decir ese “Uno” les salió con yaya además. No era siquiera peruano.
Vargas Llosa, famoso, liberal, intelectual y lo suficientemente sagaz para hacer propuestas innovadoras no fue aceptado y los votantes hablaron en las urnas, prefiriendo al desconocido, al oscuro personaje de dudosa nacionalidad y de patético historial tributario. El japonés que en su alucinación de atrevimiento pretendió privar la nacionalidad peruana al escritor arequipeño terminó privándonos hasta del honor.
Otra vez, Dios siempre generoso, años más tarde, les regaló a los peruanos la oportunidad de enderezar su destino, tenía fe en que habíamos aprendido y les daba a sus sufridos hijos la oportunidad que dejara de estar tan jodido. El candidato que escribió en la época del Presidente Odría esa novela que nos llama tanto no pudo ser, pero había otro. El ex Secretario General de las Naciones Unidas, Javier Pérez de Cuellar. Un hombre de lujo llamado a rivalizar con el acusado de violar derechos humanos, de acosar periodistas y comprar conciencias. Sospechas que ya apuntaban en esos tempranos años a Vladimiro Montesinos, pero de ninguna manera, nada de nada, los peruanos ningunearon a Dios y apostaron por su chinito. El Perú se volvió a joder.
Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen
Toledo apareció, se dibujaba la salvación, él y su bella consorte tenían clase, un matrimonio idílico que todo indicaba simbolizaba ese país que reclama emerger. Todo era un espejismo. Una niña de nombre Zaraí apareció y nos aguó la fiesta, nos desconectó de la utopía virtual y como un ángel aparecido nos reclamó sobre su caso, nos llenó de emoción y nos indignó la justicia separatista, la que hay para los poderosos y ricos y la que debe soportar con resignación los desheredados de la tierra. Dos jóvenes de la elite limeña hicieron eco de su llamado, eran dos periodistas y escritores: Bayly y Álvaro. Ellos nos trajeron una propuesta, la de votar en blanco. Ni Toledo ni García Pérez, ambos tenían sendas evidencias de deshonestidad y los peruanos vía voto en blanco, podíamos ahorrarnos cinco años más de mediocridad. Dios nos quiso advertir, pero los peruanos tercos, porfiados, se negaron a ver lo evidente y ahora siguen hundidos. Pero con la esperanza de hacerlo peor la siguiente vez.